El diablo no viene vestido de diablo, sino de santo. Y en su red caerás sino te das cuenta del engaño.
Zarina
No suelo levantarme temprano por voluntad propia.
Pero esa mañana no tuve opción.
Mi abuela apareció en la puerta de mi habitación con una energía demasiado… sospechosa para alguien que, en teoría, solo quería “pasar tiempo conmigo”. No dijo mucho al principio, solo abrió las cortinas sin pedir permiso, dejando que la luz entrara de golpe como si fuera una intervención directa en mi estado mental.
—Arriba —dijo con una sonrisa que ya me advertía que algo estaba planeando—. Hoy me perteneces.
Fruncí el ceño, todavía medio dormida.
—Eso suena ilegal en más de un sentido.
—Exagerada.
—Realista.
Pero aun así me levanté.
Porque con ella nunca había forma de ganar.
Y, en el fondo, sabía que necesitaba eso. Salir. Despejarme. No pensar en Theo durante al menos unas horas… aunque fuera una ilusión.
El estudio de yoga estaba lleno de luz natural, con paredes claras, plantas en las esquinas y ese olor a incienso suave que te hacía sentir obligada a relajarte aunque no quisieras. Todo estaba demasiado… en paz.
Yo no.
Me acomodé en el mat junto a mi abuela, cruzando las piernas con una incomodidad evidente que ella ignoró deliberadamente.
—Relaja los hombros —susurró, sin mirarme.
—No están tensos.
—Están rígidos.
—Es diferente.
—No en tu caso.
Solté el aire con una pequeña molestia, pero seguí sus indicaciones. Intenté concentrarme en la respiración, en el movimiento lento de mi cuerpo, en la voz de la instructora que hablaba como si cada palabra fuera una caricia.
Pero no funcionaba. Mi mente no se quedaba quieta. Volvía a él. A lo que no me había dicho. A lo que sí. A lo que iba a pasar esa noche.
—Te estás yendo —dijo mi abuela de repente.
Abrí un ojo.
—Estoy aquí.
—Tu cuerpo sí.
La miré de reojo.
Ella seguía con los ojos cerrados, tranquila, como si no acabara de leerme sin esfuerzo.
—¿Vienes a relajarte o a analizarme? —murmuré.
—Las dos cosas pueden pasar al mismo tiempo.
Me rendí.
No tenía energía para discutir con ella.
El silencio volvió por unos minutos. Respiraciones profundas. Movimientos lentos. Un intento colectivo de calma que, en mi caso, era más actuación que realidad.
Y entonces, como si hubiera estado esperando el momento exacto, habló otra vez.
—Dime algo.
No me giré.
—Depende.
—¿Ya encontraste ese amor increíble que siempre decías que ibas a vivir?
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Una tensión rápida, seca, imposible de ocultar del todo. Tragué saliva.
Miré al frente.
—Sí.
El silencio que siguió fue distinto. Más atento.
—¿Y? —preguntó ella.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Y es un desastre.
—Eso no responde mi pregunta.
Giré la cabeza hacia ella esta vez.
—Lo encontré… pero no es algo que pueda tener.
Sus ojos se abrieron lentamente. Me miró con esa mezcla de ternura y firmeza que siempre me hacía sentir como si tuviera diez años otra vez.
—No me gustan esas palabras.
—A mí tampoco.
—Entonces no las uses.
Negué suavemente.
—No depende de mí.
—Siempre depende de ti.
La sostuve la mirada.
—No esta vez.
Eso la hizo quedarse en silencio unos segundos. Evaluando. Procesando lo que quise decir.
—Cuéntamelo —dijo finalmente—. Todo.
El “todo” pesó más que cualquier otra palabra.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—No puedo ahora.
—¿Por qué?
Porque si lo digo en voz alta, se vuelve real. Porque si lo explico, voy a tener que aceptar cosas que todavía no estoy lista para aceptar. Pero no dije nada de eso.
—Mañana —respondí en cambio—. Te lo cuento mañana. Sin mentiras.
Mi abuela me observó fijamente. Buscando algo. Quizá una señal de que estaba evadiendo. Quizá una confirmación de que hablaba en serio. Después de unos segundos, asintió.
—Está bien.
Pero su tono dejó claro que no iba a olvidarlo. La clase terminó poco después. Al salir, el aire de la calle se sintió más pesado, más real, como si el mundo hubiera estado en pausa dentro del estudio y ahora volviera a moverse con demasiada rapidez.
Fuimos a buscar a Sofía. Ella ya estaba afuera, sentada afuera de la escuela, con su típica energía imposible de ignorar.
—Pensé que te habías vuelto una persona zen y me ibas a abandonar —dijo apenas me vio.
—Todavía no.
—Qué alivio. No sabría con quién discutir.
Mi abuela soltó una risa breve mientras Sofía la abrazaba con naturalidad. Y por un momento… todo se sintió normal. Ligero. Como si no hubiera nada esperando por mí al final del día.
Pero esa sensación no duró mucho.
El día se fue consumiendo sin que me diera cuenta.
Entre el almuerzo, las caminatas por el centro turístico, las tiendas, los comentarios constantes de Sofía y las observaciones puntuales de mi abuela sobre absolutamente todo, el tiempo pasó rápido. Demasiado rápido.
Reí. Hablé. Casi olvidé. Porque cada cierto tiempo, como un recordatorio inevitable, aparecía ese pensamiento. Esta noche.
Theo.
Y todo lo que implicaba verlo otra vez.
Cuando llegamos a casa ya eran las siete. El cielo estaba cambiando de color, ese tono entre naranja y azul oscuro que siempre me había gustado… pero que esa vez sentí extraño, como si marcara una transición que no estaba lista para cruzar.
—Voy a salir —dije mientras dejaba el bolso.
Sofía levantó la mirada.
—¿A estas horas?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con alguien.
Mi abuela no dijo nada al principio. Solo me observó. Y eso fue peor que cualquier pregunta.
—No voy a tardar —añadí.
—Más te vale —respondió Sofía, medio en broma.
#1662 en Novela romántica
#150 en Thriller
#64 en Misterio
mafia misterio drama, matrimonio forzado y pasion prohibida, darkromace
Editado: 06.04.2026