Mientras en el ático de la sede la élite empresarial se concentraba en el almuerzo de gala en honor a Elena Bassanz, nadie reparó en los dos hombres que descendían en silencio por el ascensor de servicio. El tintineo de las copas de cristal de Bohemia y el murmullo de las negociaciones de alto nivel quedaban pisos arriba, amortiguados por el hormigón y el acero.
Texxo ya se había encargado de la logística en el garaje subterráneo. En lugar de los relucientes sedanes blindados o los deportivos de edición limitada, había ordenado que pusieran a punto una furgoneta de mantenimiento blanca y anodina, de esas que pasan desapercibidas en cualquier calle de la ciudad.
Les dijo a los encargados de la flota que se trataba de un traslado urgente de equipos informáticos críticos para una delegación externa y que el vehículo debía estar listo de inmediato, cargado con suministros de emergencia. Los operarios, acostumbrados a las excentricidades del equipo de confianza del CEO, no hicieron preguntas. Supusieron que era algún detalle logístico de última hora relacionado con la fusión o con la seguridad de la "princesa" del grupo Bassanz.
Texxo condujo la furgoneta hasta una de las bahías de carga más alejadas, cerca de la salida de mercancías que daba a una calle lateral. En ese punto, el ángulo de las cámaras de seguridad era más fácil de esquivar y no era probable que ningún ejecutivo se paseara por allí antes de que terminara el evento.
Minutos después, regresó a la zona privada de la suite y encontró a Nico. El CEO ya no vestía su traje a medida de tres mil euros; ahora llevaba una cazadora oscura y una gorra que ocultaba gran parte de su rostro. Nico estaba apoyado sobre una consola de mármol, terminando de redactar una última nota a mano. La deslizó dentro de un sobre neutro, lo selló y se lo guardó en el bolsillo, con el gesto decidido de quien acaba de quemar sus naves.
—Deja esto aquí, sobre el escritorio —indicó Nico, señalando el sobre—. Supongo que lo encontrarán esta noche o mañana por la mañana, cuando vean que no respondo a la puerta. Sin duda se lo entregarán de inmediato a mi padre y al consejo.
—¿Les dice usted a dónde vamos, señor? —preguntó Texxo con un tono burlón.
Nico sabía que su asistente bromeaba para rebajar la tensión.
—No, por la sencilla razón de que yo mismo no lo sé. Lo que he hecho —y más vale que tú lo sepas— ha sido dejar firmada una orden irrevocable de promoción. Debido a sus "servicios excepcionales" en la gestión de esta alianza, he nombrado al Ruta como Vicepresidente Ejecutivo Vitalicio y socio beneficiario de una de nuestras filiales más importantes. Tengo el poder legal para hacerlo antes de que mi ausencia sea oficial.
Texxo se quedó mudo por la sorpresa. Nico esbozó una sonrisa astuta. Sabía que el padre de Elena, Lorenzo Bassanz, no se opondría con tanta ferocidad a que su hija se casara con un hombre que ahora poseía el estatus de un magnate por derecho propio y una fortuna blindada, aunque no fuera el "Príncipe de las Finanzas" que él había planeado originalmente. Nico acababa de comprarles la libertad.
Texxo había pasado por el área de catering privado del ático y había rescatado algo para que Nico comiera. No era el banquete de cinco platos que se estaba sirviendo en el gran comedor, pero era una selección de foie gras de etiqueta negra que a Nico le encantaba, acompañado de pan artesano y mantequilla salada. Afortunadamente, en la cava privada del despacho había varias botellas de Champagne Krug enfriándose. Cuando Texxo llenó una copa, Nico le hizo un gesto imperativo:
—Llena otra para ti. Brinda por el éxito de esta aventura; es muy probable que lo que hagamos hoy defina el resto de mi vida.
—Yo brindo por su salud, señor —respondió Texxo con sinceridad—, pero no puedo evitar que me preocupe su futuro profesional tras este desplante.
—Pues deja de preocuparte y pongámonos en marcha —ordenó Nico.
Terminó el paté de un par de bocados y, tras apurar la copa de champaña, se dirigió hacia la puerta de servicio.
—¿Lo tienes todo? —preguntó Nico.
—Eso espero —respondió Texxo—. ¿No olvida el dinero, señor?
Nico se llevó la mano a la frente, dándose un golpe suave.
—¡Qué estúpido soy! —exclamó—. He pasado tanto tiempo teniendo a un asistente o a un contable que paga cada una de mis facturas que he olvidado cómo se lleva una billetera.
—Bueno, ahora que va a ser su propio asistente, tendrá que empezar a fijarse en esos detalles —respondió Texxo con un deje de ironía.
Nico rió y se dirigió a la caja fuerte de alta seguridad empotrada tras un panel de madera en su salón privado. La cerradura biométrica reconoció su iris y se abrió con un susurro hidráulico. Se sintió satisfecho al ver los fajos de billetes de 50 y 100 euros que descansaban allí.
Nico siempre había tenido la costumbre de retirar más efectivo del que necesitaba para sus gastos de representación. Lo hacía porque detestaba el sistema de la empresa: en Vienz Global, como en las antiguas monarquías, el dinero estaba fiscalizado por un Director Financiero y un comité de auditoría. Si necesitaba una cantidad importante, tenía que pasar por un proceso burocrático que terminaba en manos del Tesorero del Grupo.
Aquel sistema era excelente para las cuentas de la compañía, pero Nico lo encontraba humillante; se sentía como un adolescente pidiendo la paga cada vez que quería hacer un gasto privado que no deseaba que apareciera en los registros del consejo. Por eso, a lo largo de los años, había ido acumulando una reserva considerable en su caja fuerte personal. Tomó varios fajos de billetes, una cantidad que sabía que era mucho más de lo que necesitaría para sobrevivir unas semanas como un hombre común.
«Tendré que regresar en algún momento, gane o pierda», se dijo a sí mismo mientras cerraba la caja fuerte por última vez. «Pero cuando lo haga, ya no seré el mismo Nico Vienz».