Pylé: Ékbasis 12:09

Capítulo 3: Maternal (El final)

Piso B6 00:35 hrs.

El calor los golpeó de inmediato en el rostro. No era un ambiente cálido o tropical; era una atmósfera sofocante, densa y opresiva, como abrir de golpe la puerta de un horno industrial en pleno funcionamiento. Daniela retrocedió por puro instinto, chocando contra la pared del elevador. El aire abrasador le quemó la garganta desde la primera bocanada, haciéndola toser, mientras los ojos le ardían y sentía la piel del rostro tensarse al instante, como si estuviera a punto de ampollarse.

—¡¿Qué demonios...?! —exclamó, cubriéndose la boca con la manga del uniforme.

Arturo no respondió. Permanecía completamente inmóvil en el umbral, observando el pasillo en ruinas. Del otro lado del elevador, una ligera neblina trémula flotaba sobre el piso; no era humo de un incendio activo, sino ondas de aire caliente que deformaban la luz y hacían que las perspectivas del corredor oscilaran de forma macabra. Daniela dio un paso vacilante fuera de la cabina. Al rozar el marco metálico, sintió que irradiaba un calor vivo, una temperatura tan alta que podía percibirla incluso a través de las gruesas suelas de sus botas de seguridad. Cada respiración resultaba más pesada y dolorosa que la anterior.

Al mirar hacia el techo, observó que enormes tuberías industriales recorrían todo el corredor; algunas seguían emitiendo un ligero y agudo silbido de presión, mientras que otras crujían lentamente a medida que el metal se contraía. Tac... Tac... Tac... El sonido rítmico resonaba en el vacío, como si el edificio entero todavía estuviera enfriándose tras una catástrofe.

—¿Hay un incendio aquí abajo? —preguntó Daniela con dificultad, sintiendo el sudor correrle por las sienes y empaparle el cuello.

Arturo negó despacio con la cabeza, sin apartar la vista del corredor calcinado.

—No. —Tragó saliva, con un esfuerzo visible—. Lo provocaron.

Daniela lo miró, completamente confundida y aterrada.

—¿Qué?

El hombre señaló las tuberías superiores con el mentón.

—El protocolo de contención. —Hizo un silencio pesado antes de continuar—: Intentaron cocinar todo este nivel.

La frase quedó suspendida entre ambos, flotando en ese aire denso que apestaba a muerte. Daniela volvió a observar el pasillo con detenimiento. La pintura de las paredes aparecía completamente cuarteada y desprendida en tiras; algunas placas metálicas de los muros se habían deformado por el calor extremo, curvándose hacia afuera, y varias puertas blindadas mostraban densas manchas oscuras y carbonizadas alrededor de sus marcos, como si hubieran estado expuestas a temperaturas imposibles para cualquier instalación humana. Los vidrios reforzados de los laboratorios de observación estaban completamente estrellados, pero los fragmentos apuntaban hacia afuera, hacia el pasillo, delatando una presión interna brutal antes de romperse.

Arturo comenzó a caminar lentamente, y cada uno de sus pasos resonaba con un eco hueco en aquel inmenso corredor vacío. El aire olía a metal al rojo vivo, a plástico derretido y, debajo de todas esas capas químicas, persistía otro olor: un hedor orgánico, dulce y descompuesto, sumamente difícil de describir. Daniela sintió una oleada violenta de náuseas que la obligó a taparse la nariz.

Unos metros más adelante se toparon con el primer cuerpo, aunque estaba claro que no era humano. Algo completamente carbonizado permanecía pegado al piso, justo al lado de una puerta de seguridad destruida. Costaba reconocer su forma original debido a la incineración; parecía una masa negra, retorcida y asimétrica, de la cual sobresalían fragmentos óseos imposibles de identificar. Había una extremidad demasiado larga, una estructura torácica que no correspondía a ningún animal conocido y algo parecido a una mano extendida sobre el linóleo derretido... aunque ninguna mano natural debía terminar en semejante cantidad de falanges y apéndices.

Daniela dio un paso atrás, sintiendo que el piso temblaba bajo sus pies debido a su propio pánico.

—¿Eso...?

Arturo permaneció observando la masa calcinada durante varios segundos. Después, negó lentamente con la cabeza.

—Funcionó.

Ella lo miró, perdida en el horror de la escena.

—¿Qué cosa?

Arturo señaló los restos con el dedo.

—El calor. La mató.

Durante unos instantes ninguno de los dos se atrevió a hablar. El silencio en el nivel B6 era absoluto, roto solo por el goteo de algún químico y el crujido del metal. Después, Arturo levantó lentamente la vista y observó la inmensidad del corredor: las decenas de puertas abiertas de par en par, los cristales rotos esparcidos por el suelo y las sombras que se alargaban en las esquinas. Fue entonces cuando pronunció una frase que hizo que el estómago de Daniela se hundiera por completo:

—Si quedó una aquí... ¿dónde están las demás?

El silencio de la instalación respondió por él casi de inmediato. Muy lejos, en algún recodo oculto del mismo nivel, volvieron a escucharse aquellos sonidos horribles. Húmedos, guturales y pastosos, como si decenas de gargantas deformadas intentaran imitar palabras humanas que no comprendían. Pero ahora había una diferencia fundamental que congeló la sangre de Daniela: ya no viajaban a través de los conductos de ventilación del edificio. Ahora... los sonidos venían directamente del mismo pasillo en el que ellos se encontraban.




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