Psicología de amarte en el abismo

capitulo 12

Zarina

No recuerdo exactamente en qué momento me dormí, pero cuando abrí los ojos la luz de la mañana ya se filtraba entre las cortinas, dibujando líneas suaves sobre el techo de mi habitación. Por unos segundos me quedé completamente quieta, como si mi cuerpo aún no hubiera decidido si regresar al mundo o quedarse atrapado en ese estado medio dormido donde todo es más fácil de ignorar.

Fue entonces cuando lo sentí.

El corsé.

La presión ligera en mi torso.

Bajé la mirada lentamente y ahí estaba el vestido rojo, intacto, como si la noche anterior no hubiera sido real o como si mi mente hubiera decidido congelarla en el momento exacto donde todo dejó de tener sentido.

Me incorporé despacio, pasando una mano por mi cabello enredado mientras el silencio de la habitación comenzaba a pesar más de lo normal. Había algo distinto en el ambiente, algo que no tenía que ver con el espacio físico, sino conmigo.

Mis dedos se movieron casi sin pensarlo hasta mis labios.

Los rocé apenas.

Y el recuerdo volvió.

No como una imagen lejana, sino con una claridad incómoda, demasiado vívida. La cercanía, el calor, la forma en que por unos segundos todo a mi alrededor había desaparecido como si el mundo entero hubiera decidido detenerse solo para ese instante.

Cerré los ojos con fuerza, exhalando lentamente.

—No…

El susurro salió bajo, casi como si me negara a mí misma la posibilidad de seguir pensando en ello.

Me levanté de la cama con más rapidez de la necesaria y caminé hasta el espejo, necesitaba verme, necesitaba comprobar que todo seguía igual… aunque en el fondo sabía que no era así.

Mi reflejo me devolvió una imagen que no me gustó.

No era el vestido.

Era mi expresión.

Había algo en mis ojos que no estaba ahí antes.

Algo que no encajaba con la idea que tenía de mí misma.

Apoyé ambas manos sobre el tocador, inclinándome ligeramente hacia adelante.

—Esto no fue profesional —dije en voz alta, obligándome a escuchar mis propias palabras—. Fue un error.

Pero incluso mientras lo decía, algo dentro de mí se resistía.

Porque no había sido impulsivo.

Había sido consciente.

Y eso lo complicaba todo.

Mi mirada bajó lentamente hasta el collar de larimar. La piedra azul descansaba sobre mi piel como si no perteneciera a ese momento, como si fuera ajena a todo lo que había pasado.

Llevé los dedos hasta el cierre.

Dudé por un segundo demasiado largo.

Finalmente lo desabroché y lo dejé sobre el tocador con cuidado, más del que pretendía.

—No se repite —murmuré.

Pero no sonó como una promesa firme, sino como una forma de convencerme de algo que no terminaba de creer.

El sonido de voces en la cocina me sacó de mis pensamientos.

Salí de la habitación intentando recomponerme antes de entrar.

—¡Se levantó la dramática! —dijo Sofía en cuanto me vio.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Buenos días para ti también.

Mi abuela levantó la mirada desde la estufa, observándome con esa calma que siempre parecía esconder más de lo que decía.

—¿Dormiste bien?

La pregunta me atravesó más de lo que debería.

—Sí —respondí, demasiado rápido.

Me senté a la mesa mientras Sofía empujaba un plato hacia mí con entusiasmo.

—Te hice desayuno.

Miré el plato con atención. Pan tostado… y algo que claramente había intentado ser huevo revuelto.

—¿Esto es comestible?

—¡Claro que sí!

—Eso no suena muy convincente.

Mi abuela soltó una risa suave mientras servía café.

—Cómetelo antes de que se enfríe.

Tomé el tenedor y probé un poco.

Hice una pausa dramática.

—…No está tan mal.

Sofía sonrió con orgullo inmediato.

—Lo sabía.

La conversación continuó entre comentarios simples, bromas pequeñas, esa rutina familiar que siempre lograba hacer que todo pareciera normal. Pero incluso en medio de ese momento, entre el olor del café y las risas de Sofía, mi mente seguía regresando al mismo lugar.

Al mismo instante.

Al mismo error.

Y a la sensación cada vez más clara de que algo dentro de mí había cambiado… y no sabía cómo revertirlo.

Theo

El expediente permanecía abierto frente a mí, pero llevaba varios minutos sin leer una sola línea.

No lo necesitaba.

Mi mente no estaba ahí.

Se mantenía fija en un recuerdo demasiado reciente, demasiado preciso como para ignorarlo. No era una imagen borrosa ni un pensamiento pasajero, era una reconstrucción exacta de cada detalle, de cada movimiento, de cada reacción que ella había tenido en ese momento.

La forma en que sus labios respondieron.

La leve tensión en su respiración.

La manera en que no se apartó.

Cerré el expediente con calma, apoyando la mano sobre la cubierta como si eso fuera suficiente para cerrar también ese pensamiento.

No lo era.

Nunca había sido así. Cada acción tenía un propósito. Cada movimiento una intención clara. Nada se dejaba al azar. Y sin embargo, aquello… no había sido calculado.

La puerta se abrió sin previo aviso.

Nicolai entró con esa presencia silenciosa que siempre lo caracterizaba, como si incluso el espacio a su alrededor entendiera que no debía hacer ruido.

—Te ves distraído.

No levanté la mirada de inmediato.

—No lo estoy.

—Claro —respondió con una ligera ironía mientras se apoyaba contra la pared—. Porque besar a tu psiquiatra definitivamente forma parte de un plan bien estructurado.

Levanté la vista lentamente.

—Mide tus palabras.

Una sonrisa leve cruzó su rostro, pero no desapareció del todo.

—Solo estoy observando.

El silencio se instaló entre nosotros unos segundos, pero no era incómodo. Era el tipo de silencio donde ambos entendíamos más de lo que decíamos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.