Héctor se afeitó con paciencia, pasando la navaja despacio por la línea de la mandíbula, como si ese ritual fuera lo único que aún podía hacer sin prisas. Cada mañana repetía los mismos movimientos, frente al mismo espejo, con la misma luz blanca cayéndole directo en la cara. Le gustaba pensar que, mientras pudiera controlar ese reflejo, todavía tenía algo firme a lo que aferrarse.
El vapor de la regadera empañaba el baño. Pasó la mano por el espejo y se miró con más atención de la que admitiría. Las canas ya no eran pocas, las ojeras no se iban aunque durmiera ocho horas, y la mandíbula, antes tensa, ahora parecía cansada. No era viejo, pero tampoco joven. Estaba en ese punto donde ya no puedes culpar a la suerte de las decisiones que tomas.
Desde la cocina llegó la voz de su esposa.
—Se va a enfriar el desayuno.
—Ya voy —respondió, secándose la cara con la toalla.
En la mesa, sus hijas estaban sentadas una frente a la otra, cada una metida en su propio mundo, con los audífonos colgando del cuello y los celulares en la mano. La mayor mascaba chicle sin disimulo, la menor se reía sola por algo que veía en la pantalla.
—Buenos días, señoritas —saludó Héctor, intentando sonar alegre.
—Buen día, pa —respondieron casi al mismo tiempo, sin levantar mucho la vista.
Su esposa se movía entre la estufa y el fregadero con pasos lentos. El embarazo todavía no era muy notorio, pero él ya lo veía en la forma en que se tocaba la espalda, en cómo se detenía un segundo antes de sentarse.
—Siéntate, no andes parada —le pidió él.
—Todavía puedo moverme, no exageres —replicó ella, aunque terminó sentándose de todos modos.
Hablaron de cosas normales. Exámenes, tareas, una excursión que las niñas querían hacer el fin de semana.
Héctor asentía, hacía comentarios, prometía revisar fechas, aunque sabía que probablemente no estaría.
—¿Hoy sí regresas temprano? —preguntó su esposa, sin mirarlo directo.
Héctor cortó un pedazo de pan, masticó despacio.
—Tengo que cerrar unos pendientes. No sé a qué hora salga.
Ella no dijo nada. Solo apretó un poco los labios y bajó la mirada al plato.
Esa era la parte que más le pesaba: no las mentiras grandes, sino esas respuestas medias, esas que no eran del todo falsas, pero tampoco verdaderas.
Cuando salió de casa, el sol apenas comenzaba a calentar el pavimento. Subió al coche y se quedó un momento con las manos en el volante, respirando hondo, como si necesitara prepararse para ponerse otra cara.
El celular vibró antes de que encendiera el motor.
“Llegó completo. Mismo punto.”
No contestó. Guardó el teléfono y arrancó.
Su empresa tenía oficinas limpias, escritorios brillantes, empleados con gafete y horarios fijos. En el papel, todo era una cadena de distribución de productos químicos industriales. Nada que levantara sospechas. Nada que se saliera del sistema.
Pero el verdadero trabajo no pasaba por esos pasillos.
Tomó un desvío que no aparecía en su GPS y llegó a la bodega poco después de las diez. Desde afuera parecía un almacén más, con pintura desgastada y un portón metálico que rechinaba al subir.
Adentro, el aire estaba cargado de polvo y olor a aceite. Dos hombres descargaban cajas de una camioneta sin logotipos.
—¿Cuánto? —preguntó Héctor.
—Todo lo que dijeron —respondió uno de ellos—. No faltó nada.
Héctor caminó entre los pasillos, contando sin contar, revisando con los ojos. No tocaba la mercancía. Había aprendido que mientras menos contacto físico, más fácil era fingir que no existía.
Sabía perfectamente lo que había ahí.
Sabía también cuántas manos había pasado antes de llegar a su bodega, y cuántas más faltaban antes de que se transformara en dinero limpio.
—Esta noche sale la mitad —ordenó—. El resto mañana al amanecer.
—¿Seguro que no es muy pronto? —preguntó el encargado, bajando la voz.
Héctor lo miró con calma.
—Mientras más tiempo esté aquí, peor. Muévanlo.
El hombre asintió y se alejó.
Héctor se quedó solo, escuchando el zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba. Pensó, no por primera vez, que todo aquello había empezado con una llamada que no debía haber contestado.
Al principio fue transporte. Nada más. Luego almacenamiento temporal. Después, coordinar rutas. Cada paso parecía pequeño, justificable, casi inevitable.
Hasta que un día se dio cuenta de que ya no estaba ayudando a nadie: estaba sosteniendo una parte del negocio.
Y salir ya no era opción.
En la oficina, fingió una tarde normal. Reuniones, correos, llamadas con proveedores legales. Habló de precios, de contratos, de fechas de entrega.
A ratos, la sensación de irrealidad lo golpeaba: como si su vida estuviera partida en dos mitades que jamás debían tocarse.
Antes de salir, revisó otra vez el celular.
“Todo listo para la noche.”
No respondió.
El tráfico estaba pesado. Claxon, motocicletas metiéndose entre carriles, patrullas detenidas en esquinas que antes no vigilaban. Héctor miraba los retrovisores más de lo necesario, no porque esperara ver algo en específico, sino porque el miedo ya era parte de su rutina.
En casa, la luz del comedor estaba encendida. Sus hijas discutían por algo sin importancia. Su esposa estaba sentada en el sillón, con una mano sobre el vientre.
—Pensé que no ibas a llegar —comentó ella.
—Dije que regresaría tarde, no que no regresaría —respondió, intentando sonar ligero.
Se sentó con ellas un rato, escuchó las quejas de la escuela, los chismes, las historias pequeñas que parecían tan lejos de la bodega, de las rutas, de los mensajes cifrados.
—¿Todo bien en el trabajo? —preguntó su esposa cuando las niñas se fueron a sus cuartos.
Héctor la miró un segundo de más.
—Sí… pesado, pero bien.
Ella no insistió. Solo apoyó la cabeza en su hombro.