Cada pobre prenda que traje conmigo fue a parar al ropero y el dinero al cajón de la mesa de noche. Solo dejé por fuera la Biblia que traía conmigo, con meditada intención, dejada encima para no olvidar leerla cada noche, pero sin motivos ni ganas reales de hacerlo. Quizás comenzaba a cuestionarme cuánto traía de mí y cuánto de lo que se esperaba de mí.
Salí del baño con una toalla agitada por mi mano sobre mi cabeza para secar mis cabellos y otra enrollada alrededor de mi cintura. El clima era fresco, pero no tenía frío, aun si recién salía de ducharme. Antes había abierto la ventana para que se fuera cierto olor a humedad, pero entonces me parecía mejor cerrar el vidrio y la cortina. La señora Marina estaba ahí, a los pies de los escalones de la entrada, hablando con un hombre parado en la acera. No tuve que mirar demasiado para entender la identidad de él; su uniforme de policía decía que quizás el rumor de un hombre nuevo en la zona ya había comenzado a esparcirse y él debía comprobar de quién se trataba, quién era yo.
Marina giró su cabeza a la izquierda, justo hacia mi ventana, como si sintiera mi mirada y luego yo volví a verlo. Él también me estaba viendo de vuelta. La seriedad de su rostro fue imperturbable y entonces él bajó la cabeza en señal de saludo para luego darme la espalda y alejarse. Cuando volví a las escaleras, Marina ya no estaba ahí.
«¿Tú crees del todo en lo que ellos dicen?» Me preguntó Hilda una vez que estábamos en su cocina. Había ido a ayudarla o, al menos, intentarlo ya que el accidente de su esposo era reciente. Yo tenía 17 años. «¿Sí creo en qué, señora Hilda?» Dije, pero ella estaba de espaldas a mí, lavando trastes en la pileta de la cocina mientras yo, sentado a la mesa, picaba cebollas. «Si tú crees en lo mismo que ellos, Álvaro. En todo lo que dicen.» No supe qué decirle, solo bajé mi cabeza. Ella se detuvo, puso sus manos en el borde de la mesada y suspiró cuando miraba por la ventana. «Te entiendo, opinar diferente puede, como efecto casi inevitable, crear distancia. Puede que todavía seas muy joven para entender el valor de esa distancia.» Dijo cuando volvía a su tarea anterior. Tampoco dije nada, pero el pensamiento ya estaba ahí. ¿Qué intentaba decirme ella?
Salí de mi cuarto para ir escaleras abajo, me acerqué con cautela a la sala de estar. Marina estaba ahí, sentada a un lado de la chimenea apagada y frente a ella un escabel en juego con el color marrón claro de su sillón. Ella sostenía un periódico entre sus manos y solo pareció ignorar mi presencia bajo el umbral. «Tengo esto para u-usted.» Dije cuando entré al lugar, pero me detuve en seco cuando ella bajó el periódico un poco y me miró. Primero se quedó en mis ojos y luego bajó a mi mano estirada. «Responsable, me gusta eso.» Aseguró cuando me extendió la mano. «Vamos, chico, deberás dar dos pasos más si piensas pagar tu renta de la semana. Yo estoy sentada muy cómoda y no voy a levantarme.» Noté la verdad en lo que dijo así que me apresuré a acercarme más y darle el dinero. Ella sonrió, metió el billete en su sostén y regresó a su lectura. «Ya puedes irte si así lo quieres.» Insistió ante mi inacción. «S-sí.» Dije poniendo en evidencia mis nervios. «¿Vas a salir?» Preguntó a mi espalda. «Sí, voy a dar una vuelta. Ver si alguien necesita un trabajador.» Respondí cuando volví mi cuerpo hacia ella otra vez. Marina no me miró, solo dio vuelta otra página del periódico antes de responder. «Haces bien, mientras antes te pongas a la tarea, antes encontrarás qué hacer.»
«Una cosa más.» Pedí antes de irme, sin poder evitarlo cuando mi mente solo lo recordó a medio giro de mi cuerpo. Ella bajó el periódico una vez más y me miró fijo, esperando. «El policía de antes.» Ella sonrió. «No tienes de qué preocuparte. Es solo cómo funciona aquí, tanto los hoteles como cualquier lugar que hospede a un forastero, debe llamar a la policía y darle la información. Rutina.» Asentí aunque no estaba convencido del todo. «Si usted llamó y avisó, ¿por qué vino él?» Marina entrecerró sus ojos. «¿Estás escapando de algo?» Negué con mi cabeza. «Entonces no tienes de qué preocuparte. Yo solo le envié sa-saludos al comisario.» Dijo para terminar en una carcajada. «Y no, no me estoy burlando de ti. Él va a entender mi mensaje.»
No pude ni quise discutir contra eso, lo acepté y me retiré para escuchar su voz una vez más al atravesar la puerta. «Recuerda, chico, la carroza se vuelve calabaza a las 12.» No lo negaré, ella me hizo reír, pero no se lo confirmé, quizás ni siquiera hacía falta hacerlo.
La calle, como lo había notado al bajar del bus, seguía tan convulsionada como siempre. En la ciudad nadie parecía tener tiempo para perder. Incluso las conversaciones y las risas se iban desarrollando en medio de pasos apurados. Me gustaba eso, ellos observaban, pero no se sentía igual que en el pueblo. Aquí era más la verificación de un obstáculo por esquivar.
Recorrí la acera en busca de algún cartel que pudiera anunciar un pedido de ayuda, pero no los encontré. «Pareces perdido, muchacho.» Escuché a mi espalda. Allí había un hombre mayor, de unos 60 años, con un delantal blanco con manchas del oficio y tras de él, una tienda de abarrotes. «Disculpe.» Él me sonrió, como si yo le pudiera recordar a alguien, solo no esperé que fuera a alguien tan cercano. «Es como si me estuviera viendo a mí mismo hace 40 años cuando decidí ver qué había allí afuera.» Le sonreí de vuelta, él parecía alguien agradable. No quise tomarlo como una pérdida de tiempo, sentí que eso sería demasiado descortés, incluso cruel.
«Apenas acabo de llegar a la ciudad.» Él levantó su mentón, comprendiendo a la perfección. «Así que por eso mirabas tanto los escaparates, no estás buscando algo que comprar, buscas trabajo.» Asentí. «He venido aquí con $250 dólares y $100 de deuda por cada semana con un techo sobre mi cabeza.» Él se llevó las manos a las tiras de su delantal en la parte superior. «¿$250 dólares? Eso es una fortuna comparado con lo que yo tenía cuando llegué aquí.» Algo en él me recordó al señor Altamirano, tal vez su amabilidad, pero no lo dije. «Ahgg, tranquilo. Mírame ahora, mi propio negocio, dos empleados, un matrimonio feliz, cuatro hijos y una posible úlcera que no será oficial hasta que no vea un doctor.» Él soltó estruendosas y ásperas carcajadas cuando también, después, se cubrió la boca para toser. Señaló la acera, en la cuneta del cordón, los restos de un cigarrillo que todavía humeaba estaban ahí. «Como chimenea.» Agregó recobrando la voz.