El radio tronó justo cuando el semáforo cambió a verde.
-Unidad treinta y cuatro, reporte de altercado en Hidalgo y Reforma. Posible arma blanca.
Ramírez giró el volante y se metió entre los carros sin pensarlo dos veces. La sirena rebanó la tarde y los coches se abrieron a regañadientes.
-Ya vamos en camino -respondió con voz firme.
Torres se sostuvo del tablero.
-Ni chance de acabarnos el café, ¿verdad?
-Luego te invito otro -replicó Ramírez-, si no nos cae algo peor antes.
La colonia los recibió con su ruido de siempre: puestos bajando cortinas, niños correteando una pelota parchada, el olor a fritanga mezclado con polvo. Nada que pareciera urgente, pero Ramírez sabía que el desmadre no siempre avisa.
Un grupo de personas rodeaba a dos hombres que se empujaban junto a una tienda.
-¡Policía! -exclamó al bajar-. ¿Qué traen o qué?
-Este cabrón me quiere tumbar la feria -soltó uno, rojo de coraje.
-Me debe desde la semana pasada -reviró el otro-, y se hace pendejo.
Ramírez se metió entre los dos.
-Ey, bájenle. Nadie va a sacar nada aquí.
Torres se llevó a uno hacia la banqueta. Ramírez revisó al otro: bolsillos vacíos, manos temblando.
-¿Y el cuchillo? -preguntó.
-No hay, jefe, se calentaron los ánimos nomás.
Ramírez soltó el aire despacio.
-Pues ya estuvo. Cada quien por su lado antes de que esto sí se haga grande.
La gente empezó a dispersarse, decepcionada de que no hubiera pasado nada más emocionante.
De vuelta en la patrulla, Torres se dejó caer en el asiento.
-Pura bronca de cantina sin cantina.
Ramírez arrancó.
-Mejor que quede en eso.
Torres bajó la voz.
-Oye, ¿supiste lo de anoche por la salida al
norte?
Ramírez negó con la cabeza.
-Topón. Dos fiambres. Dicen que fue por broncas de territorio.
Ramírez apretó el volante.
-Ya lo tenemos encima, ¿no?
-Y eso que juran que está todo tranquilo -bufó Torres.
Ramírez miró por el retrovisor la colonia que se alejaba, las casas apretadas unas contra otras, como si se sostuvieran de puro milagro.
-Mientras nos toque, hacemos lo que se pueda.
Torres sonrió de lado.
-Siempre tan derecho, mi Ramírez.
-Alguien tiene que serlo -respondió.
El radio guardó silencio por un momento. Ramírez aprovechó para revisar el celular rápido, detenido en el semáforo. Tenía una foto nueva: su hija sosteniendo un dibujo torcido de una familia con un bebé más grande que los demás.
Pa' tu hermanito, decía el mensaje de su esposa.
Ramírez tragó saliva y sonrió apenas.
-¿Todo bien? -preguntó Torres.
-Sí -respondió-. Nomás... ya quiero llegar
a la casa hoy.
El semáforo cambió y la patrulla siguió su camino, con la sirena apagada, mezclándose otra vez con el tráfico como si fueran uno más.
Ramírez sabía que esa calma no duraba.
Nunca duraba.
Pero mientras tanto, se aferraba a la idea de que todavía había algo que proteger cuando se quitaba el uniforme.
Ramírez llegó cuando el pasillo ya estaba casi a oscuras y solo una lámpara parpadeaba al fondo, como si también estuviera pensando en rendirse.
Subió las escaleras con el cuerpo pesado, contando los escalones sin darse cuenta, aferrándose a esa rutina que le marcaba cuándo empezaba el otro turno.
Adentro, la televisión murmuraba caricaturas.
—¡Papá!
Su hija salió corriendo y se le colgó de la pierna antes de que pudiera dejar las llaves.
—Ey, ey —rió, agachándose para cargarla—. ¿Qué traes, campeona?
—Hice tarea solita —exclamó—. Y también dibujé.
Le enseñó una hoja doblada, llena de colores chuecos.
—Está bien bonito —murmuró—. Luego lo pegamos en el refri, ¿va?
Desde la cocina, su esposa apareció con una mano en la cintura y la otra sosteniendo una cuchara.
—No la vayas a malacostumbrar —advirtió—. Luego va a querer que la cargues hasta cuando tenga quince.
Ramírez sonrió.
—Que se aproveche ahorita, ¿no?
Se acercó a besarla con cuidado.
—¿Cómo vas?
—Cansada —respondió—. Y con la espalda hecha pedazos.
—Mañana te llevo al doctor si quieres.
—Mañana dices siempre.
Se sentaron a la mesa. El ventilador giraba lento, empujando aire caliente que no refrescaba nada.
—Hoy se escucharon balazos por el lado del canal —comentó ella, bajando la voz—. La vecina dice que ya ni se asoma después de las siete.
Ramírez apretó los labios.
—Son broncas que traen desde hace rato.
—Pues cada vez se oyen más cerca.
Ramírez no contestó. Miró a su hija, concentrada en colorear sin salirse de la línea, tan metida en su mundo que parecía inmune a todo lo demás.
—Por eso me urge que nos cambiemos de casa —continuó ella—. Antes de que nazca el niño.
—Lo sé —respondió—. Estoy viendo cómo le hacemos.
Ella lo miró con cansancio, pero sin reproche.
—Nomás… no te me vayas a hacer el valiente de más.
Ramírez bajó la mirada.
—No es de valientes, es de chambear.
Después de cenar, se quedó en el sillón con la niña dormida sobre el pecho. El cuarto estaba en silencio, interrumpido solo por el zumbido del ventilador y el ruido lejano de un motor pasando de largo.
Pensó en la calle, en la patrulla, en las historias que se acumulaban turno tras turno.
Pensó en lo fácil que era que todo se torciera de un momento a otro.
Acarició el cabello de su hija con cuidado, como si pudiera protegerla solo con ese gesto.
—Mañana va a ser tranquilo —murmuró, sin saber si lo decía para ella o para él.
Afuera, alguien cerró una puerta con fuerza.
Ramírez no se movió.
Pero el presentimiento ya no lo dejaba dormir igual.