Zarina
Entre sombras que acechan y miradas sin perdón,
descubro que huyo de un enemigo… mientras sigo al diablo sin razón.
El coche llegó exactamente a las ocho.
No fue el sonido del motor lo que me hizo notar su presencia, sino la forma en que las luces delanteras se deslizaron lentamente por la pared del edificio cuando se estacionó frente a la entrada. Desde la ventana del apartamento observé el vehículo negro detenerse con una precisión casi calculada.
Durante unos segundos me quedé quieta.
Había esperado ese momento toda la tarde… y aun así, cuando finalmente llegó, algo dentro de mi pecho se tensó.
Bajé al vestíbulo.
El conductor estaba de pie junto a la puerta trasera del coche. Era un hombre mayor, quizá en sus cincuenta, con un traje oscuro perfectamente planchado y una postura tan rígida que parecía haber sido entrenado para no hacer movimientos innecesarios.
Cuando me acerqué, inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches.
Su voz era tranquila, profesional.
Abrió la puerta trasera sin decir nada más.
El interior del coche olía a cuero nuevo y a un perfume masculino muy sutil que me resultó extrañamente familiar. Me acomodé en el asiento mientras el conductor cerraba la puerta con cuidado.
El trayecto comenzó en silencio.
Las luces de Filadelfia se deslizaban por la ventana como líneas doradas mientras avanzábamos por las avenidas principales. Observé los edificios, los restaurantes llenos, las personas caminando por las aceras… todo parecía normal.
Demasiado normal para lo que realmente estaba haciendo.
Me estaba reuniendo voluntariamente con un criminal peligroso.
Y lo peor era que ni siquiera estaba completamente segura de si lo hacía por estrategia… o por algo más complicado de admitir.
El coche finalmente se detuvo frente al restaurante.
El sonido del mar llegó antes de que pudiera ver el agua.
Cuando la puerta se abrió y salí del coche, lo vi inmediatamente.
Estaba esperando cerca del estacionamiento.
La luz cálida de los faroles del paseo marítimo caía sobre su figura con una claridad casi teatral. Su traje oscuro estaba perfectamente ajustado a su cuerpo, marcando la amplitud de sus hombros y la línea firme de su torso.
Pero lo que realmente me detuvo fue su mirada.
Recorrió mi cuerpo con una lentitud que no intentó ocultar.
Desde los tacones.
La caída del vestido rojo.
El corsé ajustado.
Hasta llegar a mi rostro.
Sentí el calor subir ligeramente por mi cuello.
—Llegaste —dijo finalmente. Su voz era baja, grave.
—Tú enviaste el coche —respondí—. Hubiera sido descortés no aparecer.
Una pequeña sonrisa apareció en la esquina de su boca.
—Me alegra que tengas buenos modales.
Caminamos juntos hacia la entrada del restaurante. El lugar era elegante sin resultar excesivo. Ventanales enormes permitían ver el mar oscuro iluminado por las luces del muelle. El sonido suave de conversaciones y música instrumental llenaba el ambiente. Cuando nos sentamos, un mesero dejó dos copas de vino sobre la mesa.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Así que… —dije finalmente—. Matteo Rinaldi.
Su expresión cambió ligeramente. No fue un gesto grande. Pero fue suficiente para notar que el nombre tenía peso. Apoyó los codos sobre la mesa.
—Matteo y yo crecimos en barrios similares.
Su mirada se desvió brevemente hacia el mar.
—Ambos aprendimos temprano que el mundo no recompensa a los ingenuos.
—Eso suena como una forma elegante de decir que eligieron caminos peligrosos.
Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—No todos los caminos seguros llevan a alguna parte.
Tomó un sorbo de vino antes de continuar.
—Hace años intentamos hacer negocios juntos. Transporte, distribución… cosas pequeñas al principio.
—¿Y qué salió mal?
—La ambición.
Sus dedos tamborilearon suavemente sobre la mesa.
—Matteo siempre quiso más territorio del que podía controlar.
Guardó silencio unos segundos antes de añadir:
—En una de esas operaciones algo salió mal.
—¿La hermana?
Sus ojos se levantaron lentamente hacia mí.
—Así que investigaste.
—Es mi trabajo.
Exhaló lentamente.
—Ella murió durante un ataque que estaba dirigido a uno de nuestros cargamentos.
—¿Y Matteo cree que fue culpa tuya?
—Matteo cree muchas cosas.
La conversación se volvió más ligera después de eso. Hablamos de la ciudad. De restaurantes absurdamente caros. De películas malas que todo el mundo finge disfrutar.
En un momento señalé el plato frente a él.
—¿Sabes que acabas de pedir el plato más pretencioso del menú?
—Tiene langosta.
—También tiene espuma de limón.
Él levantó una ceja.
—Eso suena sofisticado.
—Eso suena innecesario.
Una risa baja escapó de su garganta. La tensión inicial comenzó a disolverse lentamente. Para mi propia sorpresa, empecé a relajarme. Cuando terminamos de cenar salimos a caminar por el paseo frente al mar. El aire nocturno era fresco.
—¿Siempre eres tan sarcástica? —preguntó.
—Solo cuando alguien intenta impresionarme.
—¿Y lo estoy logrando?
—Todavía no.
Más adelante vimos un pequeño puesto de churros.
—Quiero uno.
Me miró como si estuviera bromeando.
—¿En serio?
—Completamente.
Terminamos comprando churros… y luego una pequeña torta de coco en otro puesto cercano.
Nos sentamos en un banco frente al agua.
— ¿Quieres un poco? — acerque mas la cucrara llena de torta hacia su boca.
— No me gusta el coco, preciosa— me lleve la cuchara a la boca y desvie la mirada, para que no viera el rubor en mis mejillas. Para desviar su atencion, empecé a hablar de Sofía.
—Cuando tenía dos años decidió que quería aprender a volar.