—Pues yo no pienso tener ninguno —dijo Sonia—. Los hijos son una esclavitud. Mi madre tuvo cuatro, y siempre me decía: hija, tú vive la vida, que no te pase lo que a mí.
—¿En serio que no sientes la llamada de la maternidad? —preguntó Merche—. Ya vamos teniendo una edad y…
—Yo no siento ninguna llamada. Como no me llame a gritos… —nos reímos—. ¿Acaso la sientes tú?
—No, yo tampoco. Pero esta mañana vi una de esas cosas que te sugiere el teléfono, que decía que, a partir de los treinta y cinco años, las mujeres comenzamos a tener la urgencia de…
—Sí, de quedarnos embarazadas porque si no…
—Porque si no se “nos pasa el arroz” —completé yo.
—Eso es.
—Pues yo no tengo ninguna urgencia. Es más, no creo que la tenga nunca.
Habíamos salido de la oficina después de una jornada extenuante y nos dejamos caer por un bar que había abierto hacía poco tiempo. Estaba lo suficientemente lejos para que los moscones de nuestros compañeros no se nos acercaran, para poder disfrutar tranquilamente de una buena cerveza, y, quién sabe, poder conocer a alguien que mereciera la pena.

—Oye, este sitio está genial —dijo Sonia, mirando a nuestro alrededor.
—¿A que sí? —replicó Merche—. Ya os lo dije. Y no me negaréis que esta cerveza es de lo mejor.
—Es artesanal, ¿verdad? —pregunté.
—Sí, la hacen ellos mismos. Tiene el punto justo de acidez y el mínimo de residuo. Aunque si la quieres más “cargadita”, la puedes pedir sin filtrar. Tiene más cuerpo, pero a mí me gusta más esta.
—Sí, esta está muy bien —contestó Sonia—. A mí me gustan las suaves. Entran mejor.
—¡No! ¡Mierda! —exclamó Merche, mirando hacia la entrada. Frunció el ceño y dejó entrever esas arrugas que ya se le formaban alrededor de los ojos cada vez que se enfadaba—. ¡Nos han pillado! ¡Joder!
Efectivamente, nuestros compañeros de la oficina habían dado con nosotras, y Jorge, el más pesado y baboso de todos, ya nos había localizado y marchaba hacia la mesa donde nos habíamos instalado.
—¡Mirad para otro lado! ¡Mirad para otro lado! A ver si con un poco de suerte pasan de largo.
—No, Sonia. Ya es demasiado tarde —constaté, suspirando profundamente—. Nos han visto.
Efectivamente, los tres ya se encaminaban hacia nosotras, con Jorge a la cabeza.
—¡Hola, chicas! —saludó Luis, adelantándose a su jefe—. Oye, ¿no habíais dicho que hoy no os apetecía salir, y que estabais muy cansadas?
—Sí.
—Pero, ¿habéis cambiado de opinión a última hora, o qué?
—Eso parece.
El imbécil de Jorge ya se había colocado a mi lado, mientras que los otros dos buscaban sillas vacías en algunas mesas para poder hacer lo mismo. Y eso a pesar del gesto de funeral que teníamos las tres. Merche me miró como diciendo: “¿estos tíos son gilipollas o qué? ¿Es que no se dan cuenta de que no queremos saber nada de ellos?”
Pero de poco sirvió. En unos instantes ya estaban los tres “acoplados” a nuestro lado intentando, por enésima vez, ligar con alguna de nosotras.
—¡Chicas! ¿Qué os pasa? —preguntó Luis, después de los varios intentos fallidos por parte de todos ellos de arrancarnos alguna palabra.
Nadie contestó, pero a mí el silencio ya se me estaba haciendo un poco incómodo, y dije, sin cambiar la cara:
—Nada. Que estamos cansadas.
—Pues no lo parecía… Cuando entramos parecíais de lo más feliz.
De nuevo, silencio pétreo. Luis intentó, ya a la desesperada, conseguir que nos abriéramos un poco, y me dijo:
—Oye, Martina, muchas gracias por el informe de esta mañana.
—No hay de qué —repliqué, sin mirarle, dando un sorbo a mi cerveza.
—La verdad, me ha servido de mucho. Ya sabes que el jefe estaba muy pesado últimamente con esos gráficos y…
—No hemos venido aquí para hablar de trabajo —interrumpió Sonia.
—Bueno, yo estaba hablando con Martina —se quejó. Pero yo puse un gesto de apoyar lo que decía mi amiga, y entonces se calló.
Fue entonces cuando Mario, que no había abierto la boca en todo el tiempo, y que no paraba de mirarme, puso un punto de sensatez en todo el asunto:
—Oye, ¿por qué no nos vamos al bar de siempre?
—¿Por qué? ¡Si todavía no hemos pedido nada!
—Por eso mismo. Por lo que veo, aquí no hay más que cervezas artesanales, y yo prefiero la Mahou de toda la vida. —Se levantó, y los otros dos hicieron lo propio, un poco por no dejar al compañero en evidencia. Si hubiera sido por ellos, hubieran seguido torturándonos un poco más.
Cuando ya hubieron salido del local, las tres dimos un profundo suspiro de alivio, y Sonia dijo:
—¡Menos mal! Ya pensaba que nos habían arruinado también este sitio. ¡Joder! ¡Qué pesados!
—En el fondo a mí me dan un poco de pena —añadí—. Son unos pobres diablos.
—Pues a mí no me dan ninguna pena —replicó Merche—. Están salidos, y van buscando alguna flor en la que posarse.
—Porque nadie les hace caso.
—¿Quién va a hacer caso a esa panda de babosos? Jorge y Luis ya deben de tener los cuarenta años…
—O más.
—…Eso es, o más, y los dos tienen un divorcio a sus espaldas porque sus mujeres no los aguantaban. Van buscando nuevas víctimas.
—Mario no creo que llegue a tanto —dije yo—. Debe tener nuestra edad. Nunca ha estado casado, ¿verdad?
—Creo que no. Pero ¿quién va a casarse con ese idiota?
—Cuando digo casarse, quiero decir, vivir en pareja. Ya nadie se casa.
—Es lo mismo. Ninguno de los tres vale nada.
—Estoy de acuerdo —afirmó Merche—. Estos tíos son el prototipo de hombre estándar, el hombre de toda la vida. Por lo que sé de Luis, nada más casarse dejó embarazada a la mujer y se convirtió en un “Paco”, es decir, comenzó a echar barriga, se quedó calvo, y no colaboraba en ninguna de las cosas de la casa. Su mujer lo tenía que hacer todo, porque él no se movía.