Las puertas del elevador se abrieron en la primera planta. Mickael barrió con la mirada todo a su alrededor buscando a sus compañeros mientras caminaba en dirección al bar. Al entrar a la zona de comida, notó a Luna coqueteando con un soldado de aspecto británico con un uniforme impecable; intercambiaban palabras y algunas risas.
—¡Mickael! —se escuchó la voz elevada de Juan desde la mesa del mini-bar.
Al acercarse, Juan le mostró una lista escrita en un pedazo de papel de cocina.
—No tengo los nombres, pero estos son los 15 rivales que tenemos. Al parecer somos el relleno y quedamos últimos en la lista. Los dejé en orden según los favoritos a ganar.
Mickael ojeó la lista.
—Últimos junto a Colombia y Argentina... ¿Crees que tenemos chance de quedar entre los mejores?
—Ni de chiste, pero podríamos aliarnos los cuatro países latinos para tener un mejor resultado —respondió Juan, y tomó de un trago su whisky—. Yo me encargo de hablar con los brasileros, le diré a Luna que vaya con los colombianos y tú...
—Dalo por hecho —dijo Mickael, doblando la hoja para luego meterla en el bolsillo—. ¿Alguna idea de dónde están?
—No del todo, pero por la puerta lateral izquierda los vi pasar hace un rato hacia el estacionamiento —apuntó Juan con el dedo, dándole la indicación.
Al acercarse a la puerta de salida, Mickael escuchó voces hablando por lo bajo. Abrió la hoja lentamente y salió a la brisa nocturna sin hacer el menor ruido.
—Te digo que ese auto no baja del millón… Acá todo es carísimo —decía uno de los hombres.
Los tres estaban de espaldas a la puerta, admirando una fila de coches deportivos estacionados. Mickael avanzó en silencio hasta quedar parado justo detrás de ellos.
—¿Lindos coches? —habló, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
Los tres hombres se dieron la vuelta al instante, mirándolo con una mezcla de molestia y curiosidad por la forma en que se les había pegado sin emitir sonido.
—No se te escuchó llegar, novato —se adelantó uno de ellos unos pasos hacia Mickael, midiéndolo con la mirada—. Tené cuidado, podríamos lastimarte si esto fuera el campo de batalla.
—Si fuera el campo de batalla, ya sería demasiado tarde para darse la vuelta —respondió Mickael con calma. Sacó una caja de cigarrillos, se colocó uno entre los labios y los miró fijo—. ¿Tienen fuego?
El tipo que estaba al mando soltó una carcajada corta y negó con la cabeza.
—Tenés agallas, pibe. Me agradas —dijo sacando un encendedor de su bolsillo para pasárselo—. Soy Ezequiel, teniente primero y el líder a cargo de la delegación argentina. El bocón de recién se llama Matías, teniente segundo, y el más joven es Leo, alférez. ¿Y vos sos…?
—Mickael. Sargento Mickael, del Ejército Uruguayo —se presentó, dándole una pitada al cigarro.
Ezequiel sonrió de lado, cerró el encendedor con un chasquido y se lo guardó en el bolsillo.
—Bueno, yorugua, ¿qué te trae por acá a estas horas? ¿Perdiste el sueño o viniste a admirar los autitos de los gringos?
—Vine a proponer un negocio —dijo Mickael, yendo directo al grano—. Vi la lista de favoritos. Nosotros, ustedes, Colombia y Brasil estamos de relleno. Los europeos y los locales nos van a pasar por arriba si jugamos su mismo juego individual.
Matías, el bocón, soltó una risita.
—¿Y qué proponés, Rambo?
—Una alianza de inteligencia —respondió Mickael, con voz gélida—. No podemos ayudarnos a apretar el gatillo, pero podemos pasarnos la lectura del viento, la humedad y los puntos ciegos de la pista. Si los colombianos tiran primero, nos pasan la tabla balística a nosotros. Si ustedes van a la carrera de estrés físico, nos hacen de barrera contra los ingleses o canadienses en los tramos estrechos. Los cuatro países latinos trabajando como un solo escuadrón para meternos en el top.
Ezequiel se quedó callado unos segundos, analizando al uruguayo bajo la luz parpadeante del farol. Finalmente, asintió lento.
—Me gusta cómo pensás, pibe. Vení, vamos a buscar a los brazucas al bar y armamos el mapa.
[Lunes – 14:00 P.M.]Base Militar de Entrenamiento – Fase 1: Tiro a Larga DistanciaEl sol de la tarde caía a plomo sobre el polígono abierto. La primera fase era terreno de Juan. El objetivo: blancos a 1.200 metros con viento cruzado.
Gracias a la alianza pactada en la madrugada, el equipo brasilero, que había tirado en la primera tanda, les pasó disimuladamente las correcciones del viento antes de que Juan se acostara en la lona. El uruguayo calibró su mira telescópica en tiempo récord y metió cuatro de cinco impactos directos. Fue una demostración de precisión impecable.
Sin embargo, la tecnología de las potencias era abrumadora. Las computadoras balísticas de los estadounidenses y británicos calculaban la humedad en microsegundos. Al cerrar la jornada, Juan quedó relegado al octavo puesto. El único latinoamericano que logró colarse en el Top 5 fue el tirador estrella de Brasil.
—Hiciste lo que pudiste, hermano. Esas miras valen más que nuestro cuartel entero —lo consoló Luna, pasándole una botella de agua mientras miraban la tabla de posiciones en la pantalla gigante.
[Lunes – 20:30 P.M.] Comedor MilitarMickael y Juan están comiendo en una de las mesas de acero.
—Espero que Luna quede en mejor posición en la tabla —habló Juan, revolviendo la comida.
—Estás dentro del Top 10, ya valió todo el esfuerzo.
A lo lejos se escuchan unas voces altas y varios se giran a mirar. Dos equipos están discutiendo, pero Mickael siente esa rara sensación en la nuca y mira a su alrededor, notando que la chica asiática lo observa sentada en un rincón, usando lentes oscuros.
—Iré a fumar.
—Ve a la terraza, yo voy después —dijo Juan, tomando las bandejas.
Mickael apoyó los codos en la barandilla de la terraza, soltando el humo del cigarro hacia la noche fría. El sonido de la puerta corredera de vidrio lo hizo girar la cabeza.