Putos kilómetros

Capitulo 7

Quiero irme a la mierda, escapar muy lejos de aquí, a algún lugar tranquilo, alejado del bullicio de la ciudad, de los problemas estúpidos y sobre todo, de las expectativas ajenas. Quiero una vida tranquila. Quizá cambiarme el nombre. Quiero una casita en lo alto de una montaña, o en un tren viajando por algún lugar olvidado del mundo mientras documento mis historias. En el futuro, no quiero ser exitosa, ni tener que demostrarle mi valía a nadie. Solo quiero ser yo y existir en paz. Ojalá pudiera recuperar a Lucero del alba.... Me duele ver cómo día tras día voy destruyendo mi cuerpo y mi mente un poco más, solo para cumplir con las responsabilidades con mi familia.

¿Y para qué? Si nunca lograré ser suficiente.

Pusilánime es un adjetivo que se usa para describir a una persona que no tiene valor, ánimo o fuerza para tomar decisiones o enfrentar problemas. Eso es exactamente lo que soy.

Estoy tan cansada, tan agotada, cayendo de nuevo en otra fase de autodestrucción, cigarrillos y canciones tristes. El ataque de pánico era inevitable. No he dormido casi nada hace varios días. Me siento muy herida. Ahora solo quisiera ser una nota musical y fundirme con la voz del vocalista de The Smiths en mis audífonos.

—So Please, Please, Please, Let Me Get What I Want—canto, al unísono con el alma rota.

El mentiroso de Lizardo me engañó. No vendrá a la ciudad. Mierda, quisiera tanto que esté aquí conmigo. Solo confío en él. En nadie más. Apenas si podemos hablar por teléfono. Sé que fue mi decisión mudarme sola a esta ciudad pero ya no soporto vivir ahogada en esta maldita soledad. Me arranco los audífonos, con rabia. Obstinada.

Cojo una rama del suelo y voy golpeando todo lo que me encuentre. Me gusta caminar para alivianar la mente y pensar en todas las vidas que puedo vivir si me atreviera mientras por otro lado, me resigno a sobrevivir otro día más a vivir una vida miserable que parece estar destinada para mí. La universidad me queda a quince minutos andando. Es jueves. Las clases se han reanudado.

Toda la noche Gia intentó ser amable conmigo, pero amaneció tan molesta porque no la dejé dormir con todas las vueltas que di en la cama, mis gritos por las pesadillas y el olor a loco del centro, que aseguró irse al pueblo a más tardar en el último autobús. Lo hubiese dicho antes para no volver a verle la cara, así no me bañaba en una semana entera. Lamentablemente cuando el agua llegó a las seis de la mañana, me obligó a bañarme metiéndome a juro a la ducha.

—«Al menos arréglate un poco».

—«No empieces. Ya me bañé, no exijas más».

Temprano preparé mi mochila con comida, y el uniforme del supermercado, para cuando salga de la uni, irme directo al trabajo. Voy pesada. Espero que mi jefe no me corra. Juego con la correa de mi portaplanos, hoy me toca ver Dibujo técnico y soy un asco dibujando con exactitud y normas imposibles. La tapa solo cierra con bastante tirro, que ya casi no pega, creo que puede aguantar hasta que lo sustituya, pero igual voy pendiente de que no se abra en cualquier momento y todo se me caiga al suelo.

Choco con uno de los obreros que están pintando una de las tantas plazas que hay en esta ciudad. Empezamos a bailar prácticamente hasta que me dice con cortesía: «Pase usted primero, señorita». Sin querer me doy cuenta de que están borrando la mayoría de los grafitis de protesta que hay en todo centro. Con la «Misión Venezuela Bella» para «embellecer» y hacer olvidar a la población.

Todos esos jóvenes que murieron en las protestas, todo su sacrificio está siendo borrado en el país entero, todo fue en vano.

—Que dolor. Que tristeza. Que impotencia.

Desafiando el agotamiento extremo, doblo la esquina de la avenida, y por unos cinco minutos me quedo en la parada a ver si consigo dar con el bendito autobús del pueblo.

—Por favor....—cruzo los dedos, escudriñando cada Encava que pasa—. Aparece. Aparece.

Desde ese lunes que perdí mi libreta siento que han pasado meses, años.

Transcurrido el tiempo que le reté al destino, decido continuar y como una guerrera con el espíritu derrotado camino tan perdida en mí que no me doy cuenta cuando llego al campus de la universidad. Doble S tenía razón, las autoridades no hicieron nada. El suceso casi no salió en los periódicos, si los medios de comunicación informan estos sucesos, los silencian porque fue la misma gobernadora quien mandó a sus colectivos. Pertenece a la guerrilla de los Tupamaros o algo así escuché. Los alrededores aún lucen vulnerados, todo está destrozado, con grafitis de penes por doquier. Trago saliva. Una cuadra más y llegaré al salón. Mañana será la misma rutina, así como la próxima semana y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente.

Antes de cruzar en el rayado, veo hacia los lados y atravieso la calle, pero como cosa rara el portaplanos se me cae al suelo, y la tapa se abre.

—Me espera un largo día —me agacho para recoger todo rápido. Los lápices y las reglas han volado por todas partes. Genial.

De golpe, escucho el rechinar de unos cauchos. Alzo la vista, pensando que atropellaron a algún pendejo, pero cuando veo el parachoques de una camioneta blanca frente a mí, entiendo que la pendeja atropellada soy yo. El conductor pita irritándome los oídos.

Caigo de culo al suelo, sin entender muy bien lo que ha sucedido.

Todo el mundo se queda parado observándome atentos sin moverse, el conductor solo me grita cosas y yo estoy muy desconectada de lo que está pasando, de la realidad, de mi propia vida. Me levanto con varios raspones en las manos, me sacudo el pantalón, incluso le pido disculpas al conductor por casi atropellarme, no me ha pasado nada, solo me he caído del susto.

—Oye, amiga ¿estás bien? —solo una chica intenta ayudarme, dándome mis lápices.

—Si, todo bien. Gracias.—sigo recogiendo rápido mis cosas, con la mente en blanco, como si nada hubiese ocurrido, para caminar directo a la facultad de ingeniería. Atrás dejo a muchas personas comentando sobre mí, pero yo no siento nada, además llego tarde a clases, debo terminar esta maldita carrera.




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