—Blanco abatido... —suspiró Juan, riendo por lo bajo por la pura tensión—. Volviste al segundo puesto, ojo loco.
Instructor
—Felicidades caballero por ese segundo lugar; llegó la hora de volver a la base.
Tomó el handy.
—Trineo de Santa, aquí Krampus, listo para volver a base. Repito: Krampus, listo para volver a base.
Radio con interferencia:
—Recibido Krampus, Trineo de Santa va a su ubicación.
[Miércoles 13:30]
Ceremonia de Clausura – Base Principal
El sol del mediodía intentaba, sin mucho éxito, derretir la nieve que los helicópteros habían traído en los patines. En el patio principal, frente a todas las delegaciones y las cámaras de transmisión, los cinco mejores tiradores del mundo estaban en fila.
Varios generales y coroneles tenían armas bañadas en oro, plata y bronce, entregándolas a los tres mejores de cada sección.
Misaki tomó el fusil francotirador bañado en oro, pero se lo entregó a uno de los miembros de su equipo para luego tomar el micrófono y caminar hacia el público.
—Hola a todos, mi nombre es Misaki Tanaka, líder del grupo de francotiradores de nuestro país, Estados Unidos.
Un murmullo recorrió a las delegaciones europeas. Mickael, firme en su segundo puesto, la miró de reojo.
—Como tal, debo decirles que este torneo no fue solo una competencia. Fue una evaluación de campo. El Pentágono no busca solo ganadores, busca aliados con la capacidad táctica para operar junto a nuestra nueva división tecnológica —continuó ella, mirando directamente a los cuatro tiradores a su lado—.
Ella bajó del estrado y tomó el fusil, dándoselo a Mickael.
—Por esa razón, mis compañeros y yo nos retiramos del torneo, cediendo el lugar a los otros participantes.
Misaki dio un paso atrás, dejando a todos los presentes en un silencio sepulcral.
Misaki volvió su mirada al público:
—El alto mando estadounidense abre sus puertas para un mes de entrenamiento conjunto y confidencial en esta base para el Top 5. La invitación está sobre la mesa. La pregunta es: ¿están dispuestos a quedarse? —Hizo una pausa y encendió la pantalla a sus espaldas, revelando la tabla de posiciones definitiva—. Uruguay, Canadá, Reino Unido, Francia y Brasil. Felicidades, están dentro. Sus tiempos de carrera y precisión de objetivos están detallados en sus informes personales.
Antes de que los murmullos de asombro se apagaran por completo, el francotirador brasileño dio un paso al frente y se cuadró, rompiendo la formación.
—Con el debido respeto, comandante —dijo el brasileño con voz firme y un marcado acento—. Brasil agradece el inmenso honor, pero mi escuadrón tiene un despliegue clasificado obligatorio en el Amazonas en menos de cuarenta y ocho horas. Por órdenes superiores, me veo obligado a declinar la invitación.
El brasileño hizo una pausa y giró la cabeza hacia la fila de los tiradores que habían quedado fuera del podio.
—Sin embargo… el sexto lugar en los tiempos de la competencia lo ocupó el representante de Argentina. Ya que me retiro, me gustaría solicitar formalmente que mi lugar sea cedido a ellos. Que el cupo se quede en Sudamérica.
Misaki no mostró sorpresa. Cruzó una mirada rápida con el General de mayor rango en el estrado, quien asintió con un leve movimiento de cabeza. Ella tocó un par de comandos en su tableta y la pantalla gigante parpadeó. La bandera de Brasil desapareció de la lista, siendo reemplazada por la albiceleste.
—Petición aceptada —sentenció Misaki por el micrófono—. Argentina asciende al Top 5. Oficialmente, la lista está cerrada.
—¡Oh, por favor, qué momento tan hermoso! ¡Alguien que me alcance un pañuelo que voy a llorar!
La voz sarcástica y exageradamente dramática resonó desde el extremo izquierdo de la fila de los finalistas. El francotirador canadiense, un tipo alto que masticaba chicle de forma ruidosa, se llevó una mano al pecho fingiendo estar conmovido hasta las lágrimas.
—En serio, qué hermandad tan preciosa. Esto es de película —continuó el canadiense, sonriendo de lado mientras miraba a los sudamericanos—. Soy Nate, por cierto. Un placer. Oigan, ya que estamos cambiando las reglas y rompiendo el hielo, ¿alguien sabe si en este campamento secreto nos van a dar trajes robóticos, armas láser o algo así? Porque vine por los juguetes grandes y peligrosos, no les voy a mentir. Este frío extremo ya me encogió las… esperanzas.
Mickael lo miró de reojo, levantando una ceja. El canadiense acababa de abatir blancos a más de mil metros en medio de una tormenta de nieve con una precisión letal, pero hablaba y se movía con la soltura de un comediante en un bar de mala muerte. Misaki, por su parte, ni siquiera parpadeó ante la interrupción, manteniendo su expresión de hielo.
De entre la multitud se escuchó una voz.
—Así será, no se preocupe, estaremos en contacto. —El coronel Dustin estaba al teléfono, fumando un habano mientras avanzaba hacia su escuadrón.
—¡Atención, firmes! —dijo Juan.
Mickael y Luna se pusieron firmes en sus lugares, mirando en dirección al coronel.
—Descansen, equipo —habló Dustin, guardando el teléfono en su bolsillo para luego estrechar las manos de los tres. Luego de hacer el saludo, los cuatro se apartaron hacia una zona alejada del resto—. Han tenido un desempeño asombroso y serán merecidamente recompensados cuando lleguen a Uruguay.
Luna, Juan y Mickael sonrieron, casi saltando de alegría.
—Por lo que sé, tienen la oportunidad de mejorar su potencial por un mes aquí. Yo ya me encargué del papeleo en Uruguay; pueden quedarse el tiempo necesario, pero solo si ustedes así lo desean.
Dejó caer la ceniza de su habano. Luna y Juan se miraron, conversando entusiasmados sobre el tema, mientras Mickael observaba cómo los otros países clasificados realizaban sus respectivas llamadas. El resto de los competidores y la tribuna se dirigían hacia el comedor común.