Theo
La noticia llegó antes del amanecer.
No necesitó muchas palabras. Nicolai nunca ha sido un hombre que desperdicie tiempo con rodeos, y menos cuando se trata de asuntos que pueden escalar más rápido de lo previsto. La información llegó como casi siempre: breve, precisa, acompañada de un nombre que llevaba demasiado tiempo sin pronunciarse.
Matteo.
Escuchar ese nombre después de tantos meses no provocó sorpresa. Tampoco rabia inmediata. Solo una sensación incómodamente familiar, como cuando una vieja herida vuelve a doler antes de que cambie el clima.
Estaba sentado en la silla metálica de mi celda cuando uno de los guardias dejó el sobre sobre la mesa, como si se tratara de cualquier documento administrativo. No lo era. Nicolai siempre encuentra maneras de hacer llegar información sin levantar sospechas. Eso es lo que lo hace útil… y peligroso.
Abrí el sobre con calma.
Dentro había una fotografía.
La imagen mostraba la entrada de una calle residencial en Filadelfia. El encuadre estaba tomado desde cierta distancia, probablemente desde el interior de un vehículo estacionado. La iluminación era deficiente, pero el punto de interés era claro.
La casa.
Su casa.
La observé durante varios segundos antes de leer la pequeña nota doblada en el interior del sobre. No necesitaba hacerlo para entender el mensaje.
Matteo estaba mirando en la dirección correcta.
Mis dedos se cerraron lentamente alrededor del papel mientras analizaba la imagen una segunda vez. No era una amenaza directa. Matteo nunca ha sido tan simple. Su estilo siempre ha sido más paciente, más calculado. Prefiere mover piezas lentamente hasta que su oponente se da cuenta demasiado tarde de que el tablero ya estaba decidido.
La obsesión de Matteo conmigo nunca ha sido solo personal. Es emocional. Y las emociones vuelven torpes a los hombres que creen estar actuando con inteligencia.
La nota de Nicolai era breve.
Rinaldi está preguntando por ella.
Leí la línea dos veces.
No especificaba qué sabía Matteo ni cuánto había descubierto. Pero si estaba preguntando por ella significaba que el juego estaba cambiando de dimensión.
Apoyé la espalda contra la pared de concreto y cerré los ojos por unos segundos.
Había esperado que Matteo intentara algo tarde o temprano. Lo que no esperaba era que eligiera este camino.
Ella.
La psicóloga que todavía cree que está observando a un criminal desde una distancia segura.
Exhalé lentamente.
Matteo cree que la encontró primero.
Eso lo hace peligroso.
Pero también lo hace predecible.
Porque Matteo nunca entendió algo fundamental: cuando intenta destruir lo que considera tu punto débil… en realidad solo revela el suyo.
Zarina
(sesión del miércoles)
Entrar a la sala de sesiones ese miércoles fue como entrar a un espacio donde el aire estaba cargado de electricidad invisible. No había cambiado nada en el entorno —las mismas paredes frías, la misma mesa metálica, la misma luz blanca que parecía diseñada para borrar cualquier rastro de calidez—, pero la sensación en mi pecho era distinta.
Él ya estaba sentado cuando entré.
Su postura relajada contrastaba con la atención silenciosa que proyectaba su mirada. Era el tipo de quietud que no pertenece a alguien despreocupado, sino a alguien que está esperando exactamente el momento correcto para moverse.
Coloqué la carpeta sobre la mesa y abrí uno de los documentos con deliberada calma.
La fotografía quedó frente a él cuando la deslicé por la superficie metálica.
Era una imagen antigua. Un grupo de hombres frente a un restaurante o club privado. El encuadre no era perfecto, pero los rostros podían distinguirse con suficiente claridad.
Señalé primero a uno de ellos.
—¿Lo reconoce?
Sus ojos bajaron hacia la fotografía. Durante un instante no cambió nada en su expresión. Luego su mirada se detuvo en el hombre que yo había señalado.
Matteo.
—Interesante elección de archivo —dijo finalmente.
Su voz no mostraba sorpresa, pero sí una ligera curiosidad.
—Estoy tratando de entender ciertas conexiones —respondí.
Él levantó la mirada hacia mí.
—¿Y qué conclusión preliminar tienes?
Deslicé la punta del bolígrafo hacia otro punto de la fotografía.
—Los anillos que vi en la cámara de mi casa no pertenecen a este hombre.
Su mirada se movió hacia el lugar que señalaba.
—No.
—Pero sí pertenecen a alguien cercano a usted.
La esquina de sus labios se elevó apenas.
—Eso depende de lo que consideres cercano.
Guardé silencio unos segundos antes de decir el nombre.
—Nicolai.
Su reacción fue mínima, pero suficiente.
No confirmó.
No negó.
Solo me observó con más atención.
—Entonces —continué—, quiero entender algo más.
Señalé nuevamente la imagen.
—¿Quién es Matteo?
El silencio entre nosotros se alargó.
Sus dedos se movieron lentamente sobre la mesa mientras estudiaba la fotografía una última vez.
—Un hombre que cree que le debo algo.
—¿Y se equivoca?
Sus ojos regresaron a los míos.
La intensidad de su mirada parecía medir cada una de mis reacciones.
—Eso depende de quién cuente la historia.
Respiré profundo.
—Entonces cuéntela.
Por primera vez desde que entré a la sala, su sonrisa se volvió más evidente. No era arrogante. Era estratégica. Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Podría hacerlo.
Esperé.
Pero él no continuó.
—Pero las historias importantes merecen un escenario más interesante que esta sala.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa —dijo con calma— que si quieres conocer toda la historia… tendrás que aceptar salir conmigo.