“Promesas al altar, mentiras por desatar; lo que empieza como amar… siempre termina en dominar.”
Zarina
El murmullo es suave, pero suficiente para meterse debajo de mi piel.
No levanto la mirada al principio.
No puedo.
Porque si lo hago, si me obligo a enfrentar lo que está pasando, tal vez todo se rompa antes de que siquiera comience… y una parte de mí, la más débil, la más honesta, quiere exactamente eso.
—Nos encontramos hoy aquí…
La voz del padre resuena en el lugar con una calma que me desespera. ¿Cómo puede sonar tan tranquilo cuando todo dentro de mí está al borde de colapsar?
Aprieto ligeramente los dedos entrelazados frente a mí. No están temblando. Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace. Porque sé que no es control… es rigidez.
Es mi cuerpo intentando sostener algo que no entiende. Respiro. El aire entra, pero no se queda. El vestido pesa. No por la tela, sino por lo que significa. Cada capa, cada costura… cada decisión que me trajo hasta aquí. Me roza la piel como si quisiera recordarme que esto es real, que no hay vuelta atrás. Que ya crucé esa línea.
Trago saliva lentamente. No quiero mirarlo. Pero lo hago. Es inevitable. Giro apenas el rostro, lo suficiente.
Y ahí está.
Theo.
A mi lado. Impecable , vestido de traje nregro como aquella vez en el restaurante, con su cabello negro peinado perfectamente hacia atras. Como siempre.
Como si este momento no fuera un salto al vacío, sino una pieza más en un juego que ya tenía ganado desde el principio.
Sus ojos no están en mí cuando lo miro. Están al frente, atentos, fríos… hasta que, lentamente, bajan y me encuentran.
Y no hay duda en ellos. Ni una sola pizca. Eso me golpea más fuerte que cualquier otra cosa. Porque yo sí dudo. Dudo de todo. De esto. De él. De mí.
—¿Aceptas…?
No es mi nombre el que pronuncia el padre en ese instante, pero igual siento que la pregunta cae sobre mis hombros como una sentencia.
Y entonces Theo habla.
Su voz es firme.
Clara.
Segura.
Como si no existiera la posibilidad de un “no”. Como si nunca la hubiera contemplado.
Empieza a decir sus votos… y yo dejo de escucharlo a mitad de la primera frase.
No porque no quiera.
Sino porque algo dentro de mí se rompe justo ahí.
Porque lo escucho prometer cosas que no sé si puede cumplir… o peor, cosas que sé que sí puede cumplir, pero no de la forma que alguien normal lo haría.
Y entonces aparece la pregunta.
No como pensamiento.
Como necesidad.
¿Cómo llegué aquí…?
Y esta vez no puedo evitar que mi mente retroceda.
Tres días.
Solo tres días.
Y todo cambió.
Tres días antes
Martes en la mañana.
El silencio de mi apartamento no es tranquilo.
Es incómodo.
Como si las paredes supieran algo que yo todavía no termino de entender.
He pasado los últimos días intentando ordenar todo en mi cabeza, pero es como armar un rompecabezas al que le faltan piezas… o peor, uno donde las piezas no encajan aunque deberían.
Theo.
Sus palabras.
Sus silencios.
Todo lo que no me dijo.
Todo lo que sospecho.
Me dejo caer en el sofá, mirando un punto fijo que realmente no veo, cuando llaman a la puerta.
Dos golpes.
Firmes.
Sin duda.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Ya sé quién es.
Cuando abro, no me equivoco.
—Nicolai.
Su nombre sale más bajo de lo que esperaba.
Él asiente apenas, como si no necesitara decir nada más para confirmar su presencia. Su postura es la de siempre: recta, controlada… pero su mirada no es igual. No es evasiva, pero tampoco cómoda.
—Necesito hablar contigo.
No pregunta si puede.
No lo necesita.
Abro más la puerta.
—Pasa.
No se mueve.
Ni un centímetro.
Frunzo el ceño.
—Será rápido —añade.
—Eso no responde a lo que dije.
Un segundo.
Dos.
Niega levemente.
—No es apropiado.
Suelto una pequeña exhalación por la nariz.
—¿Apropiado para quién, Nicolai?
No responde.
Claro que no responde.
En cambio, va directo a lo importante.
—Quiere verte.
Siento cómo algo dentro de mí se tensa.
—¿Cuándo?
—Mañana en la noche.
Mi mandíbula se aprieta sola.
—¿Para qué?
Hay una pausa. Breve, pero suficiente para que entienda que la respuesta no es simple.
—Para explicarlo todo.
No puedo evitar la risa que se me escapa.
No tiene humor.
—Qué conveniente.
Nicolai no reacciona. Nunca lo hace.
—Me pidió que te dijera que esta vez no habrá omisiones.
Eso sí me afecta.
Lo siento en el pecho, como un pequeño impacto seco.
Y lo odio.
Odio que todavía tenga ese efecto.
Antes de que pueda responder, él me extiende algo.
Una caja.
Grande.
Elegante.
Familiar.
Demasiado.
La miro un segundo más de lo necesario.
—No la voy a abrir ahora.
—No tienes que hacerlo.
Pero ambos sabemos que sí lo haré.
El silencio se instala entre nosotros, pero no es cómodo.
Nada con él lo es.
—Puedes pasar un momento —digo al final, más por romper la tensión que por otra cosa—. No muerdo.
Por un segundo… parece que va a sonreír.
Pero no lo hace.
—No es por eso.
—Entonces, ¿por qué?
Esta vez sí me mira directamente.
Y no suaviza la respuesta.
—Porque eres la mujer de mi jefe.
La frase cae entre nosotros.
Pesada.
Definitiva.
No hay arrogancia en su tono. Ni burla. Solo una línea clara que no está dispuesto a cruzar.
Y, extrañamente… lo respeto por eso.
Asiento despacio.
#1662 en Novela romántica
#150 en Thriller
#64 en Misterio
mafia misterio drama, matrimonio forzado y pasion prohibida, darkromace
Editado: 06.04.2026