Psicología de amarte en el abismo

capítulo 8

Zarina

Mientras un enemigo me acecha con fría intención,
el diablo camina detrás de mí… reclamando mi perdición.

Abrí el enlace esa misma noche.

Durante horas había intentado convencerme de que ignorarlo era la decisión más inteligente. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a pensar en la carta bajo mi puerta, en la forma calculada de aquellas palabras y en la extraña certeza de que quien la había escrito sabía exactamente cómo despertar mi curiosidad. No era una amenaza directa, no había urgencia ni presión explícita. Solo una invitación. Y, en mi profesión, las invitaciones disfrazadas de advertencia suelen ser las más peligrosas.

Encendí la laptop con la habitación en silencio absoluto. Sofía dormía desde hacía rato y mi abuela había apagado las luces del pasillo. El brillo azulado de la pantalla iluminó la mesa mientras abría el correo otra vez. El mensaje seguía allí, tan simple y provocador como en la mañana. El enlace parecía inofensivo, pero eso no significaba nada.

Respiré profundo antes de presionarlo.

La página tardó unos segundos en cargar. No apareció un sitio web ni una plataforma reconocible. Era una carpeta digital, simple, casi rudimentaria. Dentro había varios archivos.

Fotografías.

La primera era una imagen granulada de una cámara de seguridad. Él aparecía entrando a un edificio cuya fachada no lograba identificar. En la segunda estaba hablando con un grupo de hombres en lo que parecía ser un estacionamiento subterráneo. Ninguna imagen mostraba un crimen, ni siquiera una acción sospechosa clara. Solo momentos congelados, escenas incompletas que parecían seleccionadas con intención.

Abrí otro archivo.

Era un recorte de periódico digital que ya no existía en la web. El titular mencionaba una investigación federal relacionada con redes financieras ilegales. El nombre de él no aparecía en el artículo, pero una fotografía lateral lo mostraba en el fondo, caminando junto a otras personas.

Sentí un leve cosquilleo de inquietud recorrerme la espalda.

No había pruebas.

Pero tampoco parecía coincidencia.

Continué revisando la carpeta y encontré registros de ubicaciones, fechas y movimientos. Alguien había recopilado información sobre él durante mucho tiempo. Demasiado tiempo para que aquello fuera una simple broma.

El último archivo no era una imagen.

Era un documento de texto.

Lo abrí.

Solo tenía una frase.

Las personas como él no nacen monstruos. Se convierten.

Me quedé mirando la pantalla varios segundos más de lo necesario. No sabía quién estaba detrás de todo aquello ni cuál era su objetivo, pero una cosa estaba clara: alguien quería que yo mirara a mi paciente de una manera distinta.

Cerré la laptop lentamente.

Pero incluso después de apagarla, la frase seguía repitiéndose en mi mente.

(Sesión del lunes )

La sala de sesiones tenía el mismo silencio denso de siempre, pero algo había cambiado.

No era el lugar.

Era yo.

Entré con la carpeta bajo el brazo y me senté frente a él con una calma que había ensayado durante todo el camino a la prisión. Sabía que cualquier cambio demasiado evidente despertaría su curiosidad. Y si algo había aprendido en estas semanas era que la curiosidad de ese hombre funcionaba como un radar extremadamente preciso.

Aun así, no tardó en detectarlo.

Lo noté en la forma en que inclinó ligeramente la cabeza cuando nuestras miradas se encontraron. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para confirmar que estaba evaluándome con más atención de lo habitual.

—Algo cambió —dijo finalmente, apoyando los antebrazos sobre la mesa metálica.

No lo dijo como una pregunta.

Era una observación.

Abrí la carpeta sin apresurarme.

—¿A qué se refiere?

Su sonrisa apareció lentamente, como si disfrutara saborear el momento.

—Tu postura —respondió con voz tranquila—. Tu respiración es más controlada. Tus ojos buscan algo específico cuando me miras.

Se inclinó un poco más hacia adelante.

—Eso significa que encontraste algo.

No reaccioné de inmediato. Tomé un bolígrafo y anoté una línea en la hoja frente a mí antes de levantar la vista otra vez.

—Suposiciones interesantes.

Él soltó una breve risa, baja, casi divertida.

—No son suposiciones, doctora —dijo—. Es observación. Tú misma lo dijiste en una de nuestras primeras sesiones: las personas revelan más con su cuerpo que con sus palabras.

Su mirada se volvió más intensa.

—Entonces dime… ¿qué encontraste?

Sostuve su mirada sin apartarla.

—Nada concluyente.

Sus dedos tamborilearon suavemente sobre la mesa.

—Pero algo suficiente para cambiar tu actitud.

—O quizás solo estoy haciendo mejor mi trabajo.

La sonrisa de él se amplió ligeramente.

—No —dijo con suavidad—. Esto no es trabajo.

Se reclinó en la silla con una calma casi provocadora.

—Alguien te está dando piezas del rompecabezas.

Su tono no era defensivo ni preocupado.

Era curioso.

—La verdadera pregunta —continuó— es por qué esa persona quiere que tú las tengas.

Guardé silencio.

Él inclinó la cabeza hacia un lado, observándome con una mezcla de interés y diversión.

—Porque si quisiera destruirme —añadió—, hay métodos mucho más simples.

Mis dedos se tensaron apenas sobre la carpeta.

—¿Está sugiriendo que alguien intenta manipularme?

—No lo sugiero.

Sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad que hizo que el aire de la sala pareciera más denso.

—Estoy bastante seguro de ello.

Se inclinó hacia adelante otra vez, acercándose apenas unos centímetros más.

—La única duda que tengo es si ya lo sospechas… o si todavía crees que estás investigando por iniciativa propia.




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