Punto Ciego

Capítulo 10

[Día 8 – 14:00] — Comedor Central (Nivel -1)

​Mickael se encontraba haciendo fila en la cantina militar, ubicada en uno de los rincones del comedor del Nivel -1, cuando de pronto unos gritos e insultos resonaron a lo lejos.

​Un tumulto de soldados comenzó a arremolinarse, formando un círculo cerrado alrededor de los dos bandos que discutían acaloradamente. Del medio de la multitud salió Juan, quien se apresuró a acercarse a Mickael.

​—¿Qué pasa ahí? —preguntó Mickael, saliendo de la fila sin pensarlo.

​—Son los argentinos y los británicos. Por lo que alcancé a escuchar, parece que uno de los pibes de Argentina estuvo coqueteando con Luna.

​Mickael y Juan se abrieron paso hasta el borde del círculo. Vieron cómo la discusión escalaba peligrosamente, cada vez más cerca de los golpes. Al barrer con la mirada el entorno, Mickael notó algo insólito: Luna estaba sentada tranquilamente en una de las mesas cercanas, saboreando un chupetín con una sonrisa divertida, disfrutando del espectáculo como si fuera una película de cine.

​—¡No le vuelva a hablar a mi chica! —bramó un fornido soldado británico, señalando con el dedo al argentino.

​—¡Ella no es tu chica, imbécil! —respondió La Pulga, dando un paso al frente con el pecho inflado.

​El primer golpe voló por el aire, desatando el caos. Mickael se metió de inmediato entre los contendientes para evitar que la situación pasara a mayores, pero en medio del revuelo, alguien le conectó un violento codazo por la espalda. Un quejido sordo se le escapó de los labios, haciendo que la pelea se detuviera de golpe por el impacto de la escena.

​—Mierda... ya basta —gruñó Mickael, incorporándose con dificultad mientras el pequeño monitor táctico de su muñeca cambiaba de un verde tenue a un color naranja parpadeante, advirtiendo sobre su lesión reciente. Juan logró abrirse paso y se paró firme a su costado—. No son niños, maldita sea. Son adultos y soldados.

​El aire se congeló en la sala. La multitud inspiró al unísono cuando una mancha oscura comenzó a expandirse en el suelo. Lentamente, todos bajaron la mirada hacia la espalda de Mickael: de su uniforme militar comenzaban a filtrarse gotas de sangre fresca.

​Antes de que alguien pudiera decir algo, un pasillo humano se abrió de inmediato con la llegada de Misaki, flanqueada por dos oficiales de alto rango.

​—Suboficial Vientos, lleve al sargento Acuña a la enfermería de inmediato —ordenó la comandante con voz cortante—. Los responsables de este circo se quedan aquí, y el resto que no tiene nada que ver, lárguese a sus puestos.

​Juan asintió con rapidez, pasando un brazo por los hombros de Mickael para guiarlo con cuidado hacia las escaleras que subían al área médica.

Enfermería — 14:30

​Dentro de la clínica de la base, hicieron recostar a Mickael boca abajo mientras el personal médico comenzaba a cortar la tela del uniforme para limpiar la zona afectada.

​—Tiene suerte, Sargento Acuña —le indicó el médico de guardia mientras aplicaba antiséptico—. Solo se le abrió la sutura anterior por el golpe seco, pero ya fue atendida. En doce horas estará como nuevo. Eso sí, se quedará en observación las próximas dos horas, y si todo sale bien, podrá retirarse.

​El médico se retiró del cubículo y, momentos después, una silueta conocida se asomó por el marco de la puerta abierta. Era Caperuza Roja.

​—Ahora entiendo por qué algunos te llaman "El Héroe"... Si sigues saltando a las peleas así, no vas a terminar el mes entero en esta base —bromeó ella, acercándose despacio a la camilla.

​Mickael giró un poco el rostro contra la almohada.

​—Solo quería evitar que salieran heridos, pero al final el único que termina pagando los platos rotos soy yo.

​Roja soltó una suave risa y, con total naturalidad, deslizó los dedos de su mano por la espalda descubierta de Mickael, rozando la piel alrededor de las vendas con una mezcla de curiosidad y afecto.

​—Parece que tienes una imán para la mala suerte, uruguayo. En fin... si necesitas ayuda con algo, solo avísame.

​Se despidió con una sonrisa cómplice, se acercó a la puerta y, antes de perderse en el pasillo, le dedicó un último guiño.

​A pocos metros de allí, en el dintel de la puerta de la enfermería, Luna se había quedado petrificada observando la escena. Con el ceño fruncido y una expresión dura, dio media vuelta dispuesta a marcharse, pero al cruzar el umbral chocó de frente con Misaki, que venía llegando. Ambas mujeres quedaron cara a cara, bloqueando el pasillo.

​—¿Va a ser un problema constante, Sargento? —preguntó Misaki con frialdad, dejando su tablet táctica a un lado sobre una mesita auxiliar.

​—Sí, tal vez... ¿Algo que decir al respecto, Comandante? —contestó Luna desafiante, tirando con desgana lo que quedaba del palito de su chupetín al tacho de basura más cercano.

​Misaki, visiblemente molesta por el tono insolente, dio un paso al frente acortando la distancia.

​—Está buscando una penalización severa, Sargento.

​La sonrisa burlona desapareció por completo del rostro de Luna, dejando ver una furia contenida que llevaba días acumulando.

​—Usted quería que me alejara de él, y así lo hice —escupió Luna con veneno en la voz—. Pero si ni siquiera me deja hacer lo que quiero con el resto de mi tiempo, mejor devuélvame a mi país. Ya estoy harta de ver sus intentos patéticos por seducirlo.

​Sin esperar una sola palabra de respuesta, Luna le dio un empujón deliberado en el hombro a la comandante y se marchó a zancadas por el pasillo, dejando a Misaki sola con la mirada clavada en la pared.

Continuó parada durante un minuto entero, mirando fijamente la pared, hasta que escuchó las puertas dobles de la enfermería abrirse. Dos enfermeras ingresaron cargando un maletín metálico.

​—Comandante Misaki, qué coincidencia encontrarla aquí. Venimos del Nivel -8 —dijo una de ellas en voz baja—. Resulta que la sangre del sargento Mickael Acuña es altamente compatible con los experimentos que realizamos abajo.




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