En un pueblo de StormHold
Las sombras del callejón olían a humedad y desperdicios. En ese callejón habían dos niños azechando un puesto. Ly apretó la mano de Yudy mientras ambos se pegaban contra la pared de piedra, observando el puesto de pan al otro lado de la calle. El vendedor, un hombre corpulento con delantal manchado, atendía a una cliente que regateaba el precio de una sandía.
—Ahora —susurró Ly.
Se deslizaron entre la multitud como ratones. Yudy, con apenas cuatro años, seguía los pasos de su hermano con una precisión que solo da el hambre constante. El clip de mariposa rojo en su cabello oscuro brilló por un instante bajo el sol de la tarde.
Los dedos de Ly ya rozaban el pan cuando una mano enorme lo agarró del cuello de la camisa.
—¡Malditos mocosos!
Yudy chilló cuando el vendedor la sujetó del cabello, tirando de ella con fuerza. La niña cayó de rodillas, y el primer golpe la alcanzó en el costado.
—¡Suéltala! —Ly se lanzó contra el hombre, clavando sus dientes en el brazo que sostenía a su hermana.
El vendedor gruñó de dolor y rabia. Su puño se estrelló contra la cara de Ly, luego contra su estómago. El mundo se volvió borroso, lleno de dolor punzante y el sabor metálico de la sangre. Escuchó a Yudy llorar, sintió más golpes.
Finalmente, ambos salieron volando. Aterrizaron sobre el empedrado sucio, jadeando.
—¡Si vuelvo a verlos cerca de mi puesto, los mato! ¿Me oyeron? ¡Los mato!
Ly tomó la mano de Yudy y corrieron. Corrieron hasta que el pueblo quedó atrás, hasta que los árboles los tragaron y el silencio del bosque reemplazó los gritos del vendedor. No se detuvieron hasta llegar a los escombros que llamaban hogar: restos de lo que alguna vez fue una cabaña, con apenas medio techo y paredes derrumbadas.
Se dejaron caer sobre el suelo de tierra. Ly tenía el ojo hinchándose y sangre en la comisura de los labios. Yudy tenía el labio partido y moretones oscureciéndose en sus brazos.
Se miraron en silencio por un momento.
Entonces Ly metió la mano en su bolsillo y sacó un pedazo de pan aplastado. Los ojos de Yudy se iluminaron mientras extraía otro de su propia ropa, apenas del tamaño de su puño.
Se miraron de nuevo y estallaron en risas. Risas que dolían en las costillas golpeadas, risas que eran mitad alivio, mitad histeria.
—¡Lo logramos! —Yudy mordió su pedazo con dientes manchados de sangre—. Ly, esta semana sí vamos a comer.
Masticó con los ojos cerrados, como si fuera el manjar más exquisito del mundo.
—Ojalá pudiéramos comer así todos los días —murmuró, abrazando el pan contra su pecho—. Ojalá…
Ly limpió la sangre de su boca con el dorso de la mano y le revolvió el cabello a su hermana.
—No te preocupes, Yudy. Mamá y papá van a venir por nosotros. Ya lo verás.
Yudy asintió, aferrándose a esas palabras como si fueran tan reales como el pan entre sus manos.
Diez años después
El pueblo de Stormhold no había cambiado mucho. Las mismas calles empedradas, los mismos puestos de mercado, la misma pobreza disfrazada de cotidianidad. Ly se movía entre las sombras con la facilidad de quien lleva años perfeccionando el arte de no ser visto.
Sus dedos trabajaron con precisión quirúrgica. Una bolsa entera de pan desapareció del mostrador del panadero sin que este parpadeara siquiera. Ly ya estaba doblando la esquina cuando el hombre comenzó a reordenar sus mercancías, ajeno al robo.
Sonrió para sí mismo. Diecisiete años y era invisible cuando quería serlo.
La sonrisa se desvaneció cuando los vio.
Tres figuras encapuchadas avanzaban por la calle principal. Algo en su forma de moverse detenía el tráfico humano a su alrededor. No caminaban como la gente común de Stormhold; había autoridad en cada paso, una confianza que no pertenecía a este lugar olvidado.
Los susurros comenzaron como un murmullo de insectos.
—¿Los viste?
—Estarán armados…?
—¿Qué hacen aquí?
Un viento repentino agitó las capas de los extraños. Por un segundo, apenas un destello, Ly vio el símbolo: un rombo amarillo distorsionado, bordado en tela oscura.
El murmullo se convirtió en oleada.
—Ese símbolo…
—No puede ser.
—Son de Mainer.
—¿Qué querrán en Stormhold?
Ly apretó la bolsa de pan contra su pecho y se escabulló por el callejón que conocía de memoria. No era asunto suyo. Nada de lo que pasará en el pueblo era asunto suyo desde hacía mucho tiempo.
El bosque lo recibió con su silencio habitual. Los escombros seguían ahí, eternos, inamovibles. Ly se sentó sobre una piedra plana que servía como mesa y desenvolvió su botín. Comió en silencio, el pan sabía a aserrín, como siempre, pero llenaba el estómago. Eso era lo único que importaba.
Cuando terminó, apartó uno de los panes. Lo llevó afuera y lo colocó sobre un pequeño bulto de tierra que estaba junto a los escombros. El clip de mariposa rojo seguía ahí, oxidado por los años pero aún reconocible, clavado en la tierra como una lápida improvisada.
—Aquí está tu parte, Yudy —murmuró.
El chico se quedó varios minutos mirando el clip fijamente, en total silencio y con una mirada que parecía estar perdida.
El chico de repente sintió una sensación extraña por su cuerpo
Ly se tensó. Sentía una sensación rara, si, había alguien más en el bosque, no entendió por qué, nunca nadie iba a esa parte del bosque. Nadie.
Se camufló entre los escombros, mano en el mango de su daga, y se fundió con las sombras. Su respiración se volvió silenciosa, su cuerpo inmóvil.
Las tres figuras emergieron entre los árboles.
Ly sintió que el corazón se le subía a la garganta. Los de Mainer. Aquí. ¿Cómo…?
—Oiga, jefe —un encapuchado de cabello verde se rascó la nuca mientras miraba los escombros—. ¿Está seguro de que este es el lugar? Porque esto está más decrépito que las botas de mi abuela.