Mickael, al ver tanto movimiento en el pasillo, se sintió abrumado, notando cómo todo a su alrededor parecía alejarse lentamente. De pronto, en la rejilla de ventilación, volvió a escuchar esos gruñidos profundos, lo que hizo que volteara rápidamente en esa dirección.
—¿Estás bien? —habló Juan, tocando el hombro de Mickael para que volviera en sí.
—Sí... solo me pareció oír algo en la ventilación. ¿Acaso tú no lo has oído? —preguntó Mickael, sin apartar la mirada de la rejilla.
Juan miró hacia el ducto, se acercó un poco y luego volteó a ver a su compañero.
—Creo que aún te dura el efecto de la anestesia. Solo es el viento.
Mickael parpadeó un par de veces y, al acercarse, notó que de la ventilación ya solo provenía el silbido constante del aire helado de la montaña.
—Creo que estoy cansado, solo es eso —dijo, pasándose las manos por la cara varias veces para despejarse.
Juan levantó su brazo, iluminando la pantalla de su reloj.
—Qué raro, dice que estamos en el nivel menos dos. —Tocó el cristal táctil varias veces, deslizando el mapa virtual—. Los cuartos están en el nivel menos tres y el comedor en el nivel menos uno.
Mickael también revisó su dispositivo.
—Qué extraño, solo tenemos acceso a los tres niveles y a los de la superficie, aunque en el mapa se ve claramente que hay más pisos debajo de nosotros.
—Haremos esto: ve a las habitaciones a ver qué encuentras, y yo daré una vuelta para revisar todo este piso. Nos encontramos en una hora en el comedor —propuso Juan, alejándose lentamente con un ligero rengueo en su pierna lastimada.
—Así será.
Mickael caminó en dirección a las escaleras metálicas más cercanas. Luego de bajar un piso, llegó a un pasillo donde notó tres puertas blindadas. En el lado izquierdo, las puertas de un ascensor con un cartel de «Solo Personal Autorizado»; en el centro, una compuerta con una figura masculina y la palabra «Habitaciones Hombres»; y a la derecha, otra con una figura femenina y el texto «Habitaciones Mujeres».
Avanzó hasta las puertas masculinas e intentó abrirlas, pero no cedían.
—¿Qué le sucede a estas puertas?
Molesto, golpeó el metal esperando que alguien le abriera desde adentro. De repente, a su izquierda, las puertas del ascensor restringido se abrieron con un siseo y de él salió Misaki.
—Pareces molesto. ¿Está todo bien? —Misaki avanzó con calma hasta quedar a su lado.
—No puedo ir a las habitaciones. ¿No se supone que alguien tiene que estar aquí para dejarnos pasar?
La asiática dejó escapar una suave risita.
—Me alegra que esto te divierta —respondió él, alzando una ceja.
Sin decir palabras, Misaki tomó la mano de Mickael —justo donde llevaba el reloj inteligente— y la acercó a un panel oscuro en la pared. El escáner leyó el dispositivo durante un segundo antes de abrir las pesadas puertas.
—Es un sistema automatizado para evitar problemas e incidentes entre géneros —explicó ella, bajando la vista al notar que ninguno de los dos había apartado las manos todavía.
—Ah... entiendo. Gracias —respondió Mickael, soltando con suavidad la mano de Misaki para luego entrar a los cuartos.
Detrás de él, la pesada puerta se cerró con un chasquido metálico. Mickael notó un montón de soldados y decenas de puertas idénticas alineadas a lo largo del pasillo.
—Parecen las celdas de una prisión —murmuró para sí mismo.
Miró la pantalla de su reloj, que mostraba el mapa del nivel, y notó que a unos cien metros brillaba el ícono de una pequeña casa. Avanzó entre la multitud de militares que transitaban por el corredor hasta llegar a la puerta número 27.
—Supongo que es esta.
Escaneó su reloj en el panel y la puerta se abrió con un suave siseo, dejando ver un interior bastante amplio y ordenado.
Un soldado estaba sentado en la parte superior de una de las cuchetas, leyendo una revista táctica.
—Hola. Soy el Sargento Mickael Acuña, del ejército uruguayo.
Mickael dio unos pasos hacia la cama. La persona bajó su revista y lo miró fríamente. Fue entonces cuando Mickael notó la gruesa y pálida cicatriz que le cruzaba la garganta, casi oculta por una espesa barba negra.
—Sé quién eres. Soy Jack, pero prefiero que me digas Barba Negra.
De un salto ágil, bajó de la litera y pasó por su lado, tomando su chaqueta con el parche de la bandera del Reino Unido, para luego salir de la habitación rozándole el hombro y sin despedirse.
—Agradable sujeto —murmuró Mickael una vez que el británico desapareció por el pasillo.
Mickael observó que las camas del lado derecho ya estaban ocupadas con equipo militar y avanzó hasta el fondo, donde se alineaban los casilleros de metal.
—Mira lo que nos trajo el viento —habló una voz desde la entrada.
Mickael se giró para notar a Nate recargado en el marco de la puerta, masticando chicle con su típica sonrisa sobrada.
—Así que el héroe será mi compañero de cuarto. ¿Necesitas un guía turístico? —preguntó el canadiense, entrando y sentándose en la cama inferior de donde estaba Barba Negra.
—Tal vez… Estoy algo perdido —admitió Mickael.
Nate se levantó y se acercó, dándole una palmada amistosa.
—Sí, es normal si es la primera vez que pisas este sitio y vas derecho a la enfermería —dijo, dejando la mano apoyada en su hombro—. Estos cuatro casilleros son nuestros, uno para cada uno. Pasa tu dispositivo por el panel y el tuyo se abrirá. Dentro encontrarás lo necesario para sobrevivir aquí.
Mickael colocó su mano en el primer casillero, pero el lector emitió un pitido y brilló una luz roja.
—Parece que ese no es. Por cierto, los baños y las duchas están al final del pasillo —comentó Nate, cruzándose de brazos.
Mickael colocó su mano en el casillero siguiente. Esta vez la luz fue verde y la puerta se abrió, revelando distintas prendas de abrigo táctico, uniformes limpios y artículos de uso cotidiano cuidadosamente doblados.