Punto Ciego

Capítulo 7

​[Día 1-Jueves 11:30 ] — Unidad Médica

Nate entró caminando con las manos en los bolsillos de un buzo térmico gris que le quedaba un poco grande. Masticaba su infaltable chicle. Se detuvo a un par de pasos del umbral, bloqueando parcialmente la entrada de la habitación.

​—¡Miren nada más! El héroe trágico y el lisiado —anunció Nate con una sonrisa confiada—. Tienen una suerte increíble. Las literas que nos dieron en los dormitorios parecen tablas de planchar, mientras que ustedes están aquí en camas VIP con calefacción. De haberlo sabido, yo mismo me le tiraba encima al oso para salvar a la comandante pirata.

​Nate soltó una carcajada y se acomodó la postura.

​—Digo, la «comandante pirata» por lo del ojo blanco, ¿saben? Si le pusieran un parche y un loro en el hombro le quedaría perfecto el pers...

​Nate se interrumpió al notar que la habitación se había quedado en un silencio absoluto. Juan borró la sonrisa de su rostro y se frotó el cuello, mirando fijamente la pared. Luna se cruzó de brazos, clavando la vista en la punta de sus botas. Mickael simplemente se le quedó viendo con lástima.

​—¿Qué pasa? ¿Por qué tan serios? —preguntó Nate, arqueando una ceja—. ¿El oso les comió la lengua o qué?

​—Si tu intención es ser el loro de esta «comandante pirata», soldado, más te vale aprender a repetir únicamente las órdenes que te doy.

​La voz helada y autoritaria resonó a espaldas del canadiense. Justo detrás de él, la figura de Misaki permanecía firme en el umbral. Ya no vestía el pesado traje térmico de nieve, sino un uniforme táctico negro, ajustado y sobrio. Traía una pequeña caja metálica en las manos.

​Misaki avanzó sin alterar su ritmo. Al pasar por el lado de Nate, lo pechó directamente con el hombro —un impacto seco y firme— obligando al tirador a dar un paso torpe hacia un lado para no caerse.

​Nate parpadeó, congelándose en su sitio con la boca abierta mientras veía a la japonesa pasar de largo.

​Misaki se detuvo junto a las camas. Abrió la caja y sacó varios relojes inteligentes de diseño militar, de aspecto robusto y pantalla oscura. Le arrojó uno a Juan, quien lo atrapó al vuelo, y le entregó otro en la mano a Luna. Luego, sacó un tercero de la caja y tomó la muñeca de Mickael para abrochárselo ella misma.

​—A partir de ahora, esto no sale de sus muñecas —explicó la comandante con su habitual tono clínico—. Es un dispositivo de monitoreo biométrico y táctico. Funciona con un código visual simple.

​Misaki tocó la pantalla del reloj de Mickael y el dispositivo cobró vida. El borde se iluminó con un brillante aro de luz naranja.

​—Azul significa que sus signos vitales están estables y normales —continuó Misaki, señalando a los demás—. Si baja a Verde, el sistema detecta fatiga severa o deshidratación. Si marca Naranja, como en los casos de Mickael y Juan, indica un traumatismo o lesión que requiere atención. Y si el aro se ilumina en Rojo, significa que tienen una herida crítica y necesitan asistencia médica inmediata.

​Misaki soltó la muñeca de Mickael, caminó hacia una de las paredes y presionó un panel metálico. Una compuerta se deslizó, revelando un botiquín de emergencia.

​—Hay un compartimento como este en cada habitación y cada cien metros en los pasillos principales —explicó, sacando dos jeringas y un paquete de parches—. Si su reloj marca naranja por agotamiento, usan la jeringa con líquido naranja: adrenalina militar. Pero si están en rojo, usan esto.

​Levantó una jeringa con un fluido rojo brillante y un parche cuadrado.

​—Se colocan el parche sobre la herida y se inyectan el suero a un lado. Es un acelerador de regeneración celular; forzará a los tejidos a cerrarse. Sin embargo, escuchen bien: esto es solo una medida extrema de supervivencia. Tiene un costo metabólico altísimo.

​Misaki guardó los suministros con un movimiento seco, mirándolos con seriedad.

​—Su uso está estrictamente limitado a una dosis cada doce horas. Si abusan de este compuesto, la sobrecarga celular colapsará sus órganos y les provocará un paro cardíaco masivo. Los mantendrá con vida en el campo de batalla, pero siempre requerirán revisión médica posterior.

​Cerró el botiquín y volvió a acercarse a la cama de Mickael, mirando el aro naranja que brillaba en su muñeca, para luego girar a ver la pierna inmovilizada de Juan.

​—Sus relojes marcan naranja ahora, pero no es crítico. Con los selladores de tejido y la espuma coagulante que les aplicamos al llegar, sus heridas sanarán rápido. No van a estar postrados una semana. En veinticuatro horas estarán operativos al cien por ciento para comenzar el entrenamiento.

​Misaki levantó por fin la mirada para clavar sus oscuros ojos en el uruguayo. Había una leve suavidad en su expresión que Mickael no había visto antes.

​—Vine a verte de madrugada —dijo, bajando un poco la voz.

​Mickael contuvo la respiración por un segundo. «Era ella», pensó.

​—Te vi abrir los ojos y decir algo —continuó Misaki—, pero la anestesia te volvió a noquear. Quería comprobar que el sedante no te hubiera causado una reacción alérgica... y, supongo, darte las gracias. Lo que hiciste allá afuera fue estúpido e imprudente, Sargento. Pero me salvó la vida.

​—Tienen el resto del día para descansar y dejar que los selladores celulares hagan su trabajo —concluyó Misaki, dando media vuelta hacia la salida—. Mañana a primera hora los quiero en el área de pruebas. No lleguen tarde.

​[Jueves 18:30] — Gimnasio de la Base Secreta

​El impacto sordo y seco de los puños contra el saco de boxeo pesado resonaba en el gimnasio desierto. Luna vestía una camiseta táctica ajustada y pantalones militares, con el cabello sudado pegado al cuello. Lanzaba combinaciones de codos, rodillas y patadas giratorias con una velocidad y precisión sobrehumanas, descargando la frustración del aislamiento. Cada golpe hacía crujir las cadenas del saco.




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