Puerta dimensional

Capítulo 4. Trabajo en equipo

  • ¿Les gusta? - Dijo el malvado científico, acercándoseles y recuperando las esferas – Estos dispositivos alteran el sistema nervioso de todo ser vivo que se le acerque, haciendo que los mismos pierdan fuerzas y sufran de parálisis muscular. Los fabriqué porque, después de nuestro último encuentro, casi me derrotó un hombre musculoso que sabía un extraño y primitivo método de combate llamado “Boxeo”.

Se acercó a Mariana y la tomó del cuello, colocándose detrás de ella y sujetándola como una muñeca de trapo.

  • Tú debes ser la hembra de tu especie – murmuró el científico – Te digo así porque no te considero humana. Eres una hembra humanoide de las cavernas.
  • ¡Huye! - le gritó Hiro, quien extendió una mano en dirección a Mariana - ¡Usa el transmisor y vete!

Mariana intentó serenarse. Podía huir, tenía el transmisor en el bolsillo. Bastaba un pequeño esfuerzo para alcanzarlo. Pero en vez de eso, tomó el spray y, con las escasas fuerzas que tenía, lo levantó como si fuese una pesa y se lo roció a los ojos de su captor.

  • ¡Aaaah! ¡Maldición! ¿Qué has hecho? - gritó el científico, soltándola y flotándose los ojos para sacarse el picor.

Mariana no podía levantarse, pero estaba a centímetros de los pies del científico. Así que, con un último esfuerzo, sacó el transmisor, invocó a Asthar y se lo arrojó a sus pies.

Con apenas un toque, el transmisor emitió un brillo y el científico desapareció. Al fin regresó a su mundo, donde lo atraparían y le darían su merecido.

El transmisor volvió a sus manos y lo guardó en su bolsillo. Vio cómo Hiro se acercaba a ella a rastras. Ambos se encontraban exhaustos.

  • ¿Y ahora qué, Mariana? - Le preguntó Hiro, acostándose cerca de ella.
  • No lo sé – dijo Mariana - ¡Esto es tan patético! Si lo hubiésemos previsto a tiempo... Pero bueno, no tenemos otra opción que esperar a que pase el efecto.
  • O puedes dejar que nosotros les ayudemos – dijo una voz masculina cerca de ella.

Antes de reaccionar, la joven sintió que la alzaban en brazos. Dio una ojeada y casi se le fue el alma al ver que era un sujeto de ojos grandes, similares al del científico.

  • Tranquila. Estoy de tu lado – Le sonrió su extraño héroe, señalándole con el mentón un transmisor que colgaba de su cuello por un cordón, como una medallita – Tienes suerte de que los hayamos encontrado.

Escuchó el grito de Hiro y volteó. Otro sujeto de ojos grandes también lo alzó. Así se fijó que ninguno vestía con bata, sino llevaban unos enterizos azules, similares a los del servicio de limpieza.

  • Ese bastardo fue un cobarde – dijo el sujeto que llevaba a Hiro – Usar los paralizantes para atacar a una madre con su hijo. ¡Eso es jugar sucio!
  • No es mi hijo – Aclaró Mariana - Ni siquiera somos del mismo país. Nos conocimos en este lugar.
  • ¡Oh! Es que parecían tan cercanos… disculpa mi descortesía.
  • ¿Quiénes son? – Preguntó Hiro – No parecen ser los científicos malos.
  • Somos “mecánicos” - le respondió el sujeto que llevaba a Mariana – Nos encargamos del mantenimiento de las maquinarias médicas. Y nos trajimos unos dispositivos que curan cualquier herida, por si las dudas.
  • Siempre es bueno prevenir que lamentar – continuó su amigo – Asthar nos dijo que nos encontraríamos con otras clases de humanos, de ojos pequeños y cuerpos frágiles.
  • Que bueno que nos consideran humanos – Comentó Mariana, con sarcasmo. Aún recordaba con desprecio la forma en que fue tratada por ese científico loco y eso la llenaba de rabia.
  • ¡Ya llegamos!

En efecto, había una especie de cubo negro que cabía en una mano. Colocaron a Mariana y a Hiro a su alrededor, palparon su superficie y, del mismo, salieron minúsculas esferitas que se impregnaron en los brazos, piernas y cabezas de los afectados por el paralizante. Sintieron pequeñas descargas eléctricas y, en segundos, recuperaron sus fuerzas.

Ambos se levantaron y estiraron sus extremidades. Hiro movió su palo de Kendo y gritó de júbilo. Mariana les agradeció a sus salvadores y les preguntó sus nombres.

  • Yo me llamo Sorlac – Dijo el hombre que la alzó.
  • Y yo soy Jaun – dijo el que alzó a Hiro - ¿Y ustedes como se llaman?
  • Yo me llamo Mariana
  • Y yo soy Hiro Yshisuka. Pueden llamarme Hiro.
  • Un placer en conocerlos – dijo Sorlac, con una amplia sonrisa.

Mariana se sintió extraña al ver la sonrisa de Sorlac. A pesar de su peculiar aspecto, no evitó pesar que era muy atractivo. Aunque tampoco podía saber si se debía al hecho de que acababa de ser rescatada por él y su amigo. Poco a poco comenzó a detallarlos y notó que ambos llevaban los cabellos recogidos y poseían pequeñas cicatrices recientes en el rostro. La joven se preguntó si se toparon con los otros científicos, pero prefirió no indagar en eso.

  • Creo que deberían irse – dijo Jaun, interrumpiendo sus pensamientos – Deben estar exhaustos.
  • Sí. Por hoy fue suficiente – dijo Mariana – Pero espero que nos podamos encontrar de nuevo.
  • Sí. Necesitarán de nosotros para sobrevivir en la frontera – dijo Sorlac – Aunque tengo curiosidad de saber cómo lograron vencer a ese científico en ese estado.
  • Mariana es genial – dijo Hiro, con una sonrisa de emoción – Le pedí que huyera, pero prefirió quedarse.
  • ¡Claro! ¡No podía dejar solo a mi hermanito! - Dijo Mariana, mirándolo con ternura.

Hiro la miró con sorpresa. Mariana también se dio cuenta de sus palabras. Pero antes de hablar, Hiro le dijo:

  • Mientras estemos aquí, yo seré tu familia. Así que ya tendrás alguien que se preocupe por ti.

Mariana casi lloró de la emoción. La verdad el niño no tenía ni idea de lo que le había pasado, pero estaba ahí, dispuesto a velar por ella en todo momento. Al final sonrió y dijo:

  • Gracias por estar conmigo, Hiro. Tus padres estarán orgullosos de ti.




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