Pura Casualidad

Capítulo 1. El regreso sel C.E.O

Nico Vienz frenó el motor de su Aston Martin justo frente a la entrada principal de la sede de Vienz Global. Antes de que el motor terminara de rugir, un aparcacoches del edificio ya corría hacia él, ajustándose la chaqueta del uniforme.

—Señor Vienz, no esperábamos que regresara tan pronto de su cita —dijo el empleado, algo agitado.

—Ya, imagino que no —respondió Nico, bajando del coche con un movimiento seco—. Revise el neumático delantero izquierdo. He notado una vibración extraña al entrar en la autopista. Dígale al jefe de mantenimiento que lo supervise personalmente.

—Por supuesto, señor.

Nico cruzó las puertas de cristal blindado y entró en el imponente vestíbulo de mármol y acero. Uno de sus asistentes personales se acercó de inmediato, consultando frenéticamente su tableta.

—Señor Vienz, llega con antelación. Su padre y el consejo todavía están en la terraza privada con los invitados.

—Eso ya lo sé —cortó Nico con frialdad—. ¿Dónde están exactamente?

—En el jardín vertical del ático, señor. El Director de Operaciones, el señor Aranda, les está mostrando el nuevo sistema de gestión hídrica y las vistas de la ciudad a la familia Bassanz.

Nico asintió, pero no se dirigió hacia allí. Mientras caminaba hacia los ascensores privados, pensó que, protocolariamente, debería haber invitado a Elena Bassanz a desayunar esa mañana para "limar asperezas" antes de la reunión de fusión. La realidad era que se había sentido tan asfixiado durante la cena de gala de la noche anterior que el mañana le importaba un bledo.

Elena y su delegación —un ejército de abogados de élite, asesores de imagen y una tía que actuaba como "consejera de protocolo"— habían aterrizado en el jet privado de la compañía el día anterior. Nico se había mostrado hermético y cortante desde el primer minuto en que pisaron la oficina. Había luchado durante meses contra el consejo de administración, contra las exigencias de su padre y contra las expectativas de los accionistas. Se negaba a que su vida personal fuera el precio de una transacción comercial. Sin embargo, finalmente había cedido. Los rumores de una OPA hostil por parte de fondos de inversión extranjeros y la inestabilidad del mercado tecnológico lo habían acorralado.

Se casaría con la heredera de Bassanz Luxury Group. Ese matrimonio blindaría a ambas compañías, creando un gigante imbatible en el mercado europeo.

Vienz Global había logrado mantenerse a flote y soberana mientras otras empresas tecnológicas del sur de Europa eran absorbidas por Silicon Valley o por el capital chino tras la última crisis económica. Pero Nico sabía que el ecosistema empresarial era voraz. Las grandes corporaciones multinacionales eran una amenaza constante, acechando cualquier signo de debilidad para desmantelar su imperio.

Nico pensaba que Joaquín, su Director de Operaciones, pecaba de precavido. Siempre estaba analizando informes de riesgos y proyecciones catastróficas. Sin embargo, en el fondo, Nico no era ciego: era plenamente consciente de que una fusión entre Vienz Global y el imperio Bassanz crearía un monopolio tecnológico y de lujo capaz de dictar sus propias reglas en el mercado mundial.

Pero, al mismo tiempo, no sentía el más mínimo deseo de hipotecar su vida personal.

A sus treinta y dos años (ajustando un poco la edad para el contexto de un CEO de éxito actual), disfrutaba de una libertad que pocos hombres en su posición podían permitirse. Llevaba cinco años al frente de la compañía, desde que la muerte repentina de su padre lo obligó a tomar el mando. Nico no era un simple heredero decorativo. Tenía una visión propia y muy definida sobre el futuro de la empresa; quería transformarla en un referente de innovación ética y sostenibilidad, alejándose de las prácticas agresivas de la vieja guardia. Sabía que sus empleados lo respetaban y que el mercado confiaba en su instinto. Pero, paralelamente, había tenido que soportar las interminables presiones del consejo y de los accionistas mayoritarios. Todos repetían el mismo mantra: necesitaban estabilidad a largo plazo.

Para ellos, "estabilidad" significaba que Nico sentara cabeza, se casara con una mujer de su mismo estatus y asegurara una línea de sucesión clara para el control de las acciones, evitando que el imperio se fragmentara en el futuro. No buscaban una esposa para él, buscaban una garantía de continuidad para sus dividendos.

—No tiene sentido seguir postergándolo, Nico —le había dicho su tía abuela, la accionista mayoritaria del grupo, con la voz quebrada por la preocupación—. Sabes perfectamente que, si a ti te pasara algo, no hay nadie con la competencia necesaria para evitar que los fondos buitre desguacen la empresa.

—Soy muy consciente de eso —respondió Nico con frialdad—, pero tampoco me imagino a un hijo mío sentado en el consejo de administración y dirigiendo este imperio en los próximos veinte años. Es absurdo planear a tan largo plazo en este mercado.

Nico hablaba con un sarcasmo punzante, pero su tía abuela le sostuvo la mirada, implacable:

—Para eso están el Director de Operaciones y el comité ejecutivo: para asegurar la transición. Pero ellos no garantizan la continuidad del apellido. Los Vienz hemos controlado este sector desde hace tres generaciones; hemos sobrevivido a crisis, guerras y burbujas tecnológicas.

—A veces por los pelos y a base de rescates —ironizó Nico.

Pero ella no se rió.

—Hubo momentos de pánico, no lo niego. Pero la familia siempre mantuvo el control, y eso es lo que tú tienes que asegurar para el futuro.

Si no era su tía abuela, era Joaquín, su Director de Operaciones. Era un hombre brillante, pero vivía en un estado de ansiedad perpetua, anticipando siempre el peor escenario financiero.

—No me gusta nada lo que dicen los informes sobre el gigante asiático que está comprando competidores en Europa —le había dicho a Nico, no una, sino cien veces—. Estamos blindados tecnológicamente, pero nunca se sabe cuándo lanzarán una ofensiva legal o una guerra de precios que no podamos sostener.




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