A mí me dices: «No más historias, no más viajes, no más videos». Y al otro día me tienes aquí en la terminal de autobuses lista para volver al pueblo, con la videocámara encaletada en la mochila y a nada de encontrar mi libreta. Suspiro. Amo ir en contra de todo lo que me impongan. Ojalá pudiera hacer lo mismo con la universidad. Este el mayor acto de rebeldía que puedo cometer ahora mismo.
Me atrevo a apostar una teta de que ese chico es el colector del bus que estoy buscando.
Me lleno de valor para ir a preguntarle si por casualidad encontraron mi libreta, pero de pronto toda la cola ya cansada de esperar y esperar, comienza a reclamarle a los chalecos rojos. En pocos segundos se arma un desastre porque llegan las cámaras de los periódicos más importantes del estado; El nacional, La prensa, El oriental. Los pasajeros aprovechan para reclamar y dejar en evidencia la situación. En un pestañeo pierdo de vista al chico, ya no está en el mismo lugar, lo busco con la mirada por todas partes y nada.
¿Desapareció?
Mierda. ¿Cómo lo hizo? Solo fue un segundo. Es como un gato escurridizo. Realmente espero que sea él. Me arden los pies por salir corriendo al autobús y subirme a preguntar, pero me contengo, en la cola pueden pensar que me estoy coleando y me acabaran desmoñando. La gente esta molesta.
De seguro, el chico regresó a la Encava. Eso espero. Al menos sé que subiré a ese bus, allí finalmente preguntare. «¿Por casualidad, no encontraron una libreta asi y asi...?»
No he fumado en lo que va del día, la ansiedad me sobrepasa, llevo horas en una cola de 6 putas horas, tengo hambre, a pesar de las pastillas no he dormido lo necesario para reponerme del cóctel de miedos, culpas y angustias. Mi umbral de paciencia está al límite, quiero irme ya. Me estoy quedando sin energia. Sin aire. Me desquicio...
—¿Por qué tardan tanto? —comienzo a desesperarme comiéndome las uñas, moviendo el pie izquierdo o haciendo ruiditos con la boca.
El autobús blanco permanece aparcado en el mismo lugar, unos quince minutos más. Gia me pide que dejé el desespero. «Quizá están comiendo» Me pide que sienta empatía por las personas que trabajan en ese autobús, que probablemente estan trabajando dedde antes del amanecer, han pasado todo el día en la carretera y necesitan un descanso para volver. Aunque yo siempre viajo, no imagino lo tortuoso que puede ser estar todo el día en la carretera. Al hacerlo, mi vista se nubla por completo y siento un horrible mareo.
Soy una egoísta. Es cierto. No pienso en nadie más que en mi misma. Me siento mal por ser así.
Tras pasar los 5 minutos más largos de mi vida, el autobús entra en el andén listo para partir. Esta es la ultima vez qie iré al pueblo en mucho tiempo...Cruzo los dedos porque este sí sea el bus donde dejé mi libreta. Los chalecos rojos indican que podemos subir pero en orden al autobús; todos están desesperados y el caos termina de estallar en la estación de autobuses. Muchas personas quieren adelantarse y subir como sea. Los buenos para nada del frente preventivo intervienen con excusas, de esta forma logran controlar la multidud asegurando que vendrá otro bus dentro de poco, mientras sonríen para las cámaras de los periódicos del estado. La fila avanza con orden y cuando estamos a nada de subir, busco a Gia detrás de mí y no la encuentro, los chalecos rojos la han detenido diciéndole que ya no hay puestos disponibles.
Me devuelvo y les prometo que yo le cederé mi puesto. Que no me importa irme de pie.
Al final, mamá y yo subimos de últimas h para nuestra sorpresa percibimos tres puestos disponibles al fondo. Esa gente no sabe ni contar.
De golpe, recuerdo el diseño geométrico de los forros azules en los asientos y me detengo en medio del pasillo. ¿Será este el bus que busco?
—¡Apresúrate Luciana, antes de que alguien más nos gane los puestos!
Me encojo de hombros, apresuro el paso y lanzo mi mochila en los dos puestos al lado de la ventana. Un hombre fornido y de complexión ancha se sienta a nuestro lado; comienza a hablar sobre cómo detesta viajar en autobús.
«El calor es insoportable» «La gente toda sudorosa....» «Y los chóferes que conducen como locos»
Me da la impresión que es de esos compañeros de viaje que hablan sin parar y se quejan de todo. «Ahorita el dinero no alcanza para viajar cómodamente...» «A lo que uno debe abstenerse» Aparte escupe cuando habla
Gia se une a la conversación y yo permanezco en silencio.
Sin efectos acuáticos por favor. Quiero decirle.
Desde mi puesto puedo ver todo lo que sucede en el autobús; a los pasajeros reclinar sus asientos o abanicarse el rostro con las manos. Un niño llora a moco suelto y alguien ríe a carcajadas. Apoyo mi barbilla en la palma de la mano, viendo la cola por la ventana. Realmente espero que llegue otro bus, hay muchas personas que no tienen donde pasar la noche en esta ciudad.
Uno de los chalecos rojos desmiente el rumor de que no saldrán más autobuses para el pueblo y no permite que en este vayan personas de pie. Dicen que no está en muy buen estado. Que podría accidentarse en el camino si se llena a tope. Así que no permiten que ningún pasajero vaya de pie en el pasillo. Cuando las puertas traseras comienzan a cerrarse; las maletas que están apiladas cerca de la escalera caen y traban la puerta. Algunos pasajeros intentan salvar el día, volviéndolas a su lugar, pero un coche rosa de juguete de niña queda atrapado en la parte de atrás de las puertas y nadie lo puede sacar.
Rosadito, tierno, pero super rudo...el cochecito.
La situación me resulta ridículamente graciosa y suelto una carcajada, no la puedo contener.
Los pasajeros me observan con mala cara y sacuden la cabeza. Apenada me hago pequeñita en el asiento. Me siento tonta, estúpida.
Alguien atasca el coche irremediablemente en la hendidura de la puerta. Entonces, le echan el muerto al colector y varios pasajeros comienzan a llamarlo.