Punto ciego

Desde arriba

Desde el piso dieciséis, la ciudad parecía un tablero perfectamente acomodado. Autos diminutos, avenidas rectas, edificios alineados.

Todo en su lugar, como si alguien se encargara de que nada se saliera del margen.

Héctor Salgado observó el reflejo de su silueta en el ventanal.

El traje oscuro seguía impecable pese al calor, la corbata apenas floja, lo justo para no verse descuidado.

No le gustaba dar la impresión de cansancio, mucho menos de duda.

El celular vibró sobre el escritorio.

Lo dejó sonar unos segundos antes de tomarlo.

—¿Entonces? —murmuró, sin rodeos.

Escuchó en silencio, con la mirada fija en la ciudad.

—No necesito explicaciones, necesito resultados —respondió con calma tensa—. Hoy. No después.

Colgó y dejó el teléfono boca abajo, como si así pudiera contener lo que acababa de escuchar.

Se sentó, abrió el cajón del escritorio y sacó un sobre grueso.

Lo contó rápido, con movimientos precisos, y lo guardó de nuevo.

Nadie tenía que saber que las cosas no estaban tan tranquilas como parecían desde afuera.

Dos golpes suaves en la puerta.

—¿Otra vez en llamada, pa?

Héctor alzó la vista.

En la puerta estaban sus hijas, una recargada en el marco, la otra revisando el celular sin levantar del todo la cabeza.

Uniformes caros, mochilas nuevas, audífonos colgando del cuello.

—Pasen —respondió, acomodándose en la silla.

—Mamá dijo que ya nos vamos a ir tarde otra vez —comentó la mayor, cruzándose de brazos—. Y tengo entrenamiento.

—Y yo quedé de verme con Sofi —agregó la otra, sin despegar los ojos de la pantalla.

—Cinco minutos —replicó Héctor—. Cinco.

—Siempre dices eso —musitó la mayor.

Él fingió no escuchar el comentario.

—¿Cómo les fue hoy?

—Normal —respondieron casi al mismo tiempo.

La menor soltó una risa corta.

—Bueno, no tan normal, porque se armó un drama en el salón, pero luego te cuento.

Héctor asintió, aunque no preguntó más. Había aprendido que ese tipo de historias tenían su propio horario y, casi siempre, no era el suyo.

Tomó el saco del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta.

—Vamos.

El elevador descendió en silencio, interrumpido solo por notificaciones que vibraban en los celulares de las dos.

Héctor miraba los números bajar, con esa sensación incómoda de que el día aún no terminaba de mostrarle todo lo que traía.
Afuera, el chofer ya los esperaba junto a la camioneta.

—Buenas tardes, ingeniero.

—Buenas —respondió Héctor, automático.
Las chicas subieron primero, aún discutiendo sobre algo que él no alcanzó a entender.

El tráfico avanzaba lento, como siempre. Claxon, motos colándose, gente vendiendo entre los carriles. Un caos que, visto desde el interior del vehículo, parecía parte del paisaje, como si no tuviera nada que ver con ellos.

—Pa —dijo de pronto la mayor—, ¿sí vamos a ir el fin de semana a lo de la tía?

—Eso dijiste —agregó la menor—, y ya le dijimos a todos.

—Sí, sí vamos —respondió Héctor—, si no pasa nada.

Las dos lo miraron al mismo tiempo.

—¿Cómo que “si no pasa nada”? —preguntó la mayor.

—Nada importante —aclaró—. Cosas del trabajo.

—Siempre es el trabajo —murmuró la menor.

Entraron al fraccionamiento, donde las calles eran más limpias y las casas más grandes, protegidas por bardas y cámaras que vigilaban cada movimiento.

El celular vibró otra vez en el bolsillo de Héctor.

Esta vez no esperó.

Leyó el mensaje en cuanto apareció la notificación.

Sus dedos se tensaron apenas, lo suficiente para que nadie más lo notara.

Guardó el teléfono y miró al frente, como si nada hubiera cambiado.
Pero algo, muy adentro, ya no estaba tan seguro como hacía unos minutos.

La camioneta se detuvo frente a la casa cuando el cielo ya empezaba a oscurecer. Las luces del jardín se encendieron solas, bañando las palmeras y el portón eléctrico que se abrió con un zumbido suave.

—No se les olvide lo de mañana —advirtió Héctor mientras sus hijas bajaban—. Y nada de llegar tarde.

—Tú eres el que siempre llega tarde —soltó la mayor, sin voltearlo a ver.

Él apretó la mandíbula, pero no respondió.

Entró a la casa y dejó el saco sobre una silla.

El aire olía a comida recalentada y a detergente, una mezcla que siempre le recordaba que, aunque casi no estuviera, la vida seguía ocurriendo ahí sin él.

—Pidieron otra vez por aplicación —comentó su esposa desde la cocina—. Dijeron que no tenían hambre.

—Claro —murmuró Héctor, más para sí mismo que para ella.

Se quedó un segundo observando el reflejo de ambos en la puerta del microondas: ella cansada, con el cabello recogido de cualquier forma; él todavía con el traje puesto, como si no perteneciera del todo a ese espacio.
Pensó, sin decirlo, en cuántas cenas se había perdido.

En cuántas cosas importantes había cambiado por juntas y llamadas.

—¿Cómo te fue? —preguntó ella al fin.

—Bien —respondió, automático.

Esa palabra ya no significaba nada.

Subió a la recámara y cerró la puerta. Sacó el celular. Releyó el mensaje: una dirección, una hora, nada más.

La colonia no le era desconocida. No era la suya, tampoco la de sus socios habituales.

Era… más abajo. Más cerca de zonas donde no le gustaba meterse sin chofer ni escolta.

Marcó un número guardado sin nombre.

—Necesito que revises algo —susurró—. Hoy… sí, por esa zona… No, no quiero que quede registro.

Escuchó la respuesta con el ceño fruncido.

—Que no se note —exigió—. No quiero problemas después.

Colgó y dejó el teléfono sobre la cama.

Se sentó con los codos apoyados en las rodillas, mirando el piso. Por un instante se permitió pensar en sus hijas, en la forma en que lo miraban cuando prometía llegar temprano y no cumplía, en cómo su trabajo siempre encontraba la manera de meterse en medio.



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Editado: 29.01.2026

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