Punto ciego

Pala en mano

Kevin camino varias cuadras sin detenerse, como si moverse fuera mejor que pensar. El sol ya estaba mas alto y el ruido de la ciudad comenzaba a crecer: Camiones frenando, puestos levantando cortinas, gente hablando al mismo tiempo de todo y nada.

Se paró frente de una tienda de abarrotes con un letrero escrito a mano: Se solicita ayudante.

Empujó la puerta y una campanita sonó arriba.

Detrás del mostrador, un señor acomodaba cajas.

---Buenos días...----Saludo Kevin, rascándose la nuca--- Vi el letrero.

El hombre lo observó de forma rápida, de pies a cabeza.

---¿Tienes experiencia?

Kevin negó con la cabeza.

---Puedo aprender.

El señor chasqueó la lengua.

---Ahorita necesito a alguien que ya sepa moverse. Luego, si quieres, vuelves.

Kevin asintió y salió sin insistir.

Siguió caminando. En una refaccionaria le pidieron papeles. En una taquería le comentaron que ya estaban completos. En un taller mecanico, el dueño ni siquiera levanto la vista del motor cuando Kevin se asomó.

El calor empezaba a sentirse pesado. Se sentó en la sombra de un árbol y tomó agua de la botella que llevaba en su mochila. Pensó en regresarse, en decirle a su madre que no había salido nada hoy, en prometerle que mañana seria diferente.

Pero mañana siempre era lo mismo.

Se levantó y camino hasta una zona donde había varias construcciones nuevas. Desde la banqueta se escuchaba el golpe seco de los martillos y el ruido constante de una revolvedora.

Se quedo mirando unos segundos y cruzó.

Un hombre con casco daba instrucciones mientras otros cargaban cubetas. Kevin esperó a que terminara de hablar.

---Disculpe...---murmuró---. Ando buscando trabajo.

El hombre lo miró, serio.

---¿Sabes cargar?

Kevin asintió.

---¿No le temes al sol ni al polvo?

---No

---Entonces agarra una pala y ayúdales. Si te me duermes, te vas.

No hubo ni bienvenida ni promesas.

Kevin tomó una pala y se unió a los demás. Al principio no entendía bien el ritmo. Uno de los trabajadores le indicó con un gesto cómo mover la mezcla. Kevin imitó, torpe al inicio, mejorando poco a poco.

El sudor comenzó a correrle por la frente. El polvo se le pegaba en la piel. Los brazos le ardían.

Pero no paró.

---Está pesado el primer día ---comentó.

Kevin soltó una risa corta.

---Si... pero se aguanta.

---Mientras paguen, todo se aguanta.

Kevin no respondió, pero pensó en la receta sobre la mesa.

Volvieron al trabajo. El tiempo pasó lento, marcado solo por el sonido de las herramientas y el cansancio acumulandose en el cuerpoo. Kevin sintió una mezcla rara de alivio y orgullo.

---Mañana puedes volver ---indicó el hombre---. Si no faltas, te quedas.

Kevin asintió con la cabeza, demasiado cansado para hablar.

Salió de la obra con las manos sucias y la espalda adolorida, pero con algo que no había sentido en días: la sensación de haber hecho algo útil.

Camino de regreso más despacio, con los pies pesados.

Sabiá que no era mucho.

Pero por hoy, era algo.

Kevin llegó cuando la vecindad ya estaba entrando en su segundo turno de vida, ese en el que las luces amarillas remplazan el sol y las familias se acomodan al rededor de mesas pequeñas. El aire olía a frijoles recalentados, jabón barato y a humo de escape que todavía se colaba desde la calle. Desde algún patio se escuchaba una radio vieja, cantando una ranchera que nadie parecía estar escuchando de verdad.

Subió los escalones a paso lento, no por flojera mas bien por que las piernas ya no le respondían igual. Cada escalón era un recordatorio de que el cuerpo también cobra, aunque uno no quiera paga.

Su madre estaba doblando una camiseta que ya estaba doblada, concentrada en una tarea que no necesitaba repetirse, como si así pudiera mantener ocupada las manos y quietos los pensamientos.

---Pensé que hoy no ibas a llegar ---musito, sin reclamo, con ese tono que se usa cuando el miedo ya se cansó de gritar.

Kevin dejó la mochila contra la pared y respiró antes de hablar.

----Me quede mas rato... para que me vayan agarrando confianza.

Ella levanto la vista, observándolo como se mira a algo que se quiere cuidar, aun sabiendo que no se puede.

---¿Y quien te cuida a ti?--- preguntó despacio.

Kevin se sentó en la orilla de la cama y se quitó los tenis con torpeza. Cuando quedó descalzo, movió los dedos un segundo, como si comprobara que todavía estaban ahi.

---¿Ya cenaste?---respondió, esquivando la pregunta.

Ella negó con la cabeza y miro a la estufa. El sonido del encendedor rompió el silencio.

---No quiero que te estes matando por mi ---Susurro mientras revolvía la olla.

---No me estoy matando---Replico

---Si lo estas haciendo ---dijo con suavidad---. Nomas que todavía no te alcanza para negarlo

El se quedo mirando el suelo, buscando una respuesta que no sonara a excusa.

---Alguien tiene que hacerse cargo.

Ella dejó la cuchara y se volvió hacia el.

---Eso es lo que me asusta, Kevin... que creas que siempre te toca.

El cuarto se lleno de un silencio incomodo, pesado, interrumpido solo por el burbujeo de la olla.

---No me toca ---Respondió el, mas firme---. Yo lo decido.

Ella se acerco y se sentó enfrente de el.

---¿Y quien te pidió que decidieras tan pronto?

Kevin levanto la mirada.

---No es tan pronto si ya no hay tiempo.

Ella suspiró.

---A veces lo correcto tambien cansa ---murmuró ---. Y cuando uno se cansa demasiado... empieza a aceptar cosas que antes no aceptaría.

Kevin funció el ceño.

---Yo no voy a hacer nada malo.

---Eso dice la gente justo antes de necesitar algo con urgencia.

Kevin cerró los puños sobre sus rodillas.

---No me voy a vender ---respondió con firmeza---. Ni voy a pisar a nadie.



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Editado: 23.01.2026

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