(Kevin)
El ruido de la obra se escuchaba desde la esquina: golpes de martillo, el chillido de la revolvedora, voces que se cruzaban entre el polvo. Kevin llegó con la mochila colgada de un solo hombro y las manos todavía entumidas por el frío de la mañana.
Había aprendido rápido que ahí nadie preguntaba mucho. Si querías chamba, agarrabas una pala y ya.
—¿Tú eres el nuevo? —le lanzó un hombre desde arriba del andamio, sin dejar de trabajar.
Kevin asintió.
—Pues órale, ponte con el escombro —respondió el otro, señalando un montón de piedras y restos de cemento—. Y muévete, que aquí el tiempo también cuesta.
No era la primera vez que alguien le hablaba así. Dejó la mochila junto a una pared y empezó a llenar la carretilla, sintiendo cómo el polvo se le metía en la garganta y el sudor le bajaba por la espalda aunque el día apenas empezaba.
Cada viaje parecía igual al anterior. Empujar, vaciar, regresar. Empujar, vaciar, regresar.
Entre vuelta y vuelta, su cabeza no dejaba de irse a la misma imagen: su madre sentada en la orilla de la cama, revisando con cuidado las pastillas, como si fueran piezas frágiles que no podía darse el lujo de perder.
“Nomás es mientras me acomodo”, se había repetido esa mañana.
Eso mismo se había dicho la semana pasada.
—Eh, chavo.
Kevin volteó. Un tipo de gorra y bigote ralo lo miraba desde la sombra.
—Cuando acabes eso, vente conmigo a cargar varilla.
Kevin asintió otra vez.
No le gustaba, pero tampoco estaba ahí para que le gustara.
Al mediodía se sentó en la banqueta con una torta envuelta en papel. Le dio dos mordidas antes de sentir el teléfono vibrar en el bolsillo.
Era un mensaje de su madre:
¿Cómo vas? No te olvides de la insulina.
Kevin cerró los ojos un segundo antes de responder.
No, jefa. Al rato paso.
Guardó el celular y miró la obra, el polvo flotando en el aire, la gente moviéndose rápido, cada quien en lo suyo. Nadie parecía tener tiempo para detenerse a pensar si ese lugar era suficiente para algo más que sobrevivir.
—Oye —le habló el de la gorra, sentándose a su lado—,
¿cuántos años tienes?
—Dieciocho.
—Estás morro todavía —murmuró—. Pero chambeas bien. Eso aquí se nota.
Kevin no supo si tomarlo como halago o advertencia.
—Si quieres ganar un poquito más, luego te paso un contacto
—añadió el hombre, bajando la voz—. No es aquí, pero sale mejor.
Kevin lo miró, sin responder de inmediato.
—¿Qué tipo de chamba?
El tipo se encogió de hombros.
—Lo que salga.
Kevin volvió la vista al suelo.
Sabía que no todas las oportunidades venían limpias.
También sabía que las cuentas no esperaban.
—Luego vemos —respondió al final.
El hombre sonrió apenas, como si ya hubiera escuchado esa respuesta antes.
—Tú dime.
Kevin regresó a la obra con una sensación rara en el pecho, una mezcla de cansancio y algo más… algo que no sabía si era miedo o curiosidad.
Mientras cargaba otra vez la carretilla, pensó en lo fácil que era que un día se pareciera demasiado al siguiente.
Y en lo difícil que era salirse de ahí sin tomar atajos.
El día se fue estirando como si no tuviera prisa en terminar. El sol bajaba lento, pero el trabajo no aflojaba. Kevin sentía los brazos pesados, los dedos entumidos de tanto cargar, como si el cuerpo ya no le perteneciera del todo.
—Échale, que ya casi —le gritó alguien desde el fondo.
“Casi” era una palabra rara en la obra. Nunca significaba ahora.
Cuando por fin dieron salida, Kevin se lavó la cara con agua de una manguera y se miró en el reflejo borroso de una ventana. Tenía la camiseta manchada de cemento y el polvo pegado al cuello. Se veía más grande de lo que se sentía.
Caminó hasta la parada del camión con la mochila colgada y la cabeza llena de ruido.
En el trayecto pasó frente a una farmacia. Dudó un momento antes de entrar. Sabía exactamente qué iba a pedir, pero también sabía cuánto costaba.
—Buenas —saludó, acercándose al mostrador.
—Buenas tardes —respondió la chica, sin levantar mucho la vista.
Pidió las tiras para medir el azúcar y un frasco pequeño de alcohol. Cuando le dijeron el precio, tragó saliva.
—¿Y… no hay más barato? —preguntó, casi en automático.
—De esa marca no —contestó ella—. Lo siento.
Kevin sacó los billetes que traía en el bolsillo. Los contó dos veces antes de entregarlos.
Cuando salió, ya no le quedaba casi nada.
Subió al camión y se sentó junto a la ventana. Las calles pasaban una tras otra, tiendas, casas, puestos de comida. Gente que regresaba a su casa, gente que apenas iba saliendo a trabajar. Todo parecía moverse, menos él.
Pensó en el tipo de la gorra.
En el “sale mejor”.
Sacudió la cabeza, como si pudiera sacarse la idea a la fuerza.
Cuando llegó a la vecindad, el pasillo estaba más oscuro de lo normal. Un foco parpadeaba al fondo, lanzando sombras largas sobre las puertas.
—¿Kevin? —se escuchó la voz de su madre desde adentro—. ¿Eres tú?
—Sí, jefa —respondió, empujando la puerta.
Ella estaba sentada en la cama, con las piernas cubiertas por una cobija ligera y el glucómetro sobre la mesita.
—Pensé que ibas a llegar más tarde —musitó, aliviada.
—Salí temprano hoy.
Le entregó la bolsita de la farmacia.
—Te traje esto.
Ella la tomó con cuidado, como si fuera algo frágil.
—No tenías que…
—Sí tenía —respondió él, más firme de lo que pretendía.
Se hizo un silencio incómodo.
—¿Comiste? —preguntó ella al rato.
—Allá.
Mentía mal, pero ya se había acostumbrado.
Se sentó en la silla junto a la cama y la observó mientras se medía el azúcar. Sus manos temblaban un poco. Kevin apretó los puños, molesto consigo mismo por no poder hacer más.
—Jefa… —empezó, pero no supo cómo seguir.