[Domingo – 05:30 A.M.]
Casa de Mickael
El pitido estridente de la alarma cortó el silencio de la madrugada.
Mickael, aún a oscuras y tendido en la cama, extendió la mano a tientas hacia la mesa de noche buscando el teléfono.
—¿Dónde quedó...? —murmuró con la voz rasposa.
Levantó levemente la cabeza y notó un resplandor azul en el suelo. Estiró el brazo hacia abajo, tomó el celular y apagó la alarma de un manotazo.
—Mi cabeza... —masculló.
Se levantó en la penumbra, tropezando con un par de botas y ropa tirada en el piso antes de encender la luz. En ese instante, el suave crujido de la puerta de entrada abriéndose al fondo del pasillo lo puso en alerta máxima.
El instinto militar se activó de golpe. Mickael se agachó rápido, metió la mano en el estante inferior de su armario y apartó un montón de ropa hasta empuñar su arma corta.
Abrió la puerta de su dormitorio sin hacer un solo ruido. La luz del comedor estaba encendida. Avanzó a paso lento, pegado a la pared, apuntando directo al frente. En la entrada, una figura vestida completamente de negro y con la capucha puesta acababa de cerrar la puerta, pasando el cerrojo.
—Si sabés lo que te conviene, no hacés ningún movimiento —dijo Mickael, pegándole el cañón del arma a la nuca.
La figura levantó las manos en el acto. Pero en una fracción de segundo, se giró con un movimiento rápido y preciso, desviando el brazo de Mickael con un golpe seco que hizo volar la pistola de sus manos.
Mickael retrocedió de un salto por el impacto y desenfundó un cuchillo táctico, adoptando postura de combate.
—¿Así me recibís después de la noche que pasamos? —dijo la figura, bajándose la capucha con una sonrisa burlona.
Debajo de la tela apareció la cabellera rubia y el rostro de Luna.
—¿Luna? ¿Qué hacés en mi casa...? —preguntó Mickael, bajando la punta de la hoja muy despacio.
—¿Tan borracho estabas que ni te acordás de lo que hicimos?
Ella caminó hacia la mesa, metió la mano en una bolsa de plástico y le arrojó una tira de pastillas.
—Para la resaca. Espero que no te moleste, pero me di una ducha —agregó, sacándose el abrigo pesado.
Mickael guardó el cuchillo y miró a su alrededor. En la cocina, la jarra eléctrica echaba vapor. Luna tomó un termo, sirvió el agua caliente y comenzó a preparar el mate con la soltura de quien conoce el lugar.
—¿Borraste cassette? —preguntó ella, clavándole la mirada mientras acomodaba la yerba—. Tenemos un rato antes de salir hacia la base. Date un baño, todavía queda agua caliente. Tomamos unos mates y nos vamos.
Mickael recogió su pistola del suelo, la examinó un segundo comprobando el seguro y la dejó sobre la mesa. Se pasó la mano por la cara, tratando de recordar la noche anterior.
—¿Dormimos juntos?
—Yo no diría dormir... pero sí pasamos la noche juntos —respondió Luna con una sonrisa picara, probando el primer sorbo del mate.
Mickael tomó el mate que Luna le alcanzaba, sintiendo cómo el calor le devolvía un poco la vida tras la resaca.
—En media hora pasa Juan y el coronel a buscarnos —dijo ella, mirando la hora en su reloj—. ¿Ya tenés el bolso preparado, Fantasma? Nos espera un viaje largo.
Él asintió en silencio, le dio un sorbo al mate y dejó la vista fija en la ventana, donde los primeros rayos de sol empezaban a asomar sobre la ciudad.
[Domingo – 23:45 P.M.]
Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles, Estados Unidos
El contraste térmico los golpeó de lleno apenas cruzaron la manga del avión. El frío de la noche norteamericana era seco y helado. El coronel Dostyn, junto a Juan, Luna y Mickael, caminaba a paso firme por el pasillo principal del aeropuerto con sus bolsos tácticos al hombro, siguiendo a un grupo de militares locales que los estaban esperando para guiarlos hacia la zona de migración y salida.
De pronto, un murmullo de pánico empezó a extenderse entre los pasajeros unos metros más adelante.
—¡Atrás! ¡Mantengan la distancia! —gritaba un agente de seguridad de la terminal en inglés, con la mano temblando sobre la funda de su arma.
En la zona de control de pasaportes, un hombre con traje elegante se tambaleaba violentamente contra los cristales. Tenía la cara pálida, sudor frío chorreándole por la frente y los ojos inyectados en sangre. Respiraba con dificultad, soltando una tos seca y rasposa que salpicaba gotas oscuras contra el piso brillante.
—¡Por favor… necesito… necesito salir! —suplicaba el hombre con la voz destruida, intentando avanzar hacia la puerta de salida mientras la gente a su alrededor retrocedía a los empujones.
El agente de seguridad local, visiblemente sobrepasado y asustado, sacó una pistola Taser y le apuntó. El pánico en el salón amenazaba con convertirse en una estampida.
—Ese tipo no está borracho —murmuró Juan con voz helada, deteniendo el paso.
—Está entrando en shock anafiláctico o tiene las vías aéreas colapsadas —analizó Luna al instante, evaluando la escena con ojo clínico.
Antes de que el guardia cometiera un error y disparara entre la multitud, Dostyn dio un paso al frente y le mostró su identificación militar internacional con autoridad.
—¡Tranquilo, oficial! Somos personal militar de delegación, mi personal se encarga —ordenó el coronel en un inglés fluido y firme que congeló al guardia.
Sin perder un segundo, los tres actuaron en perfecta sincronía. Juan avanzó por la izquierda, cortándole la trayectoria al enfermo antes de que se desplomara contra un grupo de familias, mientras Luna tomaba al sujeto por la espalda con un agarre controlado para llevarlo suavemente al suelo sin lastimarlo.
El hombre no ofrecía resistencia física; su cuerpo colapsaba. Convulsionó un par de veces en brazos de Luna mientras Mickael se arrodillaba a su lado, despejándole las vías respiratorias y acomodándole la cabeza de lado para evitar que se ahogara con su propia sangre.