Psicología de amarte en el abismo

capítulo 16

Theo

El sonido constante del avión debería ser monótono, casi tranquilizador.

No lo es.

Para alguien que está acostumbrado a anticipar cada movimiento, cada posible error, cada variable fuera de lugar, el silencio prolongado nunca es paz… es espacio para pensar. Y pensar, en mi caso, nunca es un proceso ligero.

Mi mirada se mantiene fija en la oscuridad detrás de la ventana, aunque no estoy viendo nada realmente. Sicilia está más cerca de lo que debería estar para alguien que, hace apenas unas horas, estaba cerrando acuerdos que cambiarán el equilibrio de poder en dos ciudades enteras.

Matteo Rinaldi.

El nombre no me provoca enojo inmediato. No funciona así conmigo. No reacciono. Evalúo.

Está creciendo rápido. Demasiado rápido. Sus rutas en Filadelfia ya no son improvisadas; alguien lo está asesorando. En Nueva York todavía no tiene el control, pero está tocando puertas que no debería ni siquiera saber que existen. Eso no es ambición. Es descuido.

Y el descuido… se paga.

Mis dedos tamborilean suavemente sobre el reposabrazos mientras ordeno mentalmente los siguientes movimientos. Cortar suministros. Intervenir contactos. Provocar desconfianza interna. Hacer que su estructura se quiebre desde dentro antes de tocarlo directamente.

No es complicado.

Nunca lo es. Lo complicado… es el ruido que aparece en medio de todo eso.

Un recuerdo. Rápido. Molesto. Innecesario.

Su hermana.

No es una imagen clara. Nunca lo es. Es más bien una sensación. Una ausencia mal resuelta que se filtra en momentos donde no debería existir. Un fallo en el sistema que no he logrado eliminar del todo.

Aprieto ligeramente la mandíbula. No me permito quedarme ahí. No sirve. Nunca ha servido. Así que lo aparto. Como todo lo que no aporta. Y entonces bajo la mirada.

Está dormida. Su cabeza ligeramente inclinada hacia mi hombro, su respiración más lenta, más profunda, completamente ajena al lugar en el que está… o a cómo llegó aquí. El cabello cae de forma desordenada sobre su rostro, y sin pensarlo demasiado, aparto un mechón con los dedos.

Es un gesto mínimo. Pero no debería hacerlo.

No formaba parte del plan.

Nada de esto lo hace.

Y aun así… no lo detengo.

La observo en silencio, analizando cada detalle con la misma precisión con la que evaluaría cualquier otra situación. Pero aquí hay algo distinto. Algo que no encaja del todo con el resto de mis decisiones. No es debilidad. No lo permitiría. Es… interés sostenido. Necesidad controlada. Posesión, en su forma más honesta. Más peligrosa.

Mi mirada se desplaza apenas hacia el otro lado de la cabina.

Sofía y su abuela están sentadas a cierta distancia, lo suficiente como para dar la ilusión de privacidad, pero no tanto como para que no pueda escucharlas si quiero.

Y quiero.

—No puedes decirme que esto es normal —dice Sofía en voz baja, aunque su tono tiene más tensión de la que intenta ocultar—. Nos subieron a un avión sin explicación, estamos cruzando quién sabe cuántos países, y tú estás… tranquila.

Su abuela suspira con esa calma que no es ingenua.

Es consciente.

—No estoy tranquila —responde—. Estoy segura.

—¿Segura de qué?

—De que ese hombre no hace nada sin una razón.

Sofía guarda silencio unos segundos.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco debería —admite la abuela—. Pero hay algo que estás pasando por alto.

—¿Qué cosa?

Pausa.

—La forma en que la mira.

Mi atención se fija en esa frase.

—Eso no es algo que se improvise —continúa ella—. No es interés superficial. No es capricho. Ese tipo de mirada… viene con consecuencias.

Sofía baja la voz aún más.

—¿Y eso es bueno o malo?

La abuela no responde de inmediato.

—Depende de si ella entiende en lo que se está metiendo.

Mis ojos regresan a ella. A la forma en que duerme. A la forma en que, incluso así, parece completamente fuera de este mundo que acabo de arrastrarla. Y es ahí cuando lo reconozco con claridad. No es una distracción. No es un error. Es una decisión.

Y, probablemente, la única que no puedo permitirme calcular del todo.

Zarina

Despertar no es inmediato.

Es lento, confuso, como si mi mente se negara a procesar la realidad demasiado rápido. Lo primero que siento es el peso en la cabeza, un dolor leve pero constante que pulsa detrás de mis ojos. Luego viene el estómago… incómodo, revuelto.

Y después…

El movimiento.

Abro los ojos de golpe.

El espacio no es mi habitación. No es ningún lugar que reconozca de inmediato. Todo es demasiado amplio, demasiado pulcro, demasiado silencioso. Y entonces lo veo...

Theo.

Sentado a mi lado. Como si nada. Mi respiración se corta por un segundo.

—¿Qué…? —mi voz sale más débil de lo que esperaba—. ¿Dónde estamos?

Él no se altera. No cambia su postura. Solo gira ligeramente la cabeza hacia mí.

—Relájate.

—No me digas que me relaje —respondo de inmediato, incorporándome un poco más rápido de lo que debería. El mareo me golpea al instante—. ¿Qué está pasando?

—Estamos en un vuelo.

Lo miro como si eso fuera la peor respuesta posible.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no necesitas que lo repita.

Aprieto los dientes.

—¿A dónde vamos?

—A un lugar seguro.

—Eso no es una explicación.

—Es la única que necesitas por ahora.

Mi frustración sube de inmediato.

—Theo—

Pero él ya ha bajado la mirada a su laptop, como si la conversación hubiera terminado. Sus dedos comienzan a moverse con precisión sobre el teclado, revisando correos, respondiendo, completamente concentrado en algo que claramente considera más importante que explicarme por qué estoy en un avión privado con él. Eso me enfurece. Miro alrededor, buscando algo más… alguien. Y entonces escucho voces. Giro la cabeza.




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