Enero, 2018
"Si algo bueno te pasa, viaja para celebrar. Si algo malo te pasa, viaja para olvidar. Si nada te pasa, viaja para que algo pase"
—Qué cagada... —suspiro con resignación. Aquella frase tumblr me inspira tanto como, a la vez, me hace sentir una completa fracasada. No tengo ni medio en el bolsillo. Y aunque viajar y conocer el mundo sea un placer solo para ricos, es lo que más deseo, pero ¿Cómo se supone que algun día podré hacer eso? —. ¿Qué mierda puedo hacer con mi vida? Si todo, últimamente en este país, está del carajo.
Torciendo una mueca, estampo la pegatina motivacional contra la cubierta de mi vieja libreta como un recordatorio silencioso y me dejo caer sobre el capó de la camioneta.
—Amaría que cayera un meteorito justo en este momento —imploro al cielo.
La tarde, desvaneciéndose en tonos naranjas y rojizos, me envuelve en una tristeza profunda. Resoplo. Enciendo el quinto cigarrillo y muevo un pie al ritmo de la música que proviene de los altavoces de mi camioneta vieja y algo destartalada. No me quejo, sé que soy afortuna por tener a «Lucero del alba», .
La desolación y el olor a gasolina se mezclan con el zumbido de las luces fluorescentes de la estación de servicio, creando una atmósfera que normalmente habría capturado sin dudar en la lente de mi cámara. Pero hoy, la culpa me pesa más que cualquier otra cosa. No solo robo cigarrillos en estos lugares. Ahora debo mucho dinero. ¿Cómo pude haber llegado a esto?
«Tú tienes la culpa de todo lo malo que ha pasado».
Mis ojos se nublan y la impotencia me carcome. De pronto, la puerta del establecimiento estalla, sacándome de mis pensamientos. Lizardo, mi medio hermano, sale disparado seguido de un torbellino de voces y el estampido de pies de una horda de fanáticas. Alarmada, me bajo de un salto del capó y maldigo entre dientes.
—No puede ser.
—¡Arranca el carro, Lu, arranca! —grita Lizardo abalanzándose hacia la camioneta, la adrenalina palpable en cada uno de sus movimientos.
Lo escaneo de arriba abajo, incrédula; está rojo como el culo del diablo, su camisa desabrochada y el pelo sudado hecho un nido de pájaros.
—Pero ¿qué...? —Paralizada, veo la multitud de chicas con sus rostros enardecidos y sus manos extendidas. Mi cigarrillo se cae al suelo—. ¡¿Qué coño está pasando?! —exclamo, buscando a tientas las llaves en los bolsillos de mi chaqueta.
Apresurada, subo a la camioneta; con el pulso tembloroso introduzco la llave y hago rugir el motor. Apenas Lizardo logra llegar al puesto de copiloto, cierro de un portazo.
—¡Acelera! —vocifera, echando miradas asustadizas por el espejo retrovisor—. ¡Acelera!
Los neumáticos chirrían y la multitud de chicas nos persigue con gritos ensordecedores. Por poco logramos escapar, dejando atrás la silueta difuminada de la antigua estación de servicio.
—Están locas —escupo, sintiendo el alivio efímero de la distancia.
—Y cada vez más —replica Lizardo. Porque él no es solo un influencer controversial; es el baterista de The Hands, la banda de punk-rock que está arrasando.
Ambos intercambiamos una mirada cómplice y estallamos en carcajadas, aliviados de haber escapado ilesos.
—¿Qué tanto hacías allí...?
El susodicho se queda en silencio y se abotona la camisa, tragando saliva.
—No quieres saberlo.
Me preocupa la velocidad con la que mi cerebro conecta los puntos. Maldito el día en que desarrollé este instinto para detectar sus cochinadas. Demasiada información que preferiría no tener.
—Guácala, qué asco.
Lizardo parece sentir vergüenza por primera vez en años.
—Al menos dime que trajiste mis favoritos.
—Pues claro —Lizardo sonríe orgulloso, asintiendo. Con movimientos torpes, deja sobre el salpicadero las dos bolsas repletas de Doritos y Ruffles y otras chucherías que son casi un lujo o una odisea conseguir por la escasez y los precios.
—Mierda... Allí fácil hay como cincuenta dólares.
—Increíble.
—Y cada día vamos peor —suspiro, estirando la mano hacia el botín—. Vaya, mira... ¡Torontos! ¿Cuánto tiempo sin ver unos?
—Te lo dije, en ese lugar tienen cosas de contrabando. Y por ser yo, fue totalmente gratis —chasquea la lengua con chulería—. A cambio de un favorcito... pero gratis al fin y al cabo.
—Si supieran que estás pelando bolas... no te harían ni caso —le digo.
—¿Y tú? —replica él.
—Pero tú eres «famoso» —ataco, dibujando las comillas en el aire con los dedos mientras mantengo la vista fija en la carretera.
—¡Exacto! Un famoso en Venezuela en pleno 2018 —estalla él—. Me vendo para sobrevivir. ¿Qué carajos esperas?
—A lo que hemos llegado... —tuerzo el gesto.
El sol, ya bajo en el horizonte, pinta el paisaje con tonos dorados y sombras que se estiran sobre el asfalto. Mantengo el pie a fondo en el acelerador, sintiendo el corazón latir al ritmo del motor, sin atreverme a mirar todavía por el espejo retrovisor. El camino serpentea entre campos abiertos y parches de bosque oscuros, convirtiéndose en un túnel de luces intermitentes hasta que, finalmente, desembocamos en la carretera principal.
—Por Dios... Dejé tirado hasta el cigarrillo —gruño, aún alterada, mientras busco uno nuevo a tientas—. ¿Cómo es que esas chicas se enteraron de que estabas allí?
El rostro de Lizardo se tiñe de un carmesí intenso, un color que contrasta con su habitual palidez. Se deja caer en el asiento, como si el peso de su error lo aplastara. Se hunde en el asiento, tratando de hacerse invisible, mientras el silencio incómodo se apodera del coche.
—Tal vez yo tenga la culpa de todo —confiesa, torciendo una mueca—. Subí unas stories a Instagram. Quería hacer publicidad a mi pueblo natal. Una fotico por allá y otra por acá. Y una mención honorífica a la tienda de la estación... por su maravilloso servicio.
—¿Colocaste la ubicación en tiempo real?