—Tenemos treinta minutos antes de que el segundo transporte llegue con el resto de los equipos —dijo Misaki, mirando a Mickael y luego al horizonte blanco donde la base permanecía oculta—. Estamos a un kilómetro de las instalaciones; la tormenta nos alejó del punto de aterrizaje y necesitamos avisarles o buscar ayuda.
Mickael levantó a Juan, pasando el brazo de su amigo por encima de sus propios hombros para ayudarlo a sostenerse.
—¡Maldición, mi rodilla! —se quejó Juan, haciendo una mueca de dolor al intentar apoyar el pie.
—Tenemos un herido aquí, Misaki. Necesitamos ayuda —avisó Mickael, sujetándolo con fuerza.
Ella dejó salir un suspiro, evaluando la situación rápidamente sin perder la calma.
—Nate, ayuda a esos dos. No podemos dejarlos atrás o la nieve se los comerá vivos —ordenó la japonesa.
Nate se acercó de inmediato, colocándose el otro brazo de Juan sobre los hombros para equilibrar el peso y empezar a avanzar.
—El resto, sigamos adelante en dos filas para ir rompiendo la nieve y despejar un camino —continuó Misaki—. Mientras antes lleguemos, más rápido podremos desplegar ayuda para el segundo grupo.
Misaki llevó la mano a su radio táctica para transmitir sus coordenadas, pero al activarla notó que solo emitía una estática pesada y constante. Frunció el ceño, la devolvió a su lugar y empezó a caminar, liderando la marcha a través del viento blanco.
—Qué mala suerte tuve con esa piedra... —murmuró Juan, avanzando a trompicones entre sus dos compañeros.
—¿Tú? Mejor dicho, yo tuve mala suerte por tener que ayudarlos —replicó Nate, masticando su chicle sin perder el ritmo—. En serio, si termino muriendo congelado en medio de la nada por hacer de camilla humana, espero no quedar con una cara ridícula. ¡Más les vale cuidar mi perfil bueno para el ataúd!
La tormenta empeoró drásticamente en cuestión de minutos. El viento aullaba con tanta furia que la visibilidad se redujo a menos de cinco metros; todo a su alrededor era un muro impenetrable de nieve y niebla que desorientaba los sentidos. —Te imaginas que nos ataquen ahora que estamos sin armas? —comentó Nate qué Avanzaban a paso lento, casi a ciegas, cuando un rugido profundo y gutural hizo vibrar el hielo bajo sus botas.
Antes de que alguien pudiera dar la voz de alarma, dos enormes siluetas irrumpieron de entre la tormenta. Eran osos pardos de un tamaño descomunal, enfurecidos, hambrientos o quizás simplemente territoriales.
El caos estalló en un segundo. El primer animal embistió contra la mitad de la fila, aplastando y lanzando por los aires a dos de los tiradores europeos con un impacto brutal. El segundo oso, moviéndose con una agilidad aterradora para su tamaño, flanqueó al grupo y se alzó sobre sus patas traseras, abalanzándose directamente sobre la espalda de Misaki.
Mickael fue el único que lo vio a tiempo.
Sin pensarlo, su instinto se apoderó de él. Soltó a Juan —quien cayó pesadamente en la nieve con un quejido— y se lanzó con todo su peso contra la comandante estadounidense. El empujón la sacó de la trayectoria mortal, pero las garras del animal encontraron a Mickael. Sintió el impacto como si cuatro cuchillas de hierro al rojo vivo le rasgaran la espalda, atravesando las gruesas capas del abrigo térmico con facilidad. Un grito ahogado escapó de sus labios al caer de bruces sobre la nieve.
El oso rugió de nuevo, preparándose para rematarlo, pero el sonido del viento fue eclipsado repentinamente por un zumbido ensordecedor.
Desde el cielo, cortando la tormenta, apareció una imponente nave negra de cuatro rotores. Parecía un dron militar, pero con el tamaño de un helicóptero de carga. Apenas se acercó al suelo, dos pesadas figuras metálicas saltaron desde los laterales, aterrizando frente al grupo con un estruendo que hizo temblar la tierra. Eran dos soldados enfundados en exoesqueletos de combate masivos.
Sin dudarlo, alzaron sus armas y dispararon ráfagas no letales: pulsos sónicos ensordecedores y dardos eléctricos de alto voltaje. Los osos, aturdidos por el impacto y el ruido tecnológico, retrocedieron despavoridos perdiéndose rápidamente en la blancura absoluta.
El dron cuadrirrotor no aterrizó. En su lugar, se posicionó a pocos metros de altura y se colocó al frente del grupo. De su chasis inferior se desplegó una enorme turbina que comenzó a expulsar potentes ráfagas de aire caliente a presión. Como por arte de magia, la maquinaria fue derritiendo la nieve profunda y despejando la tormenta a su paso, creando un pasillo térmico y seguro que apuntaba directamente hacia las coordenadas de la base secreta.
Misaki se incorporó rápidamente, sacudiéndose el hielo de la ropa, y corrió hacia Mickael. El uruguayo estaba de rodillas, respirando con dificultad mientras la sangre comenzaba a teñir de rojo oscuro la tela desgarrada de su espalda.
El grupo había quedado maltrecho. Eran cuatro heridos en total: Juan, inmovilizado por el dolor en su pierna; los dos tiradores heridos por la primera embestida, y Mickael.
—Estás sangrando —dijo Misaki, arrodillándose a su lado. Su tono clínico y distante había desaparecido, reemplazado por una expresión de pura incredulidad al ver la herida—. ¿Por qué diablos hiciste eso?
—Eres la única que conoce el camino a la base —respondió, con la respiración entrecortada—. No podíamos darnos el lujo de perder a nuestra guía en medio de este infierno blanco.
Misaki lo miró fijamente por un segundo, asimilando que él intentaba disfrazar un acto de sacrificio con pura lógica táctica. Sin decir una palabra más, pasó el brazo de Mickael por encima de sus propios hombros y, con una fuerza sorprendente, lo ayudó a ponerse de pie.
—Apóyate en mí. Ya casi llegamos —ordenó ella.
Uno de los soldados se posiciono delante del grupo de ocho personas, escoltándolos Mientras el otro tomo a los heridos y los cargó en sus hombros.