El ruido de la sirena hace que se me parta la cabeza en dos, parece no terminar nunca. Va y viene, se mete dentro de mi, me atraviesa el pecho, me deja sin espacio para pensar. El sonido es constante, violento, y siento que si en algún momento se detiene va a significar algo peor de lo que ya está pasando. Estoy en una ambulancia, sentada al lado de la camilla donde va mi madre, tengo la espalda rígida, las manos apretadas una contra la otra, intentando no mirar demasiado a mi al rededor.
A Cristina.
Ella está acostada a mi lado, inmóvil, con los ojos cerrados. Tiene una máscara de oxígeno apoyada sobre la cara y cables que salen de su cuerpo hacia todos lados. Su pecho sube y baja de forma irregular, como si respirar fuera un esfuerzo consciente. Un paramédico le habla, le dice su nombre, le explica dónde está, tal vez lo hace para que yo me tranquilice, porque todos aquí adentro sabemos que no lo está escuchando.
—Tranquila, ya llegamos.
No sé si le habla a ella o a mí.
Yo no digo nada. No puedo. Tengo la garganta cerrada, como si alguien me hubiera puesto un nudo ahí adentro y lo hubiera ajustado hasta dejarme sin aire. La ambulancia se mueve rápido, demasiado rápido, y cada giro hace que el estómago se me suba hasta la boca, cada tanto me dan ganas de vomitar por lo abrumada que estoy, pero me contengo.
El olor a plástico, a alcohol y a medicamento me marea.
Miro las manos de mamá. Están blancas y cuando las toco aún las siento frías. Demasiado.
Hace unas horas estába riéndose conmigo.
Hace unas horas me decía que estába orgullosa.
Hace unas horas yo creía que estába mejor.
—Está respirando —dice uno de los hombres, mirando el monitor—. Pulso débil, pero estáble.
La palabra estáble se me queda flotando en la cabeza, pero no es suficiente para nada, no es suficiente para tranquilizarme. No sé qué significa en realidad. No sé si es algo bueno o solo una forma más amable de no decir la verdad.
—¿Me escuchás? —le pregunto, sin pensar, acercándome un poco más—. Ma, estoy acá, soy Sofi.
No hay respuestá. Sus párpados no se mueven. Su cara sigue pálida, más de lo normal, como si el color se le hubiera ido del cuerpo.
Aprieto su mano con cuidado, como si fuera de vidrio. Tengo miedo de romperla. Tengo miedo de todo a mi al rededor, tengo miedo de vivir y que ella no lo haga.
Siento como la ambulancia frena de golpe y las puertas se abren. El viento de la noche entra de lleno y me hace temblar de frío. Veo unas luces blancas, gente que se mueve rápido para allá y para acá, voces que no distingo.
—Paciente femenina, cincuenta y ocho años de edad —dice la enfermera que venía junto a mi en el viaje—. Desmayo y pérdida de conocimiento en domicilio, sin pulso al arribo, RCP breve durante el trayecto en amulancia, respuestá mínima.
Cada palabra cae como un golpe seco, uno detrás del otro. No alcanzo a procesarlas. Solo las escucho sin decir nada.
La camilla donde está mi madre empieza a moverse y yo camino al lado, torpe, tratando de no perderla de vista.
—Soy la hija —digo—. Soy la hija.
Nadie escucha, nadie me responde, pero nadie me frena.
Cuando entramos al hospital y todo cambia de color.
El blanco lo ocupa todo ante mis ojos. Las luces, las paredes, el piso. El olor a desinfectante y medicamentos me quema la nariz. Mamá desaparece detrás de una puerta que dice “Terapia Intensiva” en color rojo.
—Lo siento señorita, pero nadie puede pasar ahora, le pedimos que espere aquí porfavor. — dice la misma enfermera para luego cerrar la puerta de golpe.
Y yo me quedo ahí, sola.
Me quedo parada sin poder mover ninguna parte del cuerpo, sin saber qué hacer. Me tiemblan las piernas, así que trato de calmarme a mi mísma y me siento en una silla puestá contra la pared. Me tiro hacia adelante y apoyo la cabeza entre las manos, respirando mal pero como puedo, haciendo un esfuerzo mentalmente para no desmayarme ahí mismo.
No puede terminar así.
No hoy.
No después de que todo en mi vida estába mejorando.
Pienso en estos días. En el chocolate caliente que nos tomamos. En su voz diciendome “Buenos días” todas las mañanas. En nuestras risas y en todos los momentos juntas. En lo real que se sintió todo. Demasiado real como para desaparecer en unas horas.
Saco el celular del bolsillo con dedos torpes. La pantalla se me empaña por las lágrimas antes de que pueda marcar nada.
Marcos, lo necesitaba, necesitaba a alguien antes de que hiciera una estupidez.
Lo llamo. Gracias a Dios me atiende casi al segundo.
—¿Sofi?
Escuchar su voz rompe algo que estába apenas sostenido.
—Marcos —digo, y mi voz sale rota—. Estoy en el hospital.
—¿Qué pasó?
—Es mamá… se desmayó en casa… no responde… la llevaron a terapia intensiva.
Del otro lado hay un silencio breve, tenso, como si estuviera eligiendo las palabras correctas, y yo siento que dura una eternidad.
—Escuchame —dice—. Estoy subiendo al auto. ¿Dónde estás?
—En el Maciel.
—Llegó en veinte minutos. Respirá, ¿sí? Estoy con vos.
—No… no sé si puedo.
—Podés, Sofi. No estás sola, trata de calmarte, ya estoy yendo.
—está bien, apuráte por favor.
Corta.
Aprieto el teléfono contra el pecho, como si fuera un salvavidas. Sin darme cuenta me estoy balanceando con ansiedad en la silla.
El cuerpo hace cosas solo cuando la cabeza no puede más.
Siempre me pareció que el tiempo en las salas de espera no existe. No pasa como pasa en el resto de lugares, no de forma normal. Acá el tiempo se estira. Se deforma. Cada minuto parece tener un peso propio, el cuál siento que se me apoya encima del pecho y hace que me costara respirar un poco más con cada uno que avanza. El reloj de la pared marca el pase de los segundos con una crueldad innecesaria, y aún así siento que no se mueve nunca. Lo miro, bajo la vista, lo vuelvo a mirar. Nada cambia. El reloj de la pared parece estár roto, pero se que no lo está. La gente entra y sale, alguien llora en una esquina, alguien ríe demasiado fuerte, alguien habla por teléfono como si no estuviera en un hospital.