No recuerdo el cierre de ojos. Simplemente aparecí allí, de pie, en medio de una ciudad ajena.
El cielo tenía forma de una blanca y grasosa piel humana. No había viento, ni sol, ni mucho ruido, pero sí había claridad. El silencio era profundo.
Caminé por un puente de madera marrón, me quedé parado por la mitad. Debajo cruzaba el canal de un fluvial. Sus aguas arrastraban cantidades infinitas de muertos. La mayoría tenía los brazos extendidos y muchos ojos miraban hacia el cielo como tratando de pedir auxilio. Por el fluvial pasaban cuerpos de adultos, niños, ancianos. Como si hubiese habido una ejecución masiva. Algunos tenían los ojos abiertos, y me miraban sin verme. Otros no tenían rostro, solo músculos floridos. Como si hubieran sido desollados. El río transparente corría sereno debajo de mis pies. Arrastraba jirones de piel, mechones de cabello, dedos solitarios. Su ritmo fluvial era demasiado lento. No me horrorizó. No sentí miedo. Era... hermoso. Todo un espectáculo.
Inspiré hondo. El aire estaba cargado de metal, tierra mojada, vísceras abiertas. Un perfume dulce me llenó el pecho.
Caminé hasta el otro lado del puente. Allí me topé de frente con una fachada de pintura verde corroída. Era una casa vieja, desfigurada por el tiempo. Sus muros estaban agrietados y descascarados. En el segundo piso, tuve una extraña sensación, de que alguien me estaba observando desde una ventana transparente.
Subí. Las escaleras de madera crujían. El aire olía a sal quemada y metal oxidado.
Al llegar arriba me encontré con una larga mesa, y sobre ella, lo sorprendente: manos. Docenas de manos humanas de adultos, tanto de hombres como de mujeres, cortadas desde la muñeca, colocadas en línea perfecta sobre portavasos de cerámica blanca, como si alguien las hubiera dispuesto como adorno. Algunas eran pequeñas, otras gruesas, otras finas, otras negras, otras blancas y otras de piel mestiza. Las uñas tenían un sucio de tierra lodosa.
De repente pude observar en una habitación pequeña sin puerta, la cocina, una olla gigante estaba burbujeando, sobre las llamas de una cocina industrial, hervían vísceras humanas. Pulmones, intestinos, trozos de hígado, y algo que parecía un corazón aún palpitante. El líquido bullía espeso, espumeante, desprendiendo un vapor denso que se enroscaba en las vigas del techo como serpientes.
El calor del hervor me llegaba al rostro con un aliento sulfurante. Y el olor... Dios, el olor. No era solo carne cocida. Se parecía a la fragancia de un perfume de baja calidad revuelto con el hedor de un cuerpo sudado.
Una gota gruesa cayó del borde del cuenco y se estrelló en el suelo de madera marrón.
De pronto escuché que algo hizo un sonido de traqueteo. Al dirigir mis ojos a la mesa. Vi que una mano comenzó a tamborilear sobre su portavasos, y los dedos tenían movimientos musculares donde se recogían y estiraban. Luego otra mano. Y otra más. Parecía una comunicación de manos en conjunto. Los dedos parecían estar enviando señales en código morse. Luego las manos detuvieron su ritmo en coordinación cuando les fijé la mirada a cada una, detenidamente sin pestañear.
Las vísceras en la olla seguían hirviendo, estallando en burbujas gruesas que lanzaban hilos de grasa al aire.
Caminé hacia la olla gigante para observar más de cerca la cocción.
Fue entonces cuando de pronto, en un callejón escuché una puerta de madera vieja que hizo un chirrido y esta se abrió lentamente. Dirigí mis pasos por ese pasadizo y al llegar al marco de la puerta. Acudí a entrar a la habitación como si hubiera sido invitado a observar un show.
Allí dentro de esa habitación pintada de azul había cuerpos momificados. Diez, quince... tal vez más. Su vendaje los cubría de pies a cabeza, como las momias egipcias. Era maravilloso ver semejante espectáculo. Era igual de emocionante, como estar en Egipto. Estaban sentados, arrimados contra la pared, como muñecos viejos abandonados. Empecé a sacarle lentamente la venda del rostro a un cuerpo y se trataba de una mujer. Era joven.
En la sien tenía un gran agujero en el lado izquierdo, de allí emanaba un hilo de sangre que se humedecía en su cabello negro y lacio. Mis manos y antebrazos se habían pintado completamente de rojo. Aún así no me incomodó en lo absoluto. Más bien, me causó una emocionante y palpitante satisfacción.
Seguí descubriendo la venda alrededor de su cuerpo hasta llegar a su ombligo. En sus pechos desnudos tenía grandes moretones.
Me quedé mirándola largo rato, estaba fascinado. La serenidad de su rostro era perfecta. Muerta se veía más bella que viva. Su silencio le dio paz a mi corazón. Le agarré el mentón y acaricié sus mejillas, luego no pude soportar su hermosura y le robé un enorme beso. Estampé mis labios en los suyos, valorando de forma tan apasionada sus labios superiores, y más los inferiores, ya que arrastré mis dientes por allí con frenesí.
No sentí el calor que salía de su nariz, solo percibí como su rostro frío junto al mío se compactaban mutuamente. El contraste de mi rostro acalorado con su fría cara hizo un match inmediato.
En la pared a sus espaldas, alguien había escrito con dedos sangrantes:
CUANDO LLEGUE EL MOMENTO DE ACABAR CON LA VIDA DE ALGUIEN... NO LO PIENSES DEMASIADO. TAN SOLO DISFRUTA DEL MOMENTO.
Salí de esa habitación y decidí entrar en otra habitación pintada de azul, allí dentro vi multitudinarias lámparas y muebles forrados de cuero, pero no estaban forrados de cuero común. Me senté en un mueble forrado con piel humana, se notaba claramente un rostro varonil que rodeaba el reposabrazos. Empecé a acariciar la textura de su nariz marrón. Y con mis dedos hundí sus viscosos ojos.
Al mover mis pasos de nuevo hacia la cocina el calor del cuenco me acariciaba el rostro. El hedor a carne cocida, a cobre, a bilis... me había envuelto. Ese delicioso olor me jalaba a que probara su delicioso sabor. Jamás en mi corta vida había comido carne humana, no obstante, siempre hay una buena primera vez para todo.
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Editado: 16.08.2026