Ahora estábamos al aire libre, de pie en un paisaje. Era un paisaje desolado, devastado, como si hubieran pasado sobre él los cuatro jinetes del apocalipsis. No había hierba ni vegetación alguna; tan solo algunos árboles secos y quebrados, que se disponían aquí y allá y salpicaban el inmenso paraje como puntos, o más bien, rayas negras. Esto sí que parecía la Tierra, una tierra devastada, aunque quizá a un nivel muy primigenio.

Effekadesh giró la cabeza hacia la derecha con un movimiento lento, casi solemne, y yo, intrigada, seguí la dirección de su mirada. Lo que vi me dejó sin aliento: un camino, o mejor dicho, varios caminos que se bifurcaban como raíces secas en un suelo árido. Algunos eran más anchos, otros tan estrechos que apenas cabía un cuerpo. Por ellos avanzaban personas con una pesadez que dolía mirar, arrastrándose sin fuerzas, sin posibilidad de verse entre sí ni de intercambiar una sola palabra. El silencio era espeso, como si cada uno estuviera encerrado en su propio universo de sufrimiento.
Mis ojos se detuvieron en una figura que me golpeó el corazón: una mujer, no demasiado mayor, pero con el cuerpo castigado por la obesidad y la fatiga. Marchaba penosamente, sin piernas, con el trasero apoyado en una tabla de madera que parecía tan áspera como el camino mismo. Se impulsaba solo con sus brazos, que hacían las veces de muletas, y cada movimiento era una batalla perdida contra el dolor. El suelo pedregoso, lleno de obstáculos, convertía cada avance en una tortura interminable.
La mujer iba desnuda, como todas las demás almas, y sus lágrimas caían sin descanso, surcando su rostro como ríos de desesperación. Me quedé mirándola, sintiendo cómo algo dentro de mí se quebraba. Esta vez no pregunté a Jeff; la curiosidad y la compasión me empujaron hacia adelante. Podré tener muchos defectos, pero la timidez nunca ha sido uno de ellos. Siempre he sido lanzada, atrevida, y ahora esa parte de mí se imponía.
Me acerqué al borde del camino, con el corazón latiendo fuerte, y le hablé con voz firme, aunque por dentro temblaba.
—¿Qué le ha ocurrido?
La señora se detuvo. Sus brazos quedaron suspendidos en el aire, y alzó la cabeza con un gesto lento, como si le costara arrancarse del peso invisible que la aplastaba. Sus ojos, enrojecidos y llenos de lágrimas, se movieron buscando el origen de mi voz, aunque pronto comprendí que no podía verme. Había en su mirada una mezcla de sorpresa y cansancio, como quien escucha un eco inesperado en medio del desierto.
—Estáis en dimensiones diferentes, Martina —explicó Effekadesh, que se colocó a mi lado con su presencia luminosa y serena—. Es por eso.
Asentí, aunque mi curiosidad seguía intacta. Me incliné un poco más hacia ella, como si ese gesto pudiera acortar la distancia entre nuestros mundos.
—¿Por qué no tiene usted piernas? —pregunté, sin rodeos.
La mujer respiró hondo, y sus hombros se sacudieron con un leve temblor. Luego comenzó a hablar, secándose las lágrimas con el dorso de su mano, en un gesto que parecía aprendido de tanto repetirlo.
—Cuando yo me casé —dijo con voz quebrada, pero firme, secándose las lágrimas con el dorso de su mano—, dejé a un lado mi individualidad, es decir, dejé de ser yo, para convertirme, junto con mi esposo, en una cosa más grande, más plena, más completa: nos constituimos en una familia. Y esa es una empresa conjunta en la que muy frecuentemente la persona debe abandonar el "yo", con tal de que sobreviva el "nosotros".
La mujer hablaba como si estuviera recitando una lección. Como si se lo hubiera aprendido de memoria, y ahora llegaba el momento de soltarlo ante quién demandaba una respuesta.
—¿Cómo se llama usted? —pregunté, suavemente
—Me llamo Lucía —respondió, y su voz se quebró apenas al pronunciar su nombre, como si ese sonido le recordara algo perdido. —Como he dicho, yo dejé de ser la persona que era, para formar una familia. Una familia a la que yo, como parte indisoluble de esa nueva realidad, debía dedicarme por completo, de la misma manera que antes me dedicaba a mí misma, pues mi esposo tampoco era ya una persona separada y diferente, sino que formaba parte de mí, de la nueva realidad que yo ya era. ¿Lo entiende usted?
—Sí, creo que sí.
—Muchacha, por la voz creo que es usted joven. Lo que le he descrito se llama pertenencia. Mi marido me pertenecía y yo le pertenecía a él. Pero ojo, no es una pertenencia como la que se tiene respecto a una casa, a un terreno, o a un mueble. Porque esas cosas, si se pierden, en realidad no se pierde nada. Pero si se pierde, pongamos por caso, una pierna o un brazo, ¡eso sí que es una pérdida! Una pérdida irrecuperable, y para siempre. Ese el tipo de pertenencia a que se refiere el matrimonio, el matrimonio cristiano, y por eso no tiene sentido alguno la separación, pues sería equivalente a una amputación.
—Me parece que ya lo entiendo —afirmé mirando al lugar donde deberían estar sus piernas.
—En definitiva —siguió—, puedo tener una pierna que no me funcione, que tenga los tendones mal, o que tenga artrosis. Pero es mi pierna, y no puedo cambiarla por otra “ortopédica”, que siempre, siempre, será peor, por la sencilla razón de que no es la mía.
—Así es, Martina —confirmó Effekadesh, y al hablar, Lucía lo miró, escrutándolo de arriba a abajo. Al parecer, las almas del Purgatorio sí pueden ver a los ángeles—. Ya os lo dijo Jesús cuando estuvo en la Tierra: «el hombre y la mujer dejarán a sus padres y se unirán para formar una sola carne; por consiguiente, ya no serán dos sino uno solo».