Kael
El edificio parecía olvidado por la ciudad.
Las paredes de concreto estaban manchadas por años de humedad y polvo, y algunas ventanas rotas dejaban entrar una luz gris que apenas iluminaba el interior. Desde afuera, nadie imaginaría que aquel lugar abandonado en las afueras de Filadelfia era uno de los puntos donde se tomaban decisiones capaces de mover millones de dólares… o acabar con varias vidas en cuestión de horas.
En el centro del salón había una mesa larga de madera maciza.
No era elegante, pero sí resistente.
Yo estaba sentado en la cabecera.
La posición no era un gesto simbólico. Era una costumbre que todos aceptaban sin cuestionar. Desde ese lugar podía observarlos a todos al mismo tiempo, leer sus reacciones, medir cada silencio.
A mi derecha estaba Nicolai.
Siempre ocupaba ese lugar. No porque yo lo ordenara, sino porque nadie más se atrevería a sentarse allí. Su presencia imponía un respeto que no necesitaba palabras. Los anillos gruesos que llevaba en varios dedos brillaban bajo la luz débil del techo cada vez que movía la mano sobre la mesa.
Nicolai no hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, todos escuchaban.
A mi izquierda estaba el director de la prisión.
Para cualquier funcionario del sistema penitenciario de la ciudad, él era simplemente un administrador respetado. Un hombre que llevaba años trabajando dentro del sistema, manteniendo el orden entre los reclusos.
Pero en realidad era mucho más que eso. Era uno de mis hombres más confiables.
Su posición dentro de la prisión era demasiado valiosa como para desperdiciarla. Cada movimiento dentro del edificio, cada traslado de reclusos, cada revisión de seguridad… todo pasaba por él antes de llegar a cualquier informe oficial.
Frente a nosotros estaban los otros cuatro hombres.
Dos de ellos eran exterminadores. Así los llamábamos dentro de la organización.
No eran asesinos comunes. Eran hombres entrenados para ejecutar trabajos específicos con precisión absoluta. Eliminaban amenazas, recuperaban información, hacían desaparecer problemas antes de que crecieran demasiado.
Los otros dos formaban lo que nosotros llamábamos el dúo de limpieza.
Su trabajo era mucho menos visible, pero igual de importante. Extorsión empresarial, lavado de dinero, manipulación de registros contables, desaparición de pruebas físicas… todo lo necesario para que nuestras operaciones parecieran invisibles para las autoridades.
La reunión llevaba casi una hora cuando uno de los exterminadores colocó un mapa sobre la mesa.
—El cargamento de armas llegará en siete días —dijo.
Señaló una zona del puerto.
—Entrará por aquí.
El mapa mostraba varias rutas posibles de traslado. Nicolai se inclinó ligeramente hacia adelante, observando cada línea con atención.
—¿Quién supervisa la descarga?
—Dos de nuestros hombres del muelle.
Tamborileó mis dedos sobre la mesa.
—Quiero dos rutas de salida diferentes —dije finalmente—. Si algo sale mal en una, la otra debe continuar.
Los hombres asintieron.
El siguiente tema fue el dinero. Uno de los miembros del dúo de limpieza abrió una carpeta llena de documentos.
Empresas ficticias. Transferencias internacionales. Inversiones en restaurantes, clubes y negocios aparentemente legítimos.
El sistema era complejo, pero efectivo. Cada movimiento financiero estaba diseñado para fragmentarse en decenas de transacciones menores antes de desaparecer dentro de redes legales. Incluso una auditoría federal tardaría meses en reconstruir el camino completo del dinero.
Finalmente, el último tema apareció sobre la mesa. El nombre que todos sabían que tarde o temprano iba a surgir.
Matteo Rinaldi.
Uno de los exterminadores habló primero.
—Su cartel está ampliando rutas hacia el norte.
Nicolai levantó la mirada.
—Matteo siempre ha sido ambicioso.
El silencio se volvió más pesado. Todos esperaban una orden.
Un ataque. Un movimiento estratégico.
Yo observé el mapa unos segundos más antes de hablar.
—No haremos nada.
El exterminador frunció el ceño.
—¿Nada?
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—Matteo quiere que reaccionemos.
Mi mirada recorrió el rostro de cada hombre.
—Y no pienso darle lo que quiere.
Nicolai fue el primero en asentir.
—Esperaremos.
El resto tardó unos segundos más en aceptar la decisión.
Pero finalmente todos entendieron la lógica. A veces la forma más eficaz de derrotar a un enemigo no es atacar primero. Es dejar que se convenza de que está ganando.
La reunión terminó pocos minutos después. Las sillas se arrastraron sobre el suelo de concreto mientras los hombres comenzaban a levantarse.
Pero antes de que Nicolai pudiera irse, lo detuve con un gesto.
—Quédate.
Los demás abandonaron el edificio uno por uno. Cuando finalmente quedamos solos, el silencio volvió a llenar la habitación.
El sol comenzaba a caer cuando salimos del edificio.
La luz anaranjada de la tarde cubría los edificios industriales de las afueras de Filadelfia con un tono cálido que contrastaba con la frialdad de la reunión que acabábamos de tener.
Nicolai encendió un cigarro mientras caminábamos hacia los coches.
—¿Algo más? —preguntó.
— Sigueme .
La boutique estaba iluminada con una elegancia que rozaba lo teatral.
Los trajes colgados en las paredes estaban perfectamente alineados, cada uno confeccionado con telas importadas y cortes impecables. El diseñador era un siciliano reconocido en los círculos más exclusivos de Filadelfia, y sus clientes solían ser hombres que entendían el poder que puede transmitir la apariencia correcta.
Había ido a recoger uno de mis trajes hechos a medida. El diseñador lo colocó frente a mí con orgullo evidente.