Punto De Luz

EPÍLOGO

Pasó un año.

No lo sé por el calendario ni por una fecha marcada en rojo, como hace meses. Lo sé porque ya no me despierto con un nudo el pecho todas las mañanas. Porque el dolor no es lo primero que aparece cuando abro los ojos. Porque aprendí a respirar sin sentir que le estaba fallando a alguien, o a mí misma.

Pasó un año desde aquella noche en la que sentí como mi mundo se apagó en una sala de hospital.

No fue un año fácil. Nunca lo es cuando aprendes a vivir con la ausencia de alguien tan importante en tu vida. Al principio creí que sanar significaba dejar de llorar, dejar de extrañar, dejar de sentir culpa, hacer como si nada hubiera pasado y mentirle a todas las personas diciendo que estaba bien.

Claramente me equivoqué. Aprendí que sanar es hacer todo eso y, aun así, seguir adelante, haciendo lo que amo. Y eso hice, un año después, en el día de hoy estoy de pie frente a un local que huele a madera nueva y café recién hecho. Las luces colgadas del techo son cálidas, suaves, pensadas para no lastimar la mirada de nadie. Las paredes blancas están cubiertas de fotografías: retratos de personas poco conocidas, manos entrelazadas, risas congeladas en un segundo exacto. Historias de gente que ha confiado en mí. Y claramente, cuadros de mamá en cada esquina a la que miras.

Punto de Luz.

Leo el nombre una vez más, aunque ya lo sé de memoria —lo vengo pensando junto con Marcos desde hace meses—. A veces todavía me cuesta creer que sea real. Que este lugar exista. Que sea mío. Que lo logré aun teniendo tanto dolor en el corazón.

Desde chica soñé con esto. No con el local en sí, ni con las cámaras caras, ni con las paredes bien pintadas. Soñé con tener un espacio donde me sintiera segura, trabajando de lo que realmente amo y me apasiona, donde pudiera mirar sin apuro, donde otros aprendieran a hacer lo mismo que yo y con la misma pasión. Mamá siempre me decía que yo veía cosas distintas. Que me detenía donde otros pasaban de largo.

Que tenía paciencia para observar lo especial en lo cotidiano. "Eso también es una forma de demostrar amor, Sofi, mirar con atención a la gente que querés" era lo que me decía. Respiro hondo. El pecho se me llena de aire y, por primera vez en mucho tiempo, no duele tanto como antes. Estoy nerviosa. No es un nervio paralizante, sino uno distinto.

El que aparece cuando algo que te importa de verdad está a punto de pasar. Cuando no querés que salga perfecto, sino que con que salga bien te conformas. La gente empieza a llegar. Mis Amigos, viejos conocidos de mamá, mis ex-compañeros de la empresa —donde ya no trabajo, pero mi novio si—, vecinos curiosos. Algunos jóvenes que ya tomaron clases conmigo se mueven entre las fotos, comentan encuadres, hablan de luz natural y de sombras. Los escucho y sonrío.

Sé que están orgullosos de ellos mismos y yo también lo estoy. Valentina aparece con su energía de siempre, exagerada, desbordada. Me abraza tan fuerte que casi me deja sin aire. —Estoy TAN orgullosa de vos que no sé si llorar o sacarte fotos en cada pared del local —dice, pero tarde, por qué ya está haciendo ambas cosas. Diego llega pocos minutos después, de la mano de su novio. Se lo ve feliz, liviano. Me abraza con cuidado, como si todavía tuviera miedo de romper algo frágil. —Esto es enorme, Sofi —me dice—.

De verdad, te felicito. Y lo es. No por el lugar, sino por todo lo que me costó llegar hasta acá, por las horas de trabajo, de ahorro, las lágrimas. Marcos está a mi lado desde que abrimos la puerta más temprano para preparar todo junto con la decoradora de interiores. No se me separo en ningún momento. Me mira cada tanto como si necesitara confirmar que esto está pasando.

Que estoy bien. Que sigo acá y que no me derramé en lágrimas. Él vio todo el proceso. Me vio romperme, me vio reconstruirme despacio, muy torpemente. Me vio culparme por cosas que no eran mi culpa. Me sostuvo cuando no podía sostenerme sola, sin apurarme, sin exigirme nada. —¿Estás bien? —me pregunta en voz baja. Asiento. Y es verdad.

—Estoy bien —digo—. Nerviosa, pero bien. Sonríe. Me aprieta la mano.

—Ella estaría orgullosa, mi amor—dice. No necesito preguntar a quién se refiere.

Hace un tiempo, escuchar eso me dolería. Sentía que no era suficiente, que nada iba a ser suficiente. Pero hoy lo escucho distinto. Hoy lo siento como una caricia. Camino por el lugar, saludando a la gente, agradeciendo la presencia, respondiendo sus preguntas. Explico que además de sacar fotos para eventos, doy clases de fotografía. Que quiero que Punto de Luz sea un espacio abierto para todos, accesible. Que cualquiera que quiera aprender tenga un lugar acá, donde no solo aprenda, sino que también se sienta seguro. Mientras hablo, me doy cuenta de algo: no estoy actuando.

No estoy fingiendo profesionalismo como lo hice toda mi vida en mis antiguos trabajos. Por fin siento que estoy siendo yo. Miro una de las fotos colgadas cerca del fondo. Es una imagen simple: una gran ventana abierta, la cortina blanca moviéndose con el viento.

La tomé una mañana cualquiera en la casa de Marcos, unos meses después de mudarnos juntos allí. No tiene nada extraordinario, y aun así, cada vez que la miro, siento calma. Mamá decía que la luz siempre encuentra la forma de entrar. Marcos se aclara la garganta. Levanta una copa y pide atención. El murmullo baja de a poco. Me mira y sonríe, nervioso. Nunca fue de hablar en público.

—Quiero decir algo —empieza—. Prometo no extenderme. Algunas risas se escapan entre la multitud. —Conocí a Sofía en uno de los momentos más difíciles de su vida —dice—. Estaba pasando por una situación por la que nadie debería pasar jamás, estaba esforzándose para que la persona que amaba estuviera bien. Y cuando la vi por primera vez en esa cafetería, vi algo que no se ve todos los días: alguien que, aun con mil heridas, eligió no rendirse. Casi vomito de la ternura que me provocaban sus palabras.

—Este lugar no es solo un estudio de fotografía. Es una prueba de su fuerza, de su sensibilidad, de su capacidad de seguir adelante siempre. Siento un nudo en la garganta.



#6334 en Novela romántica

En el texto hay: cafe, cafeteria, uruguay

Editado: 20.12.2025

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