Pylé: Ékbasis 12:09

Capítulo 2: Incidente código Ékbasis

Piso B5 23:07 hrs.

Daniela caminó tras él en silencio. Quiso preguntar qué era un Código Dieciocho, qué clase de cosas aguardaba en el nivel seis o por qué aquel hombre había reaccionado con tanto terror. Sin embargo, las advertencias del comedor resonaron en su mente con una fuerza renovada: "No hagas preguntas". Y, por primera vez desde que había pisado el suelo de KAMI Corporation, decidió que lo mejor era obedecer.

Para las once y media de la noche, el edificio parecía otro completamente distinto. No porque la infraestructura hubiera cambiado, sino porque ya casi no quedaba un alma en el lugar. Los laboratorios permanecían cerrados bajo llave, las oficinas estaban oscuras y los pasillos se extendían como túneles interminables donde el aire se sentía cada vez más frío. Los únicos pasos que todavía resonaban de forma amortiguada por los corredores pertenecían al personal de limpieza, a algunos técnicos de mantenimiento y a unos cuantos elementos de seguridad que patrullaban con el rostro crispado. Ramiro había desaparecido hacía más de una hora, y ahora Daniela trabajaba junto a Arturo, un hombre de poco más de cincuenta años, cabello entrecano y una calma imperturbable que solo podía tener alguien que llevaba demasiados años haciendo exactamente el mismo trabajo.

Mientras cambiaban una pesada bolsa de residuos de uno de los contenedores, Arturo rompió el hielo y habló por primera vez.

—¿Cómo vas?

—Bien.

—¿Muy cansada?

Daniela sonrió, tratando de disipar la tensión acumulada en sus hombros.

—He tenido peores trabajos.

Arturo soltó una risa breve, un sonido seco que carecía de verdadera alegría.

—Eso dicen todos el primer día.

Continuaron caminando en silencio. De pronto, el radio que Daniela llevaba en el cinturón emitió un fuerte chasquido eléctrico. KSSSH... "...mantenimiento..." sonó una voz ahogada antes de que regresara el silencio. Daniela golpeó ligeramente el aparato con los dedos, fruncido el ceño ante la estática que parecía vibrar en sus propios dientes.

—¿Siempre falla así?

—No.

—¿Entonces?

Arturo simplemente siguió caminando, con los ojos fijos en el suelo.

—Déjalo.

Llegaron a un largo corredor completamente vacío que parecía no tener fin, flanqueado por puertas cerradas que asemejaban lápidas de metal. Arturo se detuvo y señaló el piso de linóleo.

—Éste debe quedar listo antes de medianoche.

Daniela miró su reloj de muñeca.

—Falta bastante.

—No tanta.

Comenzaron a trapear desde extremos opuestos del pasillo. Mientras avanzaban, Daniela notó otra vez aquel fenómeno extraño: las luces no parpadeaban ni daban indicios de una falla ordinaria; simplemente, un sector completo disminuía lentamente su intensidad hasta dejar la zona en penumbra, mientras que el tramo contiguo aumentaba ligeramente su brillo. Era un cambio casi imperceptible, como si el edificio redistribuyera la luz de manera inteligente, o como si algo invisible estuviera absorbiendo la energía para canalizarla hacia las profundidades.

—¿Siempre hacen eso? —preguntó Daniela, conteniendo el aliento.

Arturo ni siquiera levantó la cabeza para mirarla.

—Sí.

¡CLONK! Una enorme compuerta metálica se cerró con violencia en algún lugar lejano del edificio, haciendo que el eco retumbara en el pecho de Daniela. Después vino otra. ¡CLONK! Y otra más. Cada detonación sorda parecía más lejana y profunda que la anterior. Daniela dejó de trapear un instante, apoyándose en el mango del utensilio.

—¿Qué fue eso?

Arturo exprimió el trapeador en la cubeta con un chapoteo pausado.

—Compuertas.

—¿Por qué las cierran?

Hubo un silencio pesado.

—No hagas preguntas.

Ella sonrió con un nerviosismo evidente, sintiendo una opresión creciente en la garganta.

—Todos en este lugar dicen lo mismo.

—Por algo será.

Un guardia cruzó el corredor casi trotando, con la mano puesta sobre la funda de su arma. No saludó ni miró a nadie; solo pasó de largo con la mirada perdida. Un minuto después, otro oficial hizo exactamente lo mismo, dejando tras de sí una estela de urgencia silenciosa. Arturo observó el reloj digital de la pared: marcaba las 23:47. Por primera vez desde que Daniela lo conocía, el hombre dejó de trabajar por completo. No hizo nada; solo permaneció inmóvil en medio del pasillo, con el cuerpo tenso, escuchando. Daniela también guardó silencio, aguzando el oído, pero no alcanzaba a oír absolutamente nada. Sin embargo, por la expresión rígida de Arturo, era evidente que él sí percibía algo.

Una mujer pasó empujando su carrito de limpieza a toda velocidad y, sin detenerse ni mirarla, soltó una advertencia en voz baja:

—Si una puerta no abre... no insistas.

Y siguió caminando hasta perderse de vista. Poco después, otro empleado apareció desde un laboratorio cargando varias cajas de plástico. Al ver el radio de Daniela, se detuvo un segundo.




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