Estaba amaneciendo. Effekadesh me llevó de nuevo a la inmensa sala con el suelo ajedrezado donde había conocido a Esteban y Clotilde. Ahora, con los primeros rayos del sol, ella había dejado de tocar y mantenía las dos manos entrelazadas con los antebrazos apoyados sobre la tapa del piano. Tenía la cabeza baja y los ojos cerrados, como esperando algo, y ese algo sucedió. Su marido comenzó a recitar un enternecedor poema lleno de angustia y remordimientos.

En este salón de mármol y silencio,
donde el tiempo se disuelve en notas lentas,
te contemplo, amor, sin verte del todo,
como quien mira un sueño que no despierta.
Tu figura, vestida de blanco eterno,
se mece al compás de un piano que llora,
y cada lágrima que cae en las teclas,
es un suspiro que mi alma devora.
No hay noche que no te escuche,
ni hay día que no te recite,
pero jamás nuestras miradas
se cruzan, ni se permiten.
Estamos juntos, sí, en esta condena,
unidos por votos que yo pronunciara,
por un amor que fue promesa,
pero no raíz que germinara.
Nos negamos el don de crear,
por miedo, por ego, por cálculo frío,
y ahora el cielo nos ha dado
un tiempo sin fin, sin rocío.
Tu música es mi castigo y mi consuelo;
cada acorde es un pétalo de pena,
y yo, desde este asiento sin destino,
te amo más en cada escena.
Mi pena es una nota que el tiempo no disipa,
en este inmenso salón de baldosas que brillan.
Sentado en este sillón mi alma suspira,
mientras los dedos de mi amada al piano se inclinan.
Destino amargo y cruel,
es el que hemos de aguantar,
por no habernos sido fiel,
ahora hemos de sopesar.
Por no habernos dado aquella miel,
vemos los siglos pasar,
Y ahora gustamos la amarga hiel,
sin podernos contentar.
Entregamos nuestros cuerpos,
pero no nos dimos el alma.
No nos dimos en plenitud,
Y ahora no tenemos calma.
Ella está de espaldas, su cabello oscuro se agita,
con melodías que despacio me llegan.
Yo la miro, la escucho y mi alma se agita,
y mis ojos, de lágrimas se anegan.
Pude verla de frente, pude amar su mirada,
pero yo me hice estéril, me negué a darme.
Y ahora solo contemplo, a un alma desterrada,
Aquella mujer a la que impedí amarme.
Quisiera yo sentirla, quisiera yo tocarla,
pero mis manos, como el aire la traspasan.
¡Qué daría yo por abrazarla!
Mientras veo que el tiempo pasa.
Su vestido blanco de novia, cual espectro,
me recuerda lo que fue, lo que no ha sido,
y en la distancia mi pena, de triste aspecto,
de un amor que no fue, que no ha existido.
Escucho mis poemas, los versos del dolor,
Y me lamento por el amor que no conocí;
por la vida que no creé, por la pasión sin color,
por la condena en la que estoy, y el final que no vi.
En la noche volveré a oírla tocar,
y la escucharé de nuevo con el alma rota.
Mi pena será un verso, un suspiro, un lamentar,
en esta cárcel de almas, de pena y de congoja.
Recuerdo el día en que dijimos “sí”,
con labios que del alma no sabían.
Y ahora siglos después te escucho
tocando esta triste melodía.
¿Quién eres tú, mujer de encaje y sombra?
¿Quién fui yo, hombre de gesto iracundo?
Nos casamos y no nos conocimos,
nos unimos y fuimos infecundos.
Este salón de pena, desdicha y de pesar,
condenado a existir en un castigo,
colmado de dolor y malestar,
por no estar tú aquí conmigo.
Aquí permanecemos, esperando,
como estatuas sin que toquen,
esperando siglo tras siglo,
sin un amor que se desboque.
Lamentando aquellos días,
en los que vivimos ausentes.
¡Justo castigo de almas impías!
Recio pesar de seres dolientes.
¿Será que algún día el alba
nos devuelva la mirada?
¿Será que Dios, en su clemencia,
nos permita una jornada?
Mientras tanto seguiré sentado,
escuchando tu piano llorar,
y tú, cuando el sol se levante,
escucharás mi alma cantar.
—¡Qué trise es esto, Jeff!
—Desde luego.
—¿Siempre recita la misma poesía?
—Todos los días la misma, y luego sigue con otras. Así se pasan la vida, esperando que alguien se acuerde de ellos y rece alguna oración por sus almas.
—¿Es posible que alguien se acuerde de ellos?
—Siempre es posible, si los recuerdan. Los ángeles nos pasamos la vida suscitando recuerdos en los vivos, y alguna vez tenemos éxito. Si alguien ofreciera una misa por sus almas, su tiempo de expiación se reduciría considerablemente. E incluso con una simple oración se obtendría mucho fruto. Pero es tan difícil… ya nadie reza por nadie, ni siquiera sus familiares más cercanos.
Asentí. De mi círculo más próximo, no conocía a nadie que rezase, ni mucho menos que fuera a misa. Ni siquiera mi madre, que, aunque educada por mi abuela en la Fe, ya estaba totalmente alejada.
—Quizá los hijos que estos no tuvieron —siguió Effekadesh—, si los hubieran educado convenientemente, hubieran ofrecido una misa funeral a Dios por el descanso de sus almas y ahora ya no estarían aquí.
—Los hijos…
—Son un regalo de Dios, Martina. Pero el Diablo, siempre al acecho, ha hecho ver a las mujeres que son una carga y un estorbo, cuando en realidad no hay nada que produzca más satisfacciones, sobre todo a largo plazo. ¡Cuántas mujeres mayores suspiran arrepintiéndose por no haberlos tenido! Mujeres que no han tenido una triste hija que les llame, que les pregunte qué han hecho durante el día, que las consuele en su vejez.