De repente, otra vez estábamos en la habitación del principio, aquella tan enorme, que al parecer se llamaba “el Pórtico”. La única diferencia es que ahora no estábamos solos como la otra vez. Aquí y allá había algunas personas acompañadas de unos seres que, por la pinta, debían ser también ángeles de la guarda.
—Vaya, hoy está esto un poco menos vacío —comentó Effekadesh—. No hace demasiados años, esto era un hervidero de gentes de todas las edades y condiciones.
Ciertamente, no había más de cuatro o cinco personas, sin contar a los ángeles. Casi todas estaban llorando o al menos muy tristes, mientras sus protectores hacían lo posible para consolarlas y darles ánimos para la lucha que les esperaba.
Hasta entonces yo me había dejado llevar, sin plantearme nada. Quizá inconscientemente pensaba que todo lo que veía era un sueño, o mejor dicho, una pesadilla, como consecuencia de la droga que tomé. Pero en ese momento sí que me lo planteé, y además, seriamente. Si todo había sido un sueño, ¿por qué no terminaba de despertarme? Porque normalmente, en el momento en que una se da cuenta de que está soñando, de que tiene una pesadilla, es cuando se despierta…
Pero yo seguía allí, agarrada de la mano de Effekadesh. Una mano a la que ahora yo estaba apretando con fuerza, como para cerciorarme de si todo era verdad. Se la apreté varias veces, y en ese momento me di cuenta de una terrible realidad: yo había muerto y ahora me esperaba una horrenda condena en el Purgatorio, probablemente con los fornicarios.
—¿Por qué me has enseñado todo esto, Jeff? ¿Por qué no me has acompañado directamente a mi destino? ¿Eh? ¿Cuál es? ¿La lluvia salada?
—¿Tu destino, Martina?
—Sí, mi destino. ¿Es con los fornicarios? ¿Con las mujeres impúdicas? ¿Eh? ¿Dónde?
—Tu destino ahora mismo es en Infierno, pues no te has confesado, ni te has arrepentido, ni has pedido perdón a Dios por todos tus pecados.
—¿El infierno? —Se me secó la boca de repente. Se me nubló la vista y comenzó a entrarme una angustia tal, que creí desvanecerme en ese mismo instante. Pero no lo hice gracias a que Effekadesh me sostuvo, y sobre todo, gracias a lo que me dijo a continuación:
—Pero no podrás ir al Infierno porque todavía no has muerto. Sí, esta noche ibas a morir, porque la droga que has tomado es incompatible con tu cuerpo: tenías que haber sufrido un paro cardíaco. De hecho, has estado en coma durante gran parte de la noche. Pero hay alguien en tu familia que lleva muchos años rogándole a Dios por ti, y el Señor siempre escucha las súplicas de sus siervos.
—Mi abuela...
—En efecto. Ella está ya con nosotros en el Paraíso y ha conseguido que te mostráramos un anticipo de lo que te espera.
—Entonces, —mi semblante cambió—, ¿estoy destinada a sufrir penas de Purgatorio cuando me muera?
—Es probable. Muy pocos son los que entran en el Cielo directamente. Siempre queda algún rastro de pecado en cada uno de vosotros. Nada sucio puede entrar en el Reino de Dios.
Me entristecí, aunque no tanto como hacía solo un momento.
—No temas, Martina. El Purgatorio es un lugar de purificación, y no de sufrimiento.
—¿Cómo puedes decir eso, después de lo que me has enseñado?
—Es un lugar de purificación —insistió—, y solo de ti dependerá su intensidad y su duración. Por ejemplo, los devotos de la Virgen del Carmen, todos los que llevan su escapulario con devoción, tienen garantizada la salida de este lugar el sábado siguiente a su fallecimiento. Ese día, la madre de Dios vendrá a rescatar a sus hijos, los carmelitas, quienes la esperan con gozo y no con sufrimiento, llenos de esperanza y de fervor.
» Pero no solo existe ese medio. También los vivos, con sus oraciones y sufrimientos en la Tierra pueden ofrecer sufragios que mitiguen y reduzcan las penas de los purgantes. Por no hablar de las personas que comparten la cruz redentora de Cristo ofreciendo a Dios sus pesares terrenos. Ellos ya habrán pasado su purgatorio en vida, y, dependiendo de los casos, su estancia aquí será ínfima o incluso inexistente.
—¿Los sufrimientos en la Tierra hacen que las penas del Purgatorio sean menores?
—Así es.
—Pero entonces, ¿por qué a Lucía no le sirvieron de nada? Ella se quedó sola y sufrió un cáncer, le amputaron los pechos, al final falleció…
—No le sirvieron de nada porque no se los ofreció a Dios. Los sufrió de forma estéril, sin fruto alguno. De haber tenido fe, de haberse confesado con verdadero espíritu de arrepentimiento, podría haberle llevado a Jesús todas esas cruces para depositarlas a los pies de la suya, y con eso purgar en vida sus faltas e incluso las de otros. Pero no lo hizo. Solo la extremaunción que recibió en sus últimas horas le pudo abrir las puertas del Cielo, pasando eso sí, por un largo proceso de purgación como ya has visto.
—Sí, ya lo he visto. Y todo gracias a su ángel de la guarda. ¿Cómo se llamaba?
—Marilíadesh.
—Eso. Igual que el de Domitila, que también la salvó en el último momento. ¿Verdad?
—Sí, aquel también lo consiguió, y en su caso fue toda una proeza. Verás —siguió—, los ángeles de la guarda tenemos muy poco margen de actuación. Si nuestros protegidos quieren pecar, poco podemos hacer para impedirlo, aunque siempre intentamos evitarlo. Dios respeta la voluntad de las personas para hacer el bien o para hacer el mal.
—Pues entonces, ¿de qué nos sirve vuestra protección durante la vida?
—Evitamos muchos peligros, aunque no lo parezca. Pero lo que nos ocupa la mayor parte del tiempo es la lucha contra otros ángeles que os quieren devorar.
—¿A qué te refieres?
—A los demonios, Martina. A los demonios. Ellos también son ángeles como nosotros, solo que eligieron el lado “oscuro”.
—¿A mí me has tenido que defender de alguno?
—Muchas veces. Pero es una lucha encarnizada en la que no siempre ganamos.
—¿Por qué?
—Pues mayormente porque la persona se lo pone muy fácil a ellos y muy difícil a nosotros.