Punto Ciego

Capítulo 8

Mickael, al ver tanto movimiento en el pasillo, se sintió abrumado, notando cómo todo a su alrededor parecía alejarse lentamente. De pronto, en la rejilla de ventilación, volvió a escuchar esos gruñidos profundos, lo que hizo que volteara rápidamente en esa dirección.

​—¿Estás bien? —habló Juan, tocando el hombro de Mickael para que volviera en sí.

​—Sí... solo me pareció oír algo en la ventilación. ¿Acaso tú no lo has oído? —preguntó Mickael, sin apartar la mirada de la rejilla.

​Juan miró hacia el ducto, se acercó un poco y luego volteó a ver a su compañero.

​—Creo que aún te dura el efecto de la anestesia. Solo es el viento.

​Mickael parpadeó un par de veces y, al acercarse, notó que de la ventilación ya solo provenía el silbido constante del aire helado de la montaña.

​—Creo que estoy cansado, solo es eso —dijo, pasándose las manos por la cara varias veces para despejarse.

​Juan levantó su brazo, iluminando la pantalla de su reloj.

​—Qué raro, dice que estamos en el nivel menos dos. —Tocó el cristal táctil varias veces, deslizando el mapa virtual—. Los cuartos están en el nivel menos tres y el comedor en el nivel menos uno.

​Mickael también revisó su dispositivo.

​—Qué extraño, solo tenemos acceso a los tres niveles y a los de la superficie, aunque en el mapa se ve claramente que hay más pisos debajo de nosotros.

​—Haremos esto: ve a las habitaciones a ver qué encuentras, y yo daré una vuelta para revisar todo este piso. Nos encontramos en una hora en el comedor —propuso Juan, alejándose lentamente con un ligero rengueo en su pierna lastimada.

​—Así será.

​Mickael caminó en dirección a las escaleras metálicas más cercanas. Luego de bajar un piso, llegó a un pasillo donde notó tres puertas blindadas. En el lado izquierdo, las puertas de un ascensor con un cartel de «Solo Personal Autorizado»; en el centro, una compuerta con una figura masculina y la palabra «Habitaciones Hombres»; y a la derecha, otra con una figura femenina y el texto «Habitaciones Mujeres».

​Avanzó hasta las puertas masculinas e intentó abrirlas, pero no cedían.

​—¿Qué le sucede a estas puertas?

​Molesto, golpeó el metal esperando que alguien le abriera desde adentro. De repente, a su izquierda, las puertas del ascensor restringido se abrieron con un siseo y de él salió Misaki.

​—Pareces molesto. ¿Está todo bien? —Misaki avanzó con calma hasta quedar a su lado.

​—No puedo ir a las habitaciones. ¿No se supone que alguien tiene que estar aquí para dejarnos pasar?

​La asiática dejó escapar una suave risita.

​—Me alegra que esto te divierta —respondió él, alzando una ceja.

​Sin decir palabras, Misaki tomó la mano de Mickael —justo donde llevaba el reloj inteligente— y la acercó a un panel oscuro en la pared. El escáner leyó el dispositivo durante un segundo antes de abrir las pesadas puertas.

​—Es un sistema automatizado para evitar problemas e incidentes entre géneros —explicó ella, bajando la vista al notar que ninguno de los dos había apartado las manos todavía.

​—Ah... entiendo. Gracias —respondió Mickael, soltando con suavidad la mano de Misaki para luego entrar a los cuartos.

Detrás de él, la pesada puerta se cerró con un chasquido metálico. Mickael notó un montón de soldados y decenas de puertas idénticas alineadas a lo largo del pasillo.

​—Parecen las celdas de una prisión —murmuró para sí mismo.

​Miró la pantalla de su reloj, que mostraba el mapa del nivel, y notó que a unos cien metros brillaba el ícono de una pequeña casa. Avanzó entre la multitud de militares que transitaban por el corredor hasta llegar a la puerta número 27.

​—Supongo que es esta.

​Escaneó su reloj en el panel y la puerta se abrió con un suave siseo, dejando ver un interior bastante amplio y ordenado.

​Un soldado estaba sentado en la parte superior de una de las cuchetas, leyendo una revista táctica.

​—Hola. Soy el Sargento Mickael Acuña, del ejército uruguayo.

​Mickael dio unos pasos hacia la cama. La persona bajó su revista y lo miró fríamente. Fue entonces cuando Mickael notó la gruesa y pálida cicatriz que le cruzaba la garganta, casi oculta por una espesa barba negra.

​—Sé quién eres. Soy Jack, pero prefiero que me digas Barba Negra.

​De un salto ágil, bajó de la litera y pasó por su lado, tomando su chaqueta con el parche de la bandera del Reino Unido, para luego salir de la habitación rozándole el hombro y sin despedirse.

​—Agradable sujeto —murmuró Mickael una vez que el británico desapareció por el pasillo.

​Mickael observó que las camas del lado derecho ya estaban ocupadas con equipo militar y avanzó hasta el fondo, donde se alineaban los casilleros de metal.

​—Mira lo que nos trajo el viento —habló una voz desde la entrada.

​Mickael se giró para notar a Nate recargado en el marco de la puerta, masticando chicle con su típica sonrisa sobrada.

​—Así que el héroe será mi compañero de cuarto. ¿Necesitas un guía turístico? —preguntó el canadiense, entrando y sentándose en la cama inferior de donde estaba Barba Negra.

​—Tal vez… Estoy algo perdido —admitió Mickael.

​Nate se levantó y se acercó, dándole una palmada amistosa.

​—Sí, es normal si es la primera vez que pisas este sitio y vas derecho a la enfermería —dijo, dejando la mano apoyada en su hombro—. Estos cuatro casilleros son nuestros, uno para cada uno. Pasa tu dispositivo por el panel y el tuyo se abrirá. Dentro encontrarás lo necesario para sobrevivir aquí.

​Mickael colocó su mano en el primer casillero, pero el lector emitió un pitido y brilló una luz roja.

​—Parece que ese no es. Por cierto, los baños y las duchas están al final del pasillo —comentó Nate, cruzándose de brazos.

​Mickael colocó su mano en el casillero siguiente. Esta vez la luz fue verde y la puerta se abrió, revelando distintas prendas de abrigo táctico, uniformes limpios y artículos de uso cotidiano cuidadosamente doblados.




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