Punto ciego

Una mañana

(Ramírez)

El turno de la mañana siempre era el más engañoso. Parecía tranquilo, como si la ciudad todavía estuviera despertando, pero Ramírez ya sabía que ahí era donde pasaban las cosas más raras. Las que nadie veía.

Ajustó el chaleco mientras bajaba de la patrulla y estiró el cuello de un lado a otro. El café que había tomado en la base apenas le quitó el sueño.

—¿Listo, jefe? —preguntó su compañero, bajando también.

—Siempre —respondió Ramírez, aunque no era del todo cierto.

Caminaron por la banqueta observando los locales todavía cerrados, los puestos que apenas se armaban, la gente esperando el camión con la cara larga. Nada fuera de lo normal. Y eso, muchas veces, era lo que más le preocupaba.

—Ayer hubo un reporte por aquí —comentó el compañero—.

Asalto, pero no hubo denuncia formal.

Ramírez frunció el ceño.

—¿Y entonces?

—Ya sabes… miedo, desconfianza, lo de siempre.

Ramírez asintió. Eso también lo conocía bien.

Siguieron caminando en silencio unos metros más, hasta que la radio tronó con una llamada.

—Unidad tres, cambio.

Ramírez tomó el radio.

—Aquí unidad tres, adelante.

—Reporte de disturbio en la colonia Las Palmas, posible riña entre particulares.

—Recibido.

Regresaron a la patrulla y arrancaron. El tráfico empezaba a ponerse pesado, como si la ciudad hubiera decidido moverse toda al mismo tiempo.

Mientras avanzaban, Ramírez pensó en la noche anterior. En la cara de su esposa, sentada en la orilla de la cama, frotándose la panza con movimientos lentos, como si ya pudiera sentir al bebé moverse.

“Todo va a estar bien”, le había dicho.

No sabía cuántas veces se lo había repetido a ella… y a sí mismo.

Llegaron al lugar en menos de diez minutos. Dos hombres gritándose frente a una tienda, uno con la camisa rota, el otro con sangre en la ceja.

—Buenas —intervino Ramírez, colocándose entre los dos—. ¿Qué está pasando aquí?

—¡Este cabrón me debe lana! —exclamó uno, señalando al otro.

—¡No es cierto! —respondió el segundo—. Me quiere tumbar, eso es lo que quiere.

Ramírez los miró con calma, pero firme.

—Van a bajarle los dos —ordenó—. Aquí no se va a arreglar nada a gritos.

Escuchó versiones, contradicciones, excusas. Nada nuevo. Al final, los separó, les tomó datos y les advirtió que si volvía a haber problemas, no se iba a quedar en palabras.
Cuando regresaron a la patrulla, el compañero soltó un suspiro largo.

—Siempre lo mismo.

—Sí —respondió Ramírez—. Pero siempre puede ponerse peor.

No era pesimista. Era realista.

El resto del turno pasó entre reportes menores, rondines, llamadas que no llevaban a nada. A veces se preguntaba si de verdad estaba haciendo una diferencia o si solo estaba poniendo curitas en una herida que no dejaba de sangrar.

Al salir, el cielo ya estaba pintado de naranja.

Ramírez manejó directo a casa. No tenía ganas de pasar por ningún lado, ni de quedarse platicando con nadie. Quería verla, saber que estaba bien, que el bebé seguía ahí, creciendo, esperando.

Cuando entró, el olor a sopa lo recibió desde la cocina.

—Ya llegaste —dijo su esposa, girándose con cuidado.

—Sí —respondió, acercándose a darle un beso en la frente—. ¿Cómo te sientes?

—Cansada… como siempre.

Se sentaron a la mesa. Ella le sirvió un plato sin preguntarle, como si ya supiera que lo necesitaba.

—Hoy volvió a hablar mi mamá —comentó ella—. Dice que si queremos, podemos quedarnos unos días con ellos cuando nazca el bebé.

Ramírez levantó la vista.

—¿Y tú qué piensas?

—Que no quiero estorbar —respondió—. Pero tampoco quiero estar sola cuando tú estés trabajando.

Él apretó los labios.

—Voy a pedir unos días —dijo—. Como sea.

Ella lo miró con una mezcla de alivio y preocupación.

—No quiero que tengas problemas en el trabajo por mí.

—No son por ti —corrigió—. Son por nosotros.

Después de cenar, Ramírez se quedó sentado en el sillón, con el celular en la mano, revisando nada en particular. Solo pasaba de una aplicación a otra sin leer.

Le vibró el teléfono.

Un mensaje del grupo de la corporación.

Andan movidos los de siempre por el sur. Ojo esta semana.

Ramírez tragó saliva.

Respondió con un simple: Recibido.

Apagó la pantalla y se quedó viendo el reflejo de la luz en la pared.

—¿Todo bien? —preguntó su esposa desde la recámara.

—Sí —respondió—. Nada importante.

Mentira piadosa número quién sabe cuál.

Se levantó y fue a acostarse, pero el sueño no llegó rápido. Tenía la sensación de que algo se estaba acomodando mal, como piezas que no embonaban, pero que igual iban a forzarse hasta cerrar.

Antes de quedarse dormido, pensó en el bebé.
En el mundo al que iba a llegar.
Y en lo poco que podía hacer para cambiarlo.



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Editado: 29.01.2026

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