Fue entonces cuando una alarma técnica cortó la música del predio y los altoparlantes retumbaron con una voz oficial:
—Atención a todos los competidores. Se ha recuperado una placa de cerámica de dos kilos y medio en la pasarela de embarque, a metros de la línea de salida. A uno de los tiradores se le desprendió la solapa del chaleco antes de ingresar a la pista.
Un murmullo recorrió a la delegación británica mientras el juez levantaba la pieza de blindaje, aún con marcas de pisadas en los bordes.
—Procederemos al pesaje individual de los quince participantes para identificar al propietario.
La fila se movió rápido. Uno a uno, los chalecos fueron desabrochados y colocados en la balanza digital. Pasaron los franceses, los canadienses, Mickael, los nórdicos… todos con el peso exacto.
Hasta que le tocó al británico.
El juez colocó el chaleco en la balanza y el aparato emitió tres pitidos secos en rojo.
—Dos kilos con quinientos gramos por debajo del límite —sentenció el oficial, levantando la funda trasera vacía para que todos la vieran.
El británico palideció por completo. La euforia de su festejo se desmoronó en un segundo.
—¡Se me tuvo que haber salido en la carrera! —protestó, mirando la placa de barro sobre la mesa—. ¡La solapa de velcro seguro cedió!
—El reglamento reconoce la falla de equipamiento por accidente en pista —respondió el juez con voz firme, mientras un asistente le encajaba la placa pesada de vuelta al chaleco frente a los ojos de todos—. Tenés quince minutos reglamentarios de receso para rehidratación. Al finalizar el tiempo, volverás a la línea de salida para repetir la prueba con el equipo completo. Si te negás o no completás el recorrido, tu registro se anula y tu delegación queda fuera de la tabla.
Quince minutos.
No era un descanso, era una trampa. En quince minutos el cuerpo no se recupera de 180 pulsaciones por minuto; al contrario, los músculos se enfrían y se ponen rígidos.
El británico miró el reloj digital que comenzaba su cuenta regresiva en pantalla gigante, sabiendo que tenía que volver a correr la pista más brutal del torneo, esta vez con dos kilos y medio extra en la espalda y los cuadriceps ardiendo como fuego.
Los quince minutos se esfumaron. El británico se paró en la línea de salida con un sudor frío perlándole la frente y la respiración aún entrecortada. La chicharra sonó, áspera y definitiva, marcando el inicio de su suplicio.
A diferencia de su primera carrera, esta vez no corría solo contra el reloj; tenía a decenas de espectadores de todas las delegaciones observándolo desde los márgenes de la pista. Los gritos de aliento de su equipo retumbaban en el aire, intentando empujarlo hacia adelante, pero la voluntad no podía ganarle a la biología. Cada paso con esos dos kilos y medio extra parecía hundirlo más en el barro de la pista.
Llegó a la zona de disparo derrapando, boqueando en busca de aire. El pulso, antes firme, ahora le temblaba incontrolablemente. El resultado fue inevitable: falló dos de los cinco tiros.
El cronómetro se detuvo treinta segundos más tarde que su marca original. Las pantallas parpadearon, confirmando la sentencia: el británico caía al octavo puesto.
Completamente frustrado, el soldado se arrancó el chaleco por la cabeza y lo estrelló contra el suelo de tierra. Sin mirar a nadie, ni siquiera a sus compañeros, dio media vuelta y caminó a paso furioso hacia los barracones.
En la zona de embarque, Juan y Luna se acercaron a Mickael con sonrisas de oreja a oreja.
—¡Adentro, hermano! ¡Estamos en la final! —festejó Juan, dándole una palmada en la espalda.
Pero Mickael no sonrió. Mantuvo la mirada fija en el chaleco tirado a lo lejos. Era una victoria amarga. Sentía una punzada de incomodidad, la certeza táctica de que algo no encajaba en todo ese “accidente”, aunque prefirió guardarse las sospechas.
Antes de que pudiera responderle a Juan, una sombra se interpuso en el grupo.
Misaki se detuvo frente a él. Con una frialdad calculada, levantó la mano y se la apoyó levemente en el hombro.
—Felicidades por quedar entre los cinco mejores —dijo, con esa voz neutra que no admitía réplicas—. Veremos cómo te las arreglas mañana.
Sin agregar una palabra más, retiró la mano y retomó su camino hacia el pabellón de su delegación.
Luna la siguió con la mirada, cruzándose de brazos y torciendo el gesto.
—¿Y a esta qué le pasa? ¿Quién se cree que es esa prodigiosa?
[Martes – 09:00 P.M.] Barracones de la Delegación Sudamericana
El olor a aceite de armas y metal impregnaba la habitación. Sentado en el borde de su cucheta, Mickael desarmaba el cerrojo de su fusil con movimientos mecánicos, limpiando cada pieza con un paño oscuro. La victoria de la tarde aún le dejaba un sabor amargo en la boca.
La puerta del barracón se abrió y Luna entró en silencio. Se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco metálico de la cama contigua, observándolo trabajar.
—¿Vas a sacarle el pavonado al metal de tanto frotar? —preguntó ella, intentando romper el hielo.
Mickael no levantó la vista. Ensambló el percutor antes de hablar, con la voz baja y cargada de tensión.
—Fuiste la última en salir de la carpa con el británico hoy. ¿Tuviste algo que ver con lo de la placa de su chaleco?
La sonrisa de Luna desapareció de golpe. Se enderezó, visiblemente indignada por la suposición directa, cruzando miradas con él.
—¿Me estás acusando de sabotaje, Mickael?
—No quiero regalos, Luna —la cortó él, levantando por fin la vista—. Mañana tiro contra los mejores del mundo. Si voy a ganar, quiero que sea limpio.
Luna apretó la mandíbula. Dio un paso hacia él, bajando el tono de voz para que no resonara en el pasillo, pero endureciendo el gesto.
—Hice lo que era necesario hacer para que estuvieras en esa línea de tiro —sentenció, con una frialdad que dejó el aire pesado—. El resto depende de vos.