Zarina
El café sabe más amargo cuando no has dormido.
Sofía está sentada frente a mí moviendo las piernas bajo la mesa mientras mi abuela corta pan con absoluta calma, como si el mundo no estuviera desajustado.
El collar está guardado en la gaveta de mi habitación.
No lo he vuelto a tocar.
—Sofi —digo con voz más firme de lo habitual—, necesito preguntarte algo.
Ella levanta la mirada.
—¿Qué?
—Ayer… la cajita negra. ¿Quién te la dio?
Mastica antes de responder.
—Un señor.
Mi estómago se contrae.
—¿Qué señor?
—No sé. Estaba afuera de la escuela. Me dijo que era para ti. Que era una sorpresa.
Respiro despacio.
—¿Lo conocías?
Niega con la cabeza.
—No. Pero era elegante.
Esa palabra me incomoda más de lo que debería.
—Escúchame bien —inclino el cuerpo hacia ella—. No tomes nada de extraños. Nunca. Si vuelves a ver a ese hombre, grita. O aléjate inmediatamente. ¿Entendido?
Su expresión cambia, asustada.
—Sí…
Mi abuela interviene con suavidad.
—Quizás estás exagerando.
—No —respondo sin mirarla—. No lo estoy.
Sofía asiente otra vez.
Termino el café sin probarlo realmente.
Algo ya cruzó un límite.
(más tarde)
Abro la gaveta.
La caja de terciopelo parece inocente bajo la luz de la mañana.
La tomo.
La abro.
El larimar brilla con ese tono turquesa claro que siempre asocié al mar tranquilo de mi país. Plata fina. Diseño delicado.
Es perfecto.
Exactamente como lo imaginé.
Paso el dedo por la piedra.
Fría.
Hermosa.
Por un segundo, me permito imaginar que fue un gesto romántico auténtico.
Por un segundo quiero ponérmelo.
Pero la pregunta regresa, como una aguja:
¿Quién?
Y la segunda, más importante:
¿Cómo?
Cierro la caja con fuerza.
No lo usaré.
No hasta saber.
El deseo y la prudencia están en guerra dentro de mí.
Y esta vez gana la prudencia.
Theo
La microcámara incrustada en el marco superior de su ventana transmite en alta definición.
La veo abrir la caja.
La veo tocar el collar.
La veo debatirse.
Interesante.
No lo usa.
Eso confirma dos cosas: es prudente… y está afectada.
Apago la transmisión cuando cierra la gaveta.
El traslado comienza en cinco minutos.
Camino por el pasillo escoltado por cuatro guardias. Oficialmente me dirigen desde la sala de archivos de psicología criminal —mi oficina encubierta— hacia mi celda.
Oficialmente.
El pasillo está más silencioso de lo normal.
Lo noto.
El primero intenta sujetarme por el brazo con demasiada brusquedad.
Error.
Giro antes de que termine el movimiento. Mi codo impacta su tráquea. Se desploma sin aire.
El segundo carga desde el flanco izquierdo. Lo esquivo. Tomo su cuello desde atrás y presiono hasta que su resistencia se vuelve torpe.
El tercero saca una tonfa. La detengo con el antebrazo y golpeo su mandíbula con precisión. Cae inconsciente.
El cuarto logra acercarse más.
Siento el ardor antes de ver la sangre. Un corte superficial en el labio.
Sonrío.
Comete el error de dudar.
Lo sujeto por el uniforme y lo estrello contra la pared. Intenta zafarse. No lo logra. La presión correcta en el ángulo correcto hace que su fuerza desaparezca.
En menos de un minuto, el pasillo vuelve al silencio.
Limpio la sangre con el pulgar.
El director aparece al final del corredor, pálido.
—Fue un intento aislado —dice.
—No —respondo con calma—. Fue una prueba.
Lo miro fijamente.
—Encuentre quién la autorizó.
No elevo la voz.
No hace falta.
Zarina
(Miércoles)
La sesión se cancela.
“Incidente administrativo en dirección”, informa el mensaje.
No dan detalles.
No pregunto.
Pero algo en mi pecho se tensa.
Paso la mañana frente al ordenador.
Escribo su nombre completo en el buscador.
Resultados escasos.
Una noticia de hace casi tres meses:
“Empresario declarado culpable de delitos federales.”
Sin especificar cuáles.
Sin fotografías del juicio.
Sin detalles.
Demasiado limpio.
Demasiado controlado.
Sigo buscando.
Foros antiguos. Registros mercantiles. Artículos archivados.
Nada concreto.
Es como si su historia hubiese sido podada.
Mi mente regresa a la sesión del lunes.
Solo a él le dije que soñaba con un collar de larimar.
A mis colegas solo les mencioné que me gustaba la piedra.
No el diseño.
No el detalle.
No el sueño.
La piel se me eriza.
No puede ser coincidencia.
No quiero que sea coincidencia.
Pero las probabilidades se reducen.
Cierro el portátil.
No.
Esto no es un pretendiente tímido.
Es alguien que escucha demasiado.
Alguien que observa.
Y si está vinculado a él…
Mi pulso se acelera.
No por miedo.
Por determinación.
Si alguien cree que puede entrar en mi vida sin permiso, subestimó algo esencial.
Soy psicóloga.
Analizo patrones.
Y estoy más que dispuesta a encontrar, sea como sea, al hombre que cree que puede jugar conmigo desde las sombras.