Purgatorio

La rosaleda

Abandonamos aquel lugar tan terrible, y en un abrir y cerrar de ojos aparecimos en otro sitio completamente diferente, que no tenía nada que ver con lo que había visto antes.

Se trataba de un vergel. Sí, un campo lleno de flores, de rosas, cuyo exquisito perfume saturaba el aire, y que abarcaba hasta donde llegaba la vista. Ahora no había tinieblas, sino una luz radiante que iluminaba un inmenso y esplendoroso jardín bañado por el sol.

—¿Dónde estamos, Jeff? ¿Es esto la antesala del Paraíso?

—No, Martina. Esto es otro lugar de purgación.

—¿En serio? ¿Cómo es posible?

—Es un lugar que está lleno de sacerdotes, entre otras personas.

—¿De sacerdotes? Claro —consideré— estos tienen "enchufe", y los traen a este sitio tan cómodo.

—Te equivocas. Este lugar no es nada cómodo, sino más bien todo lo contrario. Estas rosas, como supongo que sabes, están llenas de espinas. Es una flor que sale de un tallo cubierto de púas.

—Sí, conozco bien esas plantas. Mi abuela las tenía en su casa y yo le ayudaba a podarlas en otoño. Era difícil no pincharse con alguna, aunque se tuviera cuidado.

—Estás en lo cierto. El campo que ves es tan tupido, que no tiene caminos internos por los que transitar. No se puede avanzar sin pincharse una y otra vez, constantemente. Los penitentes tienen que llegar hasta esas montañas del fondo, donde también hay rosales, y después otro valle igual, y así sucesivamente.

—O sea, que tienen que avanzar como avanzaban los adúlteros. No vagan erráticamente.

—Así es. Y si aquellos estaban llenos de llagas, estos están cubiertos de arañazos y heridas, que se incrementan cada vez que nuevas espinas se vuelven a clavar en el mismo sitio.

—¡Uf! —musité—. Vaya, que la mortificación es constante.

—Sí. Es el equivalente a la lluvia de agua salada que allí viste, y que nunca cesa.

Miré al paisaje que ahora ya no me parecía tan idílico. En efecto, aquí y allá se veían las cabezas de algunos hombres y también mujeres que avanzaban despacio, como a trompicones, y con cada paso emitían un grito de dolor.

—Solo se calman cuando se paran, pero el ansia de seguir adelante para encontrarse con Dios les impide detenerse. El avance es lento, como puedes comprender, pues el suelo también está lleno de ramas secas cubiertas igualmente de espinas, y, bueno, ya sabes que van desnudos del todo, y por tanto, descalzos.

—Pero, no solo hay sacerdotes aquí, ¿verdad? Veo también a mujeres.

—Sí, desde luego. Aquí están también todos aquellos que solo han dado de comer a su cuerpo mientras su alma estaba hambrienta. Son los onanistas, los perezosos, todos los que han preferido el placer inmediato, efímero y vacío, en lugar del placer duradero y eterno; y también está lleno de ciertos políticos y dirigentes. Estas son personas que han prometido un paraíso en la Tierra, y no han traído más que sufrimientos. Por su culpa se han condenado muchas personas, y son responsables indirectos de muchos de los pecados cometidos por sus súbditos.

—Ya, ya. Pero, no entiendo. ¿Por qué las rosas?

—Este es un lugar de privaciones. Los sacerdotes, por ejemplo, por la omisión de su deber que es salvar almas han privado de la gloria a otras personas, es decir a otras personas que se han condenado por su culpa, y aquí purgan ese pecado con la privación de todo tipo de comodidades. Sufren un gran disconfort que no se alivia con nada, pues están constantemente pinchándose.

Yo observaba a los penitentes, hombres y mujeres, todos ensangrentados, con espinas clavadas en brazos, piernas, incluso en el rostro. Algunos gemían en silencio, otros apretaban los dientes con desesperación. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Entonces las rosas… —murmuré, intentando comprender.

—Las rosas y su aroma simbolizan ese placer engañoso —explicó Jeff—, que en realidad esconde un engaño, y que no se aprecia bien hasta que no se intenta agarrar.

—Las espinas —dije, con un nudo en la garganta.

—Así es —confirmó, con un leve movimiento de cabeza.

—Entonces los curas que hay aquí son los que han abusado de…

—No —me interrumpió con firmeza, mirándome a los ojos—. Esos pecados son muy graves, y los llevan directamente al infierno. Los que consiguen salvarse y llegan aquí sufren indeciblemente. Sin embargo, sus víctimas, sí se han encomendado a Dios, gozan de gran gloria en el Cielo.

Sentí un estremecimiento. El tono de Jeff se volvió más grave:

—El problema es que además del gran delito que es el abuso, en muchas ocasiones también han originado que esas personas se alejen de la fe y se condenen, odiando la religión y todo lo que representa. Por lo tanto, tienen un castigo doble. Por un lado, su delito directo, y por el otro el indirecto como "causantes".

—Ya —susurré, mirando las rosas que parecían más rojas que nunca—. No me extraña que este lugar esté lleno de ellos.

—Está lleno de ellos —confirmó—, aunque la gran mayoría no están aquí por abusar de nadie. A pesar de lo que dice la prensa, en ese escándalo solo incurren muy pocos sacerdotes. Los que hacen esas barbaridades, afortunadamente, son escasos.

—¿Entonces? —pregunté, con el corazón acelerado.

—Ese lugar está lleno de obispos y prelados que han incumplido su principal deber que es el de salvar almas y conducirlas al Cielo.

—¿Cómo? —mi voz sonó incrédula

—Pues principalmente porque han dejado de advertir sin descanso contra este lugar y sobre todo, contra el infierno. Que es precisamente lo que hacía Jesús en sus predicaciones.

—Pero, ¿no es eso lo que hacen?

—No, Martina. Más bien es lo que hacían. Hace ya muchas décadas que ya no hablan de eso, porque tienen miedo de "espantar" a los fieles.

—¡Ah! —exclamé, sorprendida—. No lo sabía.

—En el caso de los sacerdotes, por no espantar a los fieles, por regalarles los oídos, los han traído a este lugar, o lo que es peor, a la condenación eterna.




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