Esta vez aparecimos en un paraje nevado. Era de noche, y la tímida luz del fondo estrellado dejaba ver, entre la ventisca, figuras errantes que se movían entre gemidos de dolor, avanzando pesadamente.
—¿Dónde estamos, Jeff?
—Este es el lugar donde están, entre otras personas, las madres que han asesinado a sus hijos.
Miré a mi alrededor. En verdad no había demasiada gente, como era de esperar. ¿Qué mujer iba a cometer una barbaridad semejante?
—Sé lo que estás pensando, Martina, y te equivocas.
—¿Puedes leerme el pensamiento?
—Solo cuando Dios me lo permite.
—Bueno, y ¿en qué me estoy equivocando?
—Hoy en día, en Occidente, uno de cada cuatro niños que son engendrados son asesinados por sus madres cuando aún están en sus vientres. No hay un lugar más peligroso en todo el planeta que el vientre de una mujer occidental.
—El aborto...
—Así es. Si ves este lugar tan vacío es porque, desgraciadamente, son pocas las almas que después de hacer eso tienen la inmensa fortuna de confesarse y pedir perdón a Dios antes de morir.
Entonces las demás...
—Ah, te puedes imaginar dónde están, después de haber cometido un crimen tan execrable.
En ese momento me acordé de que yo, cuando era muy joven, pensé que estaba embarazada y estuve buscando una clínica donde poder abortar. Afortunadamente para mí, todo se quedó en una falsa alarma.
—Este es un lugar muy duro, Martina —Effekadesh miró a nuestro alrededor—, y las almas que moran aquí suelen estar poco tiempo.
—¿Por qué? ¿No es tan grave lo que han hecho?
—Sí que lo es. Pero muchas de esas mujeres ya han purgado durante su vida gran parte de sus culpas.
—¿Cómo?
—No te puedes ni imaginar los remordimientos que suelen acompañarlas tras cometer semejante barbaridad. Los arrastran durante toda su vida, y ese arrepentimiento, unido a la confesión, hace que su estancia aquí no sea tan larga. Los pecados también se purgan en vida, Martina.
En ese momento, una anciana que transitaba por allí vio a Effekadesh, y se apresuró hacia nosotros suspirando de dolor. Estaba tiritando y “muerta” de frío.
—¿Tendría vuesa merced un mendrugo de pan?
Ante nosotros se mostraba una vieja desdentada con la piel completamente arrugada y la espalda encorvada, que estaba moqueando considerablemente por culpa del ambiente tan gélido en el que nos encontrábamos. Por supuesto iba desnuda, como casi todas las almas que habitan en el Purgatorio.
—Toma —le ofreció Jeff, alargando con su mano un pequeño pedazo de pan—. Pero a cambio, tienes que hablar con mi protegida.
—¿Con quién? —La vieja miró a los lados, sin poder ver, lógicamente, a nadie.
—Hola, buena señora —me dirigí a ella, y la mujer miró hacia el lugar de donde provenía mi voz.
—No soy ninguna “buena señora”, muchacha. ¡Soy la más perversa de las ánimas que hollaron la tierra!
—¿Por qué está usted aquí?
—¡Por ladrona! —exclamó, casi escupiendo las palabras—. Por ladrona estoy aquí, y moraré en este lugar hasta el mismísimo día del Juicio Final, tan grandes son mis culpas.
—¿Por ladrona?
—Sí, Martina —intervino Effekadesh—. ¿Acaso pensabas que los pecados “de la carne” son los que más castigo tienen?
—Pero, ¿qué ha robado usted? —la miré.
—¡De todo! ¡He hurtado de todo! —consiguió decir, entre los tiritones. Un frio que, curiosamente, yo no sentía, a pesar de estar descalza y en pijama, como tampoco lo sentía mi ángel de la guarda.
La mujer permanecía de pie con los brazos cruzados sobre el torso, sobre aquellos pechos arrugados y caídos que le llegaban más allá del ombligo, intentando darse calor sin conseguirlo. Sus pies estaban azules, yo creo que completamente congelados, por estar pisando la nieve descalza. Tan solo se aliviaba durante los escasos segundos que estos permanecían en el aire alternativamente, dando aquellos pequeños saltitos. Con los dedos índice y pulgar de su mano derecha se limpió los mocos que ya le llegaban por la barbilla, y los arrojó al suelo con desdén.
—¡He hurtado de todo! —siguió—, y a muchas gentes.
—¿A quién?
—A mis nueras; a mis vecinas; a mis paisanas del pueblo. ¡A todo el orbe! ¿Por quién quisiereis vos que comenzara?
—Pues…
—Empieza por tus vecinas, Domitila —sugirió Effekadesh.
—¡Mis vecinas! ¡Ja! —exclamó—. A esas fue a quién menos hurté.
—¿Qué les robó?
—Les hurté su honra y su buena fama —aseveró.
—No entiendo…
— Ved, hija. Paréceme que sois moza, al menos por la voz. ¿Sabe vuesa merced qué son los chismes, los chismorreos, digo, y…
—Sí, señora —interrumpí—. Usted es una cotilla, pero de las malas. —No pude contenerme. En casa de mis padres, en Córdoba, había una mujer así y conozco bien el paño.
—¡Vos lo habéis dicho! —confirmó—. Una cotilla, una alcahueta, ¡y de las peores! Me pasé la vida chismeando la vida de mis vecinas, para luego soltar ponzoña por mi boca a todo el orbe. Mentí, exageré, difamé, murmuré, critiqué… Hice el mal a muchas gentes, y por ende estoy aquí. Bueno, por eso, y porque el santo cura de Ars, que en gloria está, por mediación de mi ángel custodio, pudo venir desde el futuro por bilocación para conseguir que me confesara con él y que me arrepintiese de todo justo antes de morir. ¿Me habéis oído bien?
—Sí, señora.
La mujer volvió a estremecerse por el frío, y yo le pregunté:
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Cuatrocientos veinticinco años, tres meses, catorce días y… tres horas, creo —consiguió decir, entre los tiritones y los saltitos.
—¿Tanto? ¿Solo por chismosa?
—¡Ja! —volvió a exclamar, mientas profería un gemido de frío. Sus músculos se tensaron y sus brazos se juntaron intentado inútilmente darse calor. ¡Ojalá fuera solo por eso!
—¿Qué más hizo usted?
—Malmetí a mis hijos contra sus esposas, de forma incesante. De nuevo, mentí, exageré, difamé, murmuré y las critiqué a todas y cada una de mis nueras… ¡Incluso hice un pacto con el diablo para conseguir que una de ellas se muriera después de abortar a mi nieto!