Zarina
El jeep se detiene con un movimiento seco frente a la mansión, pero mi cuerpo tarda unos segundos más en reaccionar.
No es solo por el cansancio.
Es por todo lo demás.
La casa frente a mí no parece una casa. Es demasiado grande, demasiado perfecta, demasiado… preparada. La arquitectura barroca se levanta con una elegancia intimidante, cada detalle calculado para impresionar, para imponer presencia. Las ventanas altas, los balcones amplios, las columnas… todo grita poder sin necesidad de exagerar.
Y eso me inquieta más de lo que debería.
Theo se baja primero. Como si todo respondiera a su ritmo.
Extiende la mano hacia mí y, aunque dudo apenas un segundo, la tomo. No porque confíe, sino porque en este momento no tengo la energía para discutir algo tan básico.
Mis pies tocan el suelo. El aire es cálido, ligeramente húmedo, con ese olor salado del mar que todavía se siente cerca. Pero no tengo tiempo de procesarlo completamente, porque en cuanto me estabilizo, mis ojos buscan de inmediato a Sofía y a mi abuela. Están bajando del otro jeep. Y cuando las veo bien… algo dentro de mí se rompe un poco.
Porque están aquí.
Por mi culpa.
Camino hacia ellas casi sin pensar, ignorando por completo a Theo detrás de mí.
—Lo siento —digo apenas estoy lo suficientemente cerca, y mi voz suena más quebrada de lo que esperaba—. De verdad lo siento… por todo esto.
Las abrazo.
Primero a Sofía, que tarda un segundo en reaccionar antes de devolverme el gesto con fuerza, como si quisiera asegurarse de que sigo siendo yo.
Luego a mi abuela. Y es ahí donde algo no encaja. Porque ella no está alterada. No está nerviosa. No está enojada. Está… tranquila.
Demasiado.
—No es para tanto —dice con suavidad, acariciándome el cabello como si esto fuera una situación completamente normal—. Nos vamos a acostumbrar.
Me separo apenas para mirarla.
—¿Acostumbrar… a qué exactamente?
Ella sonríe. Y eso no me gusta.
—A esto —responde simplemente, haciendo un gesto leve hacia la mansión, hacia los hombres, hacia todo—. A su mundo.
Siento un escalofrío.
—Abuela, esto no es—
—Tranquila —interrumpe con calma—. No es el fin del mundo.
La miro, intentando entender. Intentando encontrar lógica en su reacción. Pero no la hay. O no la veo. Y justo cuando voy a preguntarle directamente qué está pasando, la voz de Theo corta el momento.
—Entren.
No es una sugerencia. Es una orden suave. Pero clara. Giro la cabeza hacia él, pero ya se está alejando, como si diera por hecho que lo vamos a seguir.
Y lo hacemos. Porque no hay muchas más opciones.
El interior de la mansión es incluso más impresionante que el exterior. Techos altos, detalles dorados, pisos impecables, todo iluminado con una luz cálida que hace que el lugar se sienta… habitado, aunque claramente ha sido preparado con antelación.
Una mujer se acerca. Elegante, mayor, con una postura impecable.
—Bienvenidas —dice con una leve inclinación de cabeza—. Soy la ama de llaves. Pueden llamarme Elena.
Su tono es profesional, pero no frío.
—Las acompañaré a sus habitaciones.
Antes de que pueda responder, siento la mano de Theo en mi cintura. Firme. El calor corporal de nuestros cuerpos chocan por la cercania de la noche anterior.... Carajo, me gusto mas de lo que deberia.
Se inclina hacia mí lo suficiente para que su voz solo llegue a mis oídos.
—Nos vemos en tres horas.
Mi cuerpo se tensa.
—¿Para qué?
No responde.
—Theo.
Nada. Se separa. Empieza a alejarse.
—¿Por qué estamos aquí? —le digo, esta vez más fuerte.
Pero no se detiene. No se gira. Desaparece como si la pregunta no existiera.
Aprieto los puños. La frustración sube rápido, pero no tengo tiempo de perseguirlo porque la ama de llaves ya está guiándonos.
Primero lleva a Sofía. Abre una puerta. Y lo que veo me deja helada. La habitación es… rosa.Pero no de una forma simple. Es un rosa elegante, perfectamente decorado, con detalles pensados para alguien como ella. Ropa, accesorios, incluso pequeños objetos personales que claramente no estaban ahí por casualidad.
Esto no se improvisó. Esto fue planeado.
—¿Desde cuándo…? —murmuro.
Sofía está en silencio. Observando todo. Y no sé si está impresionada o preocupada. Probablemente ambas. Mi estómago se contrae.
Seguimos. La siguiente habitación es para mi abuela. Pero es completamente diferente. Más sencilla. Más… neutral.
—¿Por qué no es igual? —pregunto sin ocultar la incomodidad.
Mi abuela entra como si nada.
—Porque no voy a quedarme contigo.
La miro de golpe.
—¿Qué?
Ella se gira hacia mí con una tranquilidad que me desespera.
—Hace cuatro años me casé.
Parpadeo.
—¿Qué…?
—Con el tío de Theo.
El mundo se queda en pausa.
—No… eso no… no tiene sentido.
—Lo tiene —responde con suavidad.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no era necesario en ese momento.
—¿Y ahora sí?
—Ahora todo cambia.
Siento que el suelo se mueve bajo mis pies.
—Abuela, esto es una locura.
—No tanto como crees.
Estoy a punto de seguir cuestionando, de exigir respuestas, de entender algo… cuando la ama de llaves vuelve a aparecer.
—Señorita —dice dirigiéndose a mí—. Debe prepararse. Los estilistas ya han llegado.
Cierro los ojos un segundo. Demasiado. Todo es demasiado. Mi abuela toma mi mano.
—Vamos.
No discuto. No porque quiera. Sino porque no sé por dónde empezar.
Mi habitación es la última. Y cuando la puerta se abre… entiendo otra cosa. Esto no es una habitación. Es un espacio diseñado para alguien que va a quedarse. La cama es enorme. Los ventanales dejan ver el mar en toda su extensión. Hay un balcón amplio, cortinas ligeras moviéndose con la brisa, y una sensación extraña de permanencia.
#1662 en Novela romántica
#150 en Thriller
#64 en Misterio
mafia misterio drama, matrimonio forzado y pasion prohibida, darkromace
Editado: 06.04.2026