Esta vez ya era plenamente de noche, y estábamos en un paraje similar al anterior, pero con una notable diferencia: ahora llovía. Era una lluvia persistente, a veces más intensa y a veces menos, como un aguacero en ocasiones, y otras veces más liviana como una simple llovizna. La humedad formaba una especie de bruma que, unida a la noche, hacía que la visibilidad fuera escasa.
Pero no por eso dejábamos de ver a los penitentes. Aquí no había caminos, sino que estos vagaban erráticamente por el paisaje desolado, sin rumbo aparente alguno. Parecían zombis que no paraban de lamentarse, y de vez en cuando se tumbaban en el suelo revolcándose por el barro. Estaban desnudos, y había casi tantos hombres como mujeres. Desde luego, estos sufrían más que los demás. No parecía haber consuelo posible para ellos.
—¿Quiénes son? —pregunté a Effekadesh.
—Son fornicarios.
—¿Qué?
—Personas que han mantenido relaciones sexuales con otras, sin estar casadas.
—Solteros, vaya.
—Sí, claro. Si han copulado con un casado o con una casada, el otro no sería fornicario sino adúltero —o adúltera—, y estaría con los de antes.
—¿Aunque se haya arrepentido?
—No. En ese caso, si el adúltero ha vuelto, o ha pretendido volver —aunque no lo haya conseguido—, con su esposo o esposa, Dios lo perdona y estaría en otro lugar. Un lugar diferente donde purgaría sus culpas y el pecado cometido.
—Espera, Jeff, no acabo de entenderlo. ¿Me estás diciendo que si un adúltero o adúltera se arrepiente, se le perdona?
—A ver, las cosas no son blancas o negras. Hay muchos atenuantes, y también agravantes. Si una mujer, pongamos por caso, se arrepiente de haber cometido adulterio, de haber expulsado a su marido de su vida, y quiere volver con él pero este la rechaza, su culpa queda bastante atenuada.
—Siempre y cuando ella no vuelva después con otro hombre, ¿verdad?
—Exactamente, Martina. Veo que vas comprendiendo. Ella sigue casada, y respeta su cuerpo, que no le pertenece a ella sino a su marido. No se lo entrega a otro hombre, pues sería robarle a su esposo lo que legítimamente le pertenece, igual que a ti te pertenecen tus brazos o tus piernas.
—Sí, sí, ya me di cuenta. Pero, ¿aunque ella hubiera sido la causa de que su marido se haya ido con otra, y por tanto él hubiera cometido adulterio con esa tercera?
—El marido entonces sería un adúltero y estaría en el lugar de antes. Ella no sería adúltera, pero sí sería responsable de un adulterio, y estaría purgando sus penas en otro lugar. El lugar donde están los que han hecho daño a otros, o los que, por su culpa, han originado que otros se condenen en el Infierno. Esa gente sufre indeciblemente, como ya podrás comprobar.
—¿Los del Infierno?
—No. Allí no iremos. Me refiero, a los que sufren en el Purgatorio. Son aquellos que se llaman “los causantes”. Ciertamente, son los que más tiempo llevan en este lugar, y, ¿sabes qué? Se abrazan a esos sufrimientos y desean hacerlos si cabe más grandes, a causa de todos los remordimientos que tienen. Solo la misericordia de Dios podrá, algún día, sacarlos de aquí.
—Ya, claro. Del infierno es imposible salir. ¿No es así?
—Así es. Los condenados tienen allí unos remordimientos horribles, que no los dejan vivir. Tantos, que jamás saldrán de ese lugar, entre otras cosas, porque jamás aceptarán la misericordia de Dios.
—¿Por qué?
—Porque sus pecados son muy grandes y los cubren por completo. No queda nada sano en ellos que pueda sanar a lo demás. Y eso es porque han muerto sin arrepentirse de nada ni pedir perdón a Dios. Su voluntad queda fijada en el momento de la muerte, y ya no hay remisión posible. Es indescriptible el horror que se sufre en ese sitio, Martina.
Tragué saliva. El Infierno tenía que ser un lugar terrible, mucho más de lo parecía que era el Purgatorio. Mismamente, en esta zona de lluvias en la que nos encontrábamos ahora, la gente parecía sufrir bastante. Una lluvia que, por cierto, era agua salada, según pude comprobar cuando cayó en mis labios.
—Este sitio también es bastante malo… —comenté, a juzgar por los gemidos y revolcones que se daban por el suelo aquellos fornicarios.
—¡Ah!, no tiene comparación, Martina. Estos penitentes saben que finalmente llegarán al Cielo, y ahora sufren por verse tan manchados de iniquidad.
—¿Por qué tienen esas llagas? —pregunté, al verlos cubiertos de heridas. Unas heridas que, por cierto, acentuaban su dolor con el agua salada.
—Han ensuciado sus cuerpos con la fornicación. El cuerpo de un hombre o de una mujer solo puede ser utilizado sexualmente por su legítimo esposo o esposa. Por eso es. Fuera del matrimonio, nadie puede osar entrar en ese espacio sagrado.
—Pero, en realidad… ¿no es lo mismo? —pregunté, al darme perfecta cuenta de que yo era también una fornicaria—. Si dos personas se quieren…
—No, Martina. Si dos personas se quieren, lo que tienen que hacer es casarse. Es como darse un baño. Uno puede bañarse en una piscina de agua bendita, pues eso es lo que es el matrimonio, es decir, un lugar que unge a los esposos con ese sacramento que es santo, y que se materializa cada vez que se conocen y hacen el amor. Y otra cosa muy distinta es sumergirse en un lodazal de aguas infectas y malolientes. ¿Lo entiendes?
—Sí, claro. En ese último caso, una puede salir de allí enferma. ¿No es así?
—Así es. Enfermos están todos estos —los miró—, y se revuelcan en el barro para intentar curarse, pues se consideran miserables y dignos de toda reprobación. El lugar de su cuerpo donde un extraño les ha tocado con fines ilícitos, allí se ha desarrollado una llaga que no se curará ni se cerrará en todo el tiempo que estén aquí.
Me fijé un poco más a pesar de la oscuridad y pude ver que muchos de esos desgraciados eran verdaderas llagas andantes. No quedaba prácticamente ni una parte sana en todo su cuerpo. Por no hablar de sus genitales, cuyo aspecto causaba verdadero espanto mirarlos de tan mal como estaban.