Purgatorio

La pianista

Effekadesh me agarró de la mano, y en ese momento, el escenario cambió radicalmente. Ahora estábamos como flotando en el aire, pero no era la atmósfera de la Tierra. Era otro lugar. Un lugar que mantenía la iluminación de la estancia anterior, quizá un poco más sombría, como si estuviera a punto de anochecer. Estábamos flotando, pero yo no tenía la sensación de que hubiera aire o viento a nuestro alrededor. Era todo como un gran vacío, inmenso, sin punto de referencia alguno, en el que tan solo estábamos él y yo.

—¿Dónde estamos? —pregunté, algo asustada.

—Estamos en el Purgatorio, Martina.

—¿En el… purgatorio? ¿En serio? ¿Eso existe… de verdad?

—Ahora lo verás.

De nuevo, me agarró fuertemente de la mano, y, sin saber cómo, el escenario volvió a cambiar. Ahora estábamos en una habitación similar a aquella tan grande del principio, con una iluminación algo más clara y un techo muy alto, solo que ahora se oían unas sutiles notas de piano.

Era una melodía muy bella, aunque algo melancólica. Effekadesh me hizo avanzar hacia adelante, pisando sobre un suelo ajedrezado de brillantes baldosas blancas y negras, y cada vez las notas se oían mejor. Fue entonces cuando pude ver de dónde provenían.

Era una mujer muy bella vestida con un traje de novia. Una mujer esbelta, con unos gráciles brazos que sobresalían de un vestido de encaje que se le ajustaba a la perfección. Su cabello oscuro brillaba con destellos, a la vez que una coleta alta se agitaba despacio, al son de las notas. Con dedos largos acariciaba suavemente las teclas, mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas y se esparcían en minúsculas gotitas sobre el teclado.

Me parecía un lugar demasiado grande para albergar solo a una pianista con su instrumento, y fue entonces cuando me apercibí de que no estaba sola. En efecto, como a unos diez pasos de distancia, se encontraba, detrás de ella, un gran sofá donde un hombre permanecía en silencio.

Era el novio. O al menos, era un hombre joven, de una edad similar a la mujer, que vestía un elegantísimo traje de etiqueta de color negro con una camisa blanca y brillante, como de seda.

El hombre miraba a la mujer que estaba de espaldas, aunque ciertamente, no la estaba viendo. Era como si mirase a través de ella, mientras escuchaba atentamente esa triste melodía.

La pianista

—¿Quiénes son estas personas, Jeff? —pregunté, llena de curiosidad.

—Esteban y Clotilde. Son esposos. Han muerto, hace mucho tiempo. Afortunadamente para ellos, pudieron confesarse antes de morir, y por eso están aquí.

—No entiendo nada. ¿Qué están haciendo?

—Como te he dicho, son marido y mujer. El sagrado vínculo del matrimonio los unió para siempre; pero en realidad, nunca se conocieron. Nunca se entregaron de verdad el uno al otro, pues se reservaron algo muy importante para sí mismos: la facultad de crear. No fueron generosos, ni con ellos mismos, ni para dar la vida a otros: se hicieron voluntariamente estériles, pues usaron anticonceptivos.

Lo miré, mientras él contemplaba a aquellos dos con un gesto triste. Todavía no me había respondido a mi pregunta, y le dejé continuar.

—No se entregaron el uno al otro plenamente, reservándose para sí algo tan importante en un matrimonio como es la fertilidad. Convirtieron sus relaciones sexuales en puro hedonismo, despojándolas de todo sentido y asemejándolas a la masturbación.

» Y por esa razón, están condenados a estar juntos durante todo el tiempo que permanezcan aquí, que, como te digo, ya va para varios siglos. Pero no se pueden mirar ni tocar el uno al otro. Solo pueden contemplarse de espaldas, durante el tiempo que dure su expiación. Él se pasa las noches sentado en ese sillón mientras contempla y escucha a su mujer tocar el piano, mientras que por el día es ella quien lo escucha a él recitar poesías. Unos poemas melancólicos, llenos de sentimiento, de tristeza y de lamento, mientras esperan a que llegue el día de su liberación.

—¿Cuándo será eso?

—Solo Dios lo sabe. Mañana, cuando amanezca, podrás oír alguno de esos poemas.

—Y, ¿qué pasaría si él se levantase e intentara tocarla?

—No podría. Sus manos atravesarían el aire como si allí no hubiera nada.

—¿Y si avanzara hacia allí para verla de frente?

—No vería nada. Solo el piano y la banqueta vacía.

—¿Y si fuera ella quien lo hiciera?

—Si ella se girara ahora mismo, vería el sofá vacío. Solo puede contemplarle de espaldas, por el día, y siempre y cuando él se dé la vuelta. Es el precio que están pagando por no haberse conocido de verdad en la Tierra. Ahora, tampoco se conocen.

—¿Por qué tiene que ser así?

Effekadesh suspiró y me miró con una mezcla de lástima y de compasión. Sus grandes ojos se abrieron todavía más, y me dijo:

—El matrimonio exige una entrega incondicional de los esposos, y estos dos, deliberadamente, no lo han hecho. Se han robado mutuamente una parte de sí mismos, es decir, no se han entregado en plenitud. Y las actuaciones de los hombres en el Tiempo se fijan en la Eternidad, de forma que quien haya hecho el bien gozará eternamente de sus beneficios, pero también, sus males lo perseguirán para siempre. En este caso, su egoísmo, su falta de generosidad.

» Solo aquí, en el Purgatorio, si se dan las debidas condiciones, se da una segunda oportunidad que siempre conduce al Cielo. Aunque eso sí, pasando por la purificación que estás viendo. Nada sucio puede entrar en el reino de Dios.

—¿Por qué van vestidos de novios? —pregunté, después de escuchar un poco más aquella triste melodía.

—Porque los novios deberían casarse vírgenes. Y estos, como no se conocieron en plenitud, es como si todavía no hubieran consumado su matrimonio. Sería algo parecido a la ansiedad típica de los esposos, que arden en deseos de que termine la boda para conocerse plenamente. La ansiedad que padecen estos es muy parecida, pues arden en deseos de que termine su purgación para amarse y amar a Dios. Pero con la diferencia de que los novios saben cuándo acabará la boda para que llegue el momento de gozarse, y estos, para su desgracia, no lo saben.




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