Purgatorio

El despertar

Era sábado por la mañana. La luz del sol entraba claramente por la ventana de mi habitación. Era la primera vez que veía algo tan deslumbrante, después de tantas tinieblas.

Me levanté para ir al baño. ¿Qué hora sería? El servicio estaba al final del pasillo, y para llegar allí tenía que pasar al lado de las puertas de mis compañeras Merche y Sonia. Fue en ese momento cuando esta última salió de su habitación.

—Anda que… vaya lo que te perdiste ayer.

—¿El qué?

—Amir. Nos dejó a las dos más que satisfechas. Yo creo que incluso hubiera tenido también para ti. Pero te fuiste a dormir…

—Ah, ya.

—De todas maneras, va a venir por aquí el próximo fin de semana. Así podrás comprobarlo con tus propios ojos. Mejor dicho, con tus propios ovarios.

—Yo no estaré aquí la semana que viene.

—¿Por qué? ¿Vas a ir a Córdoba a ver a tus padres?

—No. Bueno, sí. Mira, no se me había ocurrido. También allí hay un convento de carmelitas.

—De… ¿carmelitas?

Despertar

—Sí, Sonia. Me voy a hacer monja.

—¿Qué?

—Tengo que rezar y ofrecer misas por Lorenzo y por Lucía. Para que él entregue pronto su semilla a su legítima dueña, y para que Lucía encuentre sus piernas. Y también por Esteban y por Clotilde, para que puedan verse y abrazarse y entrar por fin en el Cielo. Y por Domitila, para que se perdone a sí misma y encuentre ángeles que de vez en cuando le entreguen mendrugos de pan. ¡Tengo que rezar por mucha gente! Sin olvidarme del obispo, claro, ¿cómo se llamaba…? En fin, rezaré también por él para que aquellas montañas del fondo sean las últimas por las que pase. Y también por Fabián, el contable, para que Dios le dé paciencia. Y claro, por mí misma, pues no me gustaría pasarme siglos mojando mis llagas en agua salada.

—¿Te has vuelto loca, Martina? ¿O es que lo que nos dio ayer Amir te ha hecho ver alucinaciones?

—También había pensado en casarme con Mario. Ese chico parece tener buenas intenciones. Pero claro, es más arriesgado. No vaya a ser que no quiera tener hijos, y entonces sería peor. Porque no quiero pasarme siglos tocando el piano encerrada en una habitación y muerta de hambre. Sí. Creo que lo del convento es lo mejor, y lo más seguro.




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