Punto Ciego

Capítulo 9

[Día 8 - 08:00 A.M.] — Gimnasio Principal (Nivel -2)

​Mickael se echó una abrumadora cantidad de agua helada en el rostro. Apoyó ambas manos en el borde de acero inoxidable del lavabo, dejando que el agua goteara desde su barbilla hacia el suelo metálico. Había pasado una semana entera desde que saltaron sobre Alaska; siete días convertidos en una masa difusa de agotamiento muscular, costillas magulladas y la sensación asfixiante de vivir sepultados bajo la montaña.

​Se miró al espejo. Tenía los ojos irritados, pero la mirada atenta.

​Secándose el rostro con la toalla, salió del baño del gimnasio hacia el centro de la arena. El lugar estaba completamente despejado salvo por tres figuras que ya aguardaban en la plataforma: El Caballo Indomable, un británico cuyo cuerpo parecía diseñado para romper huesos; Caperuza Roja, una combatiente canadiense de movimientos fríos y precisos que llevaba la ropa de entrenamiento completamente roja; y la Pulga, el tirador argentino que compensaba su baja estatura con una agilidad diabólica.

​Sin previo aviso, los focos del techo se apagaron con un pesado chasquido mecánico. Un único proyector cenital cayó desde las alturas, encerrándolos en un círculo de luz blanca.

​Las bombas hidráulicas del suelo comenzaron a sisear. Desde los paneles de la plataforma se elevaron proyectores que desplegaron troncos de pino hiperrealistas y una ráfaga de aire helado que hizo descender la temperatura en segundos. Alrededor del cuadrilátero, una densa neblina gris comenzó a burbujear desde las rejillas, creando un muro opaco.

​Una voz surgió de los parlantes:

​—Ya saben las reglas, pero las repetiré. Combate todos contra todos, gana el último en pie. Tres formas de ganar: noquear a su oponente, sacarlo del cuadrilátero o que se rinda. El que caiga fuera y la neblina lo cubra, tiene la oportunidad de regresar mientras las criaturas intentan atraparlo.

​La chicharra de inicio retumbó en las paredes.

​El caos estalló al instante. La Pulga se movió como un relámpago, intentando flanquear a Caperuza Roja, pero la canadiense anticipó la trayectoria y le soltó un rodillazo directo al abdomen. Buscando espacio para respirar, el argentino dio tres pasos hacia atrás, directamente hacia la línea de carga del Caballo Indomable. El gigante británico ni siquiera se detuvo; simplemente extendió el antebrazo como un ariete, lanzando al argentino por los aires fuera de los márgenes de la arena.

​La Pulga cayó dentro de la neblina. El cronómetro comenzó a correr. Intentó levantarse de inmediato, pero antes de que pudiera dar un solo paso, un brazo robótico cubierto de placas metálicas y mangueras hidráulicas emergió de las sombras. La garra de acero le atrapó el tobillo sin contemplación y lo arrastró de espaldas hacia la oscuridad.

​«Soldado descalificado», anunció una voz sintética por los altavoces.

​Mickael se movió rápido, esquivando un gancho descendente del Caballo Indomable. La fuerza bruta del tipo era opresiva; el británico embistió con el hombro, un impacto brutal que hizo a Mickael derrapar por el suelo sintético hasta quedar a pocos metros de Caperuza Roja.

​Mickael se incorporó de golpe, expulsando el aire de los pulmones. Él y la canadiense cruzaron miradas durante una fracción de segundo. No hicieron falta palabras: la mole tenía que salir primero.

​Cuando el Caballo Indomable volvió a arremeter como un toro, Caperuza se dejó caer al suelo en un barrido directo a sus tobillos, mientras Mickael utilizaba todo el impulso de su cuerpo para meter un hombro contra el torso del gigante. La combinación de fuerzas rompió el centro de gravedad del británico. La mole trastabilló, perdió el equilibrio y cayó de costado directamente sobre el colchón de niebla.

​El Caballo Indomable rugió de rabia y se puso de pie al instante para reingresar a la plataforma. La neblina se agitó y un robot de mantenimiento se le enganchó al torso con una garra metálica. Pero el tipo era un monstruo: siguió avanzando a la fuerza, arrastrando al autómata de cien kilos de vuelta a la arena.

​Antes de que cruzara la línea, la neblina se convulsionó. Dos robots más emergieron de la sombra. Un total de tres brazos mecánicos se clavaron en sus hombros y cintura, aplicando una presión neumática irresistible hasta lograr arrastrar al británico, que luchaba a los gritos, hacia la penumbra.

​«Soldado descalificado».

​Solo quedaban dos.

​Caperuza Roja no le dio tiempo ni a respirar. Se lanzó hacia adelante acortando la distancia con dos jabs rapidísimos directos al rostro. Mickael logró desviar el primero con el antebrazo y esquivó el segundo ladeando la cabeza, respondiendo de inmediato con un gancho de derecha a las costillas.

​La canadiense bloqueó el impacto tensando el abdomen y aprovechó la cercanía para soltar un rodillazo. Mickael retrocedió un paso, sintiendo el aire pesado en los pulmones. La pelea se volvió un tenso intercambio de reflejos; bloqueos, esquives y puñetazos cortos que resonaban en el silencio de la sala. Ambos se medían, buscando el punto ciego del otro.

​En una fracción de segundo, Caperuza fingió lanzar un golpe de izquierda, pero en su lugar bajó su centro de gravedad, aferró a Mickael por la chaqueta del uniforme y usó su propio peso para proyectarlo hacia atrás con una patada frontal al abdomen.

​Mickael trastabilló y cruzó la línea. Sus botas se hundieron en la fría neblina gris.

​El cronómetro comenzó. Escuchó el zumbido de los motores hidráulicos acercándose. Dos garras metálicas emergieron de la bruma directo hacia sus piernas. Pero su apodo no era un simple adorno; mientras el resto perdía el sentido de la orientación en esa densa oscuridad, los ojos de Mickael leían el entorno. Detectando las sombras mecánicas antes de que lo tocaran y guiándose por el tenue contraste de luz que se filtraba desde el cuadrilátero, dio un paso lateral evadiendo el agarre, y de un salto reapareció en la arena, soltando un derechazo que casi roza la mandíbula de Caperuza.




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