La oficina era como de cemento: muebles, pintura, fotos e incluso el hombre frente a mí; todo parecía ser parte de la misma masa gris. Lo único que rompía la monotonía era su corbata rosa con rayas azules. Era tan distinta que me ponía incómoda. Él llevaba el cabello bien peinado hacia un lado —ni una turbina de avión lograría despeinarlo— y un traje impecable donde no se notaban las costuras de lo perfecto que era. Sostenía las hojas que le entregué y las leía con una concentración inquietante. «¿Qué estará pensando? ¿Por qué las lee con tanto cuidado si solo son dos páginas? Quizás no me cree».
Mi cabeza martilleaba. Frotaba mis manos contra la falda. «Se arrugará... la puedo planchar... no, se quemará... ya la arruiné». Una gota de sudor recorría mi frente; la sentía tan pesada que juraría que terminaría por aplastarme. «¿Notará que estoy nerviosa? ¿O me lo estoy imaginando?».
El hombre levantó la vista. Su mirada me transmitió un deseo violento de tomarme del brazo y lanzarme por la ventana.
—Bueno, parece que todo está bien —lo dijo tan lento que era imposible adivinar qué seguía. Apartó el currículum con un gesto brusco, casi tirándolo a la basura—. Entonces, aquí dices que estudiaste administración... —con un tono un poco más bajo repitió—: Administración.
Volvió a agarrar las hojas para darles un vistazo. Sus ojos recorrieron mi currículum como si buscaran una mancha de grasa. La tierra bajo mi silla se transformó en arenas movedizas; el cuerpo me picaba, las manos me sudaban, mis pies eran incapaces de quedarse quietos y el estómago me dolía. Estaba imposibilitada para quitarme esa sensación que invadía mi organismo. El hombre dejó los papeles al borde de la mesa y se aclaró la garganta.
—Bien, estudió Administración, ¿verdad? —dijo, levantando las cejas.
Ese gesto, la constante repetición de la palabra "administración" y el énfasis en "verdad" hizo que mi picazón y transpiración aumentaran descomunalmente. Ahora sentía picazón y transpiraba en lugares que ni sabía que existían. En ese instante dudé de mi propia carrera. Mis conocimientos se habían esfumado. Justo cuando iba a responder, mi boca se bloqueó; tuve que obligarla a pronunciar una respuesta.
—Sí, señor, y debo decir que fu... —un leve toque a la puerta me interrumpió.
Un grito rompió el aire y me hizo saltar, dispersando la transpiración de mi cara.
—¡¡PASA!!
La puerta de acero tardó en abrirse; esta era de doble sentido, o sea, que se podía abrir tanto hacia afuera como hacia adentro. Al abrirse, una leve brisa me alivió y, por un segundo, mis inseguridades se disiparon. Pero el alivio murió en cuanto la secretaria cerró la puerta. Era una mujer mayor con un semblante pálido y un corte carré teñido de un rubio artificial; llevaba puesta una falda idéntica a la mía. El cuello de su camisa blanca estaba manchado con lápiz labial y calzaba unos tacones negros con suela roja, similares a los que pensaba ponerme hoy —y que, por suerte, no elegí—.
—Señor, aquí tiene su café y el currículum de otra aspirante.
Cuando dejó el papel y el café sobre el escritorio, pude ver las arrugas de sus manos y un esmalte rojo que parecía pintado por un niño de siete años. Se marchó rápido (aunque tardó una eternidad en entrar). Ese nuevo documento me dejó más vulnerable que antes. «¿Y si ella tiene mejores cualidades? ¿Y si es más competente?». Un hormigueo eléctrico comenzó a recorrer mis pies y mis manos.
El hombre ojeó el nuevo folio por un segundo y una leve sonrisa se asomó en su rostro. Abrió el cajón de su escritorio y colocó el papel allí. «¿Por qué los ponía ahí? ¿Por qué no los puso junto a los otros?». Solté un suspiro profundo para calmarme.
—Bien, bien... entonces, ¿en qué estábamos? —agarró su taza y la acercó a su rostro para soplar un poco.
El aroma del café llegó a mi nariz; era amargo y puro, parecía que lo hubieran dejado reposar mucho tiempo. Ese olor me dio unas ganas de vomitar que apenas logré contener.
—Lo que quería decirle es que fui la mejor de mi clase y...
El hombre, con un grito, llamó a la secretaria:
—¡¡Claudia, el café está hirviendo!! —exclamó con tono frustrado—. ¡Odio esta oficina, no se escucha nada!
Ese grito cortó el diálogo. El hombre soltó la taza y la puso encima de mi currículum. Me miró con aire de superioridad y me dijo:
—Sí, ya lo leí, pero dime... ¿crees que eres buena en lo que haces? ¿Cómo y dónde se ve en diez años?
Su mirada me exigía una respuesta.
«¿Soy buena en lo que hago? ¿Cómo me veo en diez años?». No sabía cómo podría responder esas preguntas. ¿Acaso hay respuestas para eso? Mi cuerpo gritaba lo que no podía decir. Un extraño calor recorría mi cuerpo; era como esa taza de café. ¿Cómo puede uno saber si es bueno en su trabajo si nadie se lo ha dicho? ¿Y quién puede responder dónde estará en diez años? Podía decirle lo que quería escuchar o lo que en verdad pensaba. Esta situación me ponía la cabeza del revés, así que fui por lo seguro:
—La verdad, me considero una persona competente y... buena en lo que me gusta hacer. Y me veo aquí, en esta empresa.
Con cada una de esas palabras, mis pulmones se apretaban; la presión que estaban experimentando era abismal. El hombre me miró con interés.
—Bien, damos por terminada esta entrevista. Nos comunicaremos con usted en dos semanas.
Por fin había terminado. Todo mi cuerpo estaba regresando a su estado original; una sensación de libertad me recorrió. La mirada del hombre me había dado una pizca de esperanza y felicidad, lo cual duró poco. Cuando me disponía a levantarme, noté que mi falda se había atorado en la silla, en una de sus aberturas. Sabía que, si me levantaba e intentaba tirar de ella, se rompería; pero si no me paraba y le daba la mano, quedaría como una maleducada.
Así que tomé impulso y extendí mi mano lo más que pude. De lo que no me percaté fue de que mi falda no estaba tan atrapada; cuando hice fuerza, se soltó de golpe y caí sobre el escritorio, tirando el café caliente sobre mi ex-casi-futuro jefe. El hombre pegó un grito tan agudo que hizo zumbar mis oídos.