El olor a pizza recién horneada invadía el lugar: queso, salsa, provenzal y nada de piña (lo mejor); esos olores formaban la mezcla perfecta. Solo esperaba que mi jefe me diera la señal para retirar el pedido y entregarlo. Mi jefe, un hombre de estatura promedio, cara alargada y con una gran cantidad de manchas y arrugas, no era alguien tan viejo, pero lo parecía. Había trabajado desde muy joven y eso lo hizo envejecer rápido. Me miró con actitud amenazante y, sin soltar la caja, me dijo:
—Tienes que llegar antes de treinta minutos o, si no, será gratis para el cliente, no para ti.
Recién ahí soltó la caja. En el camino, mientras manejaba mi moto, esas palabras se repetían una y otra vez. Sabía lo que significaba; no podía llegar tarde otra vez. Esta vez decidí tomar atajos. Estaba tan preocupado por no llegar que mi cuerpo parecía un caño abierto, soltando una cantidad abundante de sudor que me hacía sentir como si estuviera en un charco de agua. «Tengo que pagar cosas», «tengo que llegar», «no lo lograré»; todos esos pensamientos pasaban por mi cabeza mientras no dejaba de acelerar. Lo que lograba calmar mis nervios era que, gracias a los atajos, solo me tomaría cinco minutos llegar.
Al llegar al destino, la sensación del «caño» volvió acompañada de un hormigueo en las piernas. Eran los edificios de la empresa de materiales de construcción: un lugar grande donde todos los sectores eran idénticos entre sí, de ese color cemento que tanto me incomodaba. Al entrar, el ambiente deprimente, desierto e inhóspito me invadió. No quise perder tiempo observando; corrí a la recepción, donde una señora de unos ochenta años con corte carré y rubio artificial se pintaba los labios. Al verme chocar contra el mostrador se asustó, corriéndose el maquillaje. Con irritación y furia, soltó su lápiz labial rojo.
—Busco a... —quise decir el nombre, pero la secretaria me interrumpió.
—Pizza doble queso con provenzal, ¿verdad?
—Sí —respondí rápidamente mientras la mochila me quemaba la espalda.
—Piso seis, oficina sesenta y seis. Puede subir por el ascensor —me dijo con mirada de despedida, mientras se limpiaba el maquillaje corrido con el cuello de su propia camisa.
Salí corriendo; faltaban solo veinte minutos. El «caño» se había vuelto a abrir y mi respiración era agitada. Cuando presioné el botón, un hombre gritó que no cerrara el ascensor, pero fue tarde: ya empezábamos a subir. Al llegar al piso cuatro solo había pasado un minuto. En el piso cinco se detuvo. Entró un hombre con una camisa blanca arrugada, desaliñado y con uno de sus zapatos mojados. Su maletín estaba abollado y desbordaba papeles. No apretó ningún botón. Actuaba raro: pálido, agotado, secándose el sudor de la cara con toallitas húmedas que sacaba de su bolsillo de manera desesperada.
De pronto, el ascensor se detuvo bruscamente. Casi caigo, pero me agarré de la barandilla. El hombre me miró desconcertado, buscó otra toallita en su bolsillo y, al hacerlo, sobresalió algo rosado que volvió a guardar apresuradamente. Miré mi reloj: faltaban dieciocho minutos. Pasaron tres minutos más sin movimiento. Volví a mirar al hombre; sus ojos parecían salir de sus órbitas y las venas de su frente latían con fuerza.
—Nunca saldremos de aquí —repetía pegado a la pared, lleno de desesperación.
Traté de calmarlo: —Sí saldremos, tiene que tranquilizarse, ya vendrán a ayudarnos.
Me acerqué y le toqué el hombro. Como si de un loco se tratase, el hombre lanzó su maletín contra la puerta y soltó un grito que me hizo zumbar los oídos, seguido de un alarido de terror: —¡ME ESTÁS APLASTANDO!
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Antes de que pudiera hablar, se abalanzó sobre mí. Caí boca arriba, con él encima. Me tomó por los hombros y empezó a golpearme contra el suelo una y otra vez. Con cada impacto, sentía mis huesos triturarse al igual que una pizza crujiente. Un líquido corría por mi espalda; quería pensar que era sudor o salsa. Su rostro se deformaba frente a mis ojos, sus venas se marcaban por toda su cara y sus ojos parecían ya formar parte de mi propia visión. —¡YO NO QUISE HACERLO! —gritaba. Luego, el dolor me hizo desmayar.
Cuando abrí los ojos, el dolor en mi espalda era punzante, como si me estuvieran clavando un tenedor. La sensación de estar en un charco era ahora una realidad. El ascensor funcionaba de nuevo, pero se había ralentizado. El hombre estaba parado a mi lado. Traté de pedirle ayuda, pero no pude hablar por el dolor. Él me miró con desprecio. Con cuidado de no pisar el charco, se agachó y abrió su maletín. Por dentro, a diferencia del exterior, todo estaba en perfecto orden. Apartó los papeles y sacó un saco gris impecable; se lo puso con una calma absoluta. Luego sacó un peine y gel para arreglarse el cabello. Del bolsillo de su pantalón extrajo una corbata y se la colocó con perfección milimétrica.
En ese momento, el ascensor recuperó su velocidad normal y las puertas se abrieron: habíamos vuelto al primer piso. El hombre salió, pero se detuvo frente a mí. Ahora lucía impecable: cabello engominado y esa corbata rosa con rayas azules. Sostenía una rebanada de pizza destruida, le dio un bocado, sacó otra toallita húmeda para limpiarse las manos y, con un rostro tranquilo, me miró y me dijo:
—No te pagaré. Llegaste un minuto tarde.