Psicología de amarte en el abismo

capitulo 13

Theo

La ciudad se veía distinta desde ese ángulo.

Las luces de Filadelfia se extendían como una red viva bajo la noche, brillando con una calma engañosa que contrastaba demasiado bien con lo que realmente se movía debajo de la superficie. Desde la ventana, todo parecía en orden… como si cada cosa estuviera exactamente donde debía estar.

Pero no lo estaba.

Nicolai no hablaba por hablar.

Si había dicho que Matteo estaba en la ciudad, entonces ya no se trataba de una posibilidad, sino de un hecho.

Me mantuve de pie, observando el reflejo de las luces en el vidrio, mientras su voz rompía el silencio detrás de mí.

—No vino solo.

No me giré.

—No lo haría.

—Ha estado preguntando por ella.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que el peso de esa frase se asentara completamente.

Por ella.

No por mí.

No por la organización.

Por ella.

Apoyé una mano contra el borde del escritorio, dejando que la información se acomodara en mi mente con la misma precisión con la que organizaba cualquier otro problema.

—¿Qué tanto sabe?

—Lo suficiente para que sea un riesgo.

Cerré los ojos un segundo, no por duda… sino para ordenar las piezas.

Matteo no actuaba sin motivo.

Y si había llegado hasta ese punto, significaba que ya había entendido algo importante.

—Está buscando una reacción —murmuré.

—O una debilidad —corrigió Nicolai.

Abrí los ojos.

Esa era la diferencia.

Y esa diferencia cambiaba todo.

Giré finalmente hacia él.

—Nadie se le acerca sin mi permiso.

Mi voz no fue más alta, pero sí más firme.

Más definitiva.

—¿Incluyéndonos? —preguntó Nicolai.

—Especialmente nosotros.

Porque el problema ya no era solo protegerla de Matteo.

Era evitar que ella misma entendiera lo que estaba pasando demasiado pronto.

Nicolai asintió lentamente.

—Voy a reforzar la vigilancia.

—No quiero errores.

—No los habrá.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era cómodo.

Era el tipo de silencio que aparece justo antes de que algo importante cambie.

Y en el fondo, lo sabía.

Esto ya no era control.

Esto era guerra.

Zarina

El sol de la tarde caía con una suavidad engañosa sobre la calle.

Había salido con la intención de despejarme un poco, de alejar la mente de todo lo que había estado acumulándose desde la noche anterior, pero incluso el aire fresco parecía insuficiente para calmar la sensación constante que me acompañaba desde que salí del apartamento.

Esa sensación.

Esa incomodidad leve que no se podía justificar con nada concreto, pero que tampoco desaparecía.

Caminé un poco más rápido, ajustando el bolso contra mi hombro mientras observaba los reflejos de las vitrinas a mi paso. No era paranoia… o al menos eso intentaba repetirme.

Hasta que lo vi.

No directamente.

Fue en el reflejo.

Una figura detrás de mí.

Distancia prudente.

Paso constante.

No corría.

No se ocultaba.

Simplemente… estaba ahí.

Mi pulso cambió de inmediato.

No de golpe, sino de forma progresiva, como si mi cuerpo estuviera reconociendo el peligro antes de que mi mente pudiera procesarlo completamente.

Seguí caminando.

No giré.

No todavía.

Intenté mantener el ritmo normal, pero mi respiración se volvió más corta, más consciente.

Doblé en la siguiente esquina.

El reflejo cambió.

Ahí estaba otra vez.

Más cerca.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Entré al primer local que encontré sin pensarlo demasiado.

Una cafetería.

El sonido de la puerta al abrirse, el murmullo de conversaciones, el olor a café recién hecho… todo me golpeó de golpe, trayéndome de vuelta a un espacio donde al menos podía ver.

Me detuve cerca del mostrador, fingiendo observar el menú mientras mis ojos buscaban discretamente la entrada.

Pasaron unos segundos.

La puerta se abrió.

Pero no era él.

Tragué saliva.

Esperé un poco más.

Nada.

Cuando finalmente salí, la calle estaba igual que antes.

Personas caminando.

Coches pasando.

Normalidad.

Pero algo dentro de mí ya había cambiado.

Porque esa vez…no fue imaginación.

Entré a la sala de sesiones con una tensión distinta.

No era solo lo de la noche anterior.

Era todo. El beso. Las cámaras. La figura. Y esa sensación constante de que había algo más moviéndose fuera de mi campo de visión.

Él ya estaba allí. Como siempre. Esperando.

Pero esta vez no me senté de inmediato.Lo miré.

—¿Quién más me está vigilando?

La pregunta salió sin rodeos. Sin preparación. Sin filtro.

Su expresión no cambió de inmediato, pero su silencio… dijo más de lo que cualquier respuesta habría podido decir.

—No eres el único —añadí, sintiendo cómo el pulso volvía a subir—. Ya lo vi.

Esa vez sí reaccionó. No de forma evidente. Pero lo suficiente.

—¿Qué viste?

—Alguien más.

Di un paso más cerca.

—Y no se mueve como tú.

El aire entre nosotros cambió. Más denso .Más serio.

—Esto ya no es un juego —continué, la voz más firme de lo que esperaba—. Así que deja de tratarlo como uno.

Él me observó unos segundos. Como si me estuviera evaluando.

Como si estuviera decidiendo hasta dónde podía llegar conmigo.

—Hay alguien más —dijo finalmente.

No era una confesión completa. Pero tampoco era una mentira.

—¿Quién?

—Alguien que no quieres conocer.

—Eso no lo decides tú.

Su mandíbula se tensó apenas.

—No. Pero sí puedo decidir cuánto sabes.

La frustración subió rápido.

—No puedes seguir controlando esto.

Su mirada se endureció ligeramente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.